Breve historia para Angélica

María Luisa Deles*

Resplandeciente y cegadora, cual epíteto de novelón, la luz envolvió su cuerpo de ninfa recién pervertida. Allí estaba Sémele, incrédula y olorosa a zancocho, cubriéndose la cara a diez dedos y apretando la entrepierna en lo que rayos y centellas le caían de canto y perfil. Las llamas eran violentos chicotazos que laceraban sus partes y expedían humores tremebundos para luego subir en estado de nebulosa a sitiar el resto de su humana beldad. Aconteció lo ocurrido a orillas del Monte Olimpo y, sin embargo, un apestoso tufillo a barbacoa llegó a narices circunscriptas a la parte más septentrional de la vecina Macedonia. En eso me llegó un mensaje de Angélica. Me avisaba de un nuevo proyecto de revista donde habría cabida para una sección de letras breves. Corrillos de la tradición oral contaban por ahí que Sémele, hermosa, hermética y núbil hasta hacía muy poco, cayó fulminada al instante nomás manifestarse Zeus; mas lo cierto es que la rorra se achicharró centímetro a centímetro en presencia de su cabrón amasio, el más poderoso de cuanto cabrón merodeaba los alrededores por aquel entonces.

Proyecto 217/Rafa Malchaster Breve Historia
Ilustración: Rafa Malchaster

Parco y meditabundo, Zeus, el tal cabrón, lejos de alivianarla con los fuertes soplidos de su boca omnipotente se abalanzó sobre ella para hacerse con el fruto de sus entrañas. Sí, estimado lector, pues haciéndose eco de la futura rola de Café Tacuba, el atascado mandamás violóla, matóla y putéola luego de que Hera, su legítima vieja, le hubiera colocado los puntos sobre las íes por zafio y cogelón. Angélica me aseguró haber estado pensando en mi pluma y me invitó a colaborar con un cuento breve para el primer número de la publicación. Presto y decidido, Zeus cogió entonces al feto (en la otra acepción del verbo) y con minucioso punto de cruz se lo cosió al muslo para enseguida arrancar hacia Pramnos, un espléndido monte ubicado en la lejana isla de Icaria. Allí aguardó entre aves canoras y olorosas yerbas a que el chamaco acabara de gestarse, hasta que tiempo después (lo pongo así porque es muy poético, aunque es bien sabido que a don Zeus el tiempo le hacía los mandados), parió sin atisbo de sangre o sudor, y sin los beatíficos entuertos de la maternidad.

Efectivamente, tal como lo supone, ese crío era nada menos que Dionisio, un mocosito con trastorno paranoide de la personalidad, incapaz de amar o controlar sus impulsos, y negado para el razonamiento moral. No me puse a escribir de inmediato, a pesar de la premura que mencionó Angélica, porque no está usted para saberlo pero ya llevaba yo un tiempo de no enhebrar una sola línea. Muy serias broncas existenciales convergían en el corazón de Dio, pues si bien por las venas le corría sangre azul, sus arterias devolvían el preciado líquido con el colorado tono que se incuba en los mestizos. Huérfano de un lado, el cabrón de Zeus lo dejó al cuidado de unos tíos maternos con instrucciones de criarlo como a una niña, y esto nada más para protegerle de la ira de Hera, que era una gran perra. Versiones no oficiales de algunos biógrafos aseguran que el chavo se hizo a sí mismo, no en balde el oráculo le había vaticinado una personalidad perfectamente delimitada en el Eneatipo 7; ya sabe usted, esos cuates de apetito insaciable que responden temerariamente a la vida y suelen hacer limonada sin limones.

Hera era culera y argüendera (¿cómo si no, la hubieran ungido primera dama en el Olimpo?), y de algún modo impreciso se enteró del paradero de Dionisio mientras Angélica seguía recomendándome que no me extendiera más allá de dos cuartillas. La Diosa envió a sus Titanes, un cuerpo de seguridad muy cabrayan, a capturar al muchacho que por entonces se acercaba a la pubertad. Dicen las malas lenguas que también le arrojó un hechizo para volverlo loco y hacerle perder la ubicación, por lo que nadie sabe de qué manera apareció en el Asia Menor, sentado al comedor de Rea, la Madre Tierra. La Doñita se enterneció con su condición de huérfano, además de traerse entre ceja y ceja a la odiosa Hera, y se aprestó a enseñarle los secretos del cultivo de la vid a fin de que pudiera ganarse la vida. Ahí fue donde le cayó caca al pastel, pues ya le había yo dicho, querido lector, que Dionisio era un verdadero sibarita. Seguramente ya lo adivinó, pero cabe aclarar que no bien le agarró el modo a la cosa de la libación, transfiguró en alcohólico irredento.

Una cosa llevó a la otra y me senté a escribir a doble espacio, no obstante, tuve que mudar a 1.5 porque no me cabía el final. Para cuando a Dionisito se le aparecieron las Ménades, unas ninfas muy cachondas que se turnaban para hacerle cuchi, el cuate ya se había convertido en profesional del gozo terreno. Sus vinos se vendían muy bien en los condados circunvecinos y los convites que él mismo denominó Bacanales, pues he de decirle que uno de sus apodos era Baco, se habían vuelto legendarios. Mujeres de la cepa mortal, con excéntrica belleza y hábitos livianos, se dejaban caer sin invitación para disfrute de los asistentes. Eran las famosas Bacantes y sepa que le hacían a todo y con todos. Le había prometido a la de los Santos que hoy mismo le tendría la entrega, así que si le cabe a usted alguna duda respecto al sufriente Dionisio, déjese caer por la biblioteca Lafragua y mándeme un correo con lo que alcance a investigar.

*María Luisa Deles nació con vocación de contadora. Cierto es que un rato perdió el camino y se metió a Contador Público, pero luego se apersonó en las escuelas de escritores de la SOGEM y del IMACP, así como en los talleres literarios del CCU BUAP para retomar la senda florida del bien. Ha publicado en el periódico Intolerancia y en las revistas digitales: Insumisas, Punto en Línea de la UNAM y en la muy prestigiada Letras Raras. Algunos de sus cuentos han sido premiados en concursos de la FFYL de la BUAP, Acapulco en su tinta y en la Sociedad Argentina de Escritores. Actualmente trabaja en la publicación de un libro de cuentos y de «Aries 5432», su primera novela breve.

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