Vino y Metafísica: ¿Límites a la Celebración Báquica?

Por: Francisco Hernández Echeverría

Después de que los comensales han expuesto su perspectiva sobre el amor, y Sócrates ha rematado estos discursos ocupando a Diotima de Mantinea como su voz en dicho asunto, todo esto bajo una sobriedad negociada, el Banquete platónico terminará con la llegada del bello Alcibíades, ebrio y orgiástico, pleno de honor a Dionisos, quien alaba y repudia en un solo acto a su maestro, y tras su intensa perorata comienza a circular el vino entre los convidados, “hasta que todos, unos en pos de otros, van cayendo en la embriaguez” (De Cuenca, 2000: 155).

Autorretrato -Kirchner (1914)
Autorretrato -Kirchner (1914)

He aquí lo que parece ser una historia trillada, pero que generalmente encubre una verdad interior contradictoria: por un lado se pone al descubierto la mesura por la bebida bajo la figura de Sócrates, único invencible sobre su cuerpo en virtud a su pensamiento ajeno a estos desórdenes, y por otro lado los invitados, que otrora habían negociado beber moderadamente, uno a uno, terminan dejando a Eros de lado para rendirse a los pies de Dionisos, quizás el verdadero dios que hace más bienes a los hombres, el más cercano a lo humano. Entonces tenemos la sensatez y la prudencia ante la seducción dionisiaca como medio de construcción de una lucidez de tipo racional, pero reconociendo que la vida impone continuamente andar de una manera ligera para hacerle coro a sus estímulos, y el vino —al igual que el humor— “funciona como una válvula de escape para el equilibrio psíquico, lo que no ocurre con los que se toman completamente en serio todo lo que hacen y dicen” (Herguindey, Azcona y Vicent, 2002: 83).

De ahí la taberna, el congal, el antro, como versión espacial sin restricción de un mundo en el que el regordete y rubio Dionisos, uno de los dioses más complejos, fascinantes y misteriosos de la religión griega, se transmuta en potente generador y transformador del ser. Dado que el hombre es un animal simbólico, durante el brindis festivo el vaso de vino aqueo oculta de forma diluida el eco de memorias persas en los pliegues más cicatrizados de su corteza cerebral. La euforia mayéutica de los banquetes platónicos, los escudos aqueos con las vides entrelazadas de la Ilíada, la somnolencia alcohólica y fatal del cíclope Polifemo, la furia de las bacantes de Dionisos, representan el sentido de límite que separaba, por medio de la embriaguez, lo que era racional de lo que era salvaje, el logos por la hýbris, la polis por la naturaleza, Apolo por Dionisio, los dos dioses que contienden por el hombre exteriorizados como dicotomía filosófica y literaria. Es imposible no encontrar en esta historia antigua del beber el vínculo profundo que existe entre el vino y la metafísica.

Pero si simplemente queremos levantar una copa como un acto de celebración báquica, más que como una rememoración histórico-filosófica, nos podemos remitir a un panfleto del siglo XIX del gran ilustrador francés Charles Albert d’Arnoux —mejor conocido por el sobrenombre de Bertall— que tituló L’art de bien boire (El arte de beber sin inconvenientes). Bertall, colaborador del escritor Honoré de Balzac, diseñó 85 planillas dedicadas al tema del vino y sus efectos, dibujando un bestiario acompañado de un folleto con varios consejos prácticos y máximas filosóficas tales como remedios post-borrachera o frases tales como “el vino es amigo, pero en esta amistad, como en muchas otras, no debe abandonarse a la extrema confianza”. Aquí ya estamos mucho más cerca de los festines burlescos de François Rabelais que del banquete de Platón.

Y ya de plano haciendo filosofía barata, sin sentir los problemas de la individualidad por la que lucha toda la filosofía Occidental, recordemos a Charles Baudelaire, aquel que han definido como “poeta maldito”, pero reconociendo que ese maldito era simple y llanamente un ser vivo, tan vivo para quemar en un instante con pleno conocimiento de su existencia un mundo dormido, siempre condenado hasta el extremo tanto en cuerpo como en mente. Por ello, este poema que nos heredó y que debería estar con grandes letras en establecimientos que venden alcohol pero restringe contradictoriamente la imagen atractiva del alcohol y limita el consumo de adultos:

Hay que estar siempre ebrio.

Esa es la única cuestión

Para no sentir el horrible fardo del tiempo que rompe vuestros hombros y os inclina hacia la tierra,

Hay que emborracharse sin tregua.

¿De qué?

De vino, de poesía, de virtud, como gustéis. Pero embriagaos.

Y si alguna vez, en la escalera de un palacio, en el borde de un foso, o en la soledad melancólica de vuestro cuarto despertáis, ya disminuida o desaparecida la embriaguez,

Pedidle al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que canta, a todo lo que habla:

Preguntadle qué hora es.

Y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, os contestarán:

Es hora de embriagarse. Para no ser esclavos martirizados por el tiempo,

Embriagaos constantemente.

De vino, de poesía o de virtud,

Como gustéis.

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

De Cuenca, Luis Alberto, (2000), «El Banquete. Argumento», En Diálogos (Critón, Fedón, El banquete, Parménides), Platón, pp. 145-155. México: Edaf.
Harguindey, Ángel S., Rafael Azcona y Manuel Vicent, (2002), Memorias de Sobremesa, Madrid: Punto de Lectura.
Platón (2000), Diálogos (Critón, Fedón, El banquete, Parménides). México: Edaf.

 

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