Historias de moteles y despedidas.

Por: Enrique Taboada

Teníamos una historia  inconclusa la pelirroja  y yo, hablamos muchas veces del adiós pero jamás  pusimos    punto final, existía una deuda pendiente, tan pendiente como los pecados del motel al que nos dirigíamos y al cual por deuda tenía que acompañarme  para   no entrar como nunca  en mi vida: solo. El motel estaba ahí, lo curioso de este era sin  duda el precio: $100 por    intimar, por buscar placer, $100 para que 4 paredes, un espejo y una silla  de madera (por si se ponen creativos) guarden el secreto de tanto gemido, de tanta soledad acompañada, de tanta piel.

La pelirroja curiosa de mi actividad periodística también se sorprendió del precio. Le sonreí. Recordó sus aventuras y me las dijo, tal vez con la finalidad de poner tierra entre nosotros, cosa que ya no era necesaria; yo quería entrar a un motel, ella se ofrecía para la causa y eso bastaba para que ambos fuéramos felices.

La recepción era sombría, la escena era típica de todos estos lugares: un tipo mirándonos, tal vez es mi imaginación, pero los moteleros suelen ser los que más juzgan; sabios poetas que identifican si hay amor, placer o simple sexo, se rio de mi… sabía que no iba a ninguna de las 3.

Por cordialidad pregunte: —¿Cuánto joven? El respondió —100 baros las 3 horas. ¿Cuál es tu nombre ?

— Enrique

— Habitación 4, la primera a la derecha.

La pelirroja sonrió, parecía como si ya supiera el ritual tan cotidiano. Tenía mucho que no iba a un motel, quizá por eso me costaba   trabajo  estar en el lugar, menos mal  que todos  se  parecen. La habitación no era a prueba  de sonido, podíamos escuchar perfectamente lo que pasaba  afuera, la «cama» era  una base de  piedra y sobre esta  un colchón viejo.   Solo  Dios sabrá ¿cuántas caricias había aguantado? Para no perder el estilo, el logo del motel estampado en un sarape que olía a cloro. El cuadro se acompletaba con   una silla   de madera   esquinada, que bien   podría servir   para   colocar las   cosas, reinvertir posiciones o como sustituto de sillón en las peleas maritales, una cómoda con espejo muy grande para satisfacer al  amante voyerista, sobre esta una toalla y un jabón «vel rosita» para no terminar  oliendo a sudor  sino a jabón del  amor. ¡Que mejor detector de aquellos amantes que viajan en transporte publico y regresan después de una jornada épica y traviesa!

La pelirroja me observaba como preguntándose ¿a qué tanto chingaos estaba tomando fotos? pero la chamba es la chamba, me acosté en la cama, ella se acostó a mi lado, me miro;  yo conocía aquella mirada.

Me puse a escribir porque era  lo mejor   que   podía hacer, ella   sonreía, yo   escribía   esta nota… Llego el recuerdo   de mis anteriores visitas a otros moteles ¡sonreí! Quizás cuando uno quiere entrar a un motel no hueles el cloro  sino  la piel de la amante en turno, la única humedad que miras es la que se provoca con un par de caricias, en esos  moteles solo caben  dos cuerpos    descubriendo porque     el    deseo, el   placer   y   el  amor era eso,  desnudarse el uno al otro. Muchos solemos confundirnos, de ahí los poemas y los suspiros a los viejos amores.

Era una lástima desperdiciar aquel cuarto de motel… apagué la luz. Salimos, dijimos adiós y esta vez fue para siempre.

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