Erotismo Filosófico-Político en el Marqués de Sade

Por: Francisco Hernández Echeverría

Según Jacques Lempert el erotismo es la descripción y exaltación del amor sensual, de la sexualidad. El erotismo retrasa la realización del deseo para prolongar la intensidad; la finalidad que persigue el erotismo no es la consumación del acto, sino la persistencia del deseo. Para ello, se necesita que la voluntad aumente el deseo mediante la imposición de una limitación aceptada por los sentidos, la purificación a través del pensamiento. Pero jamás es tan fuerte el erotismo como cuando a esta limitación interna, libremente consentida, se une el aguijón de una coacción externa, de una prohibición sexual, motivación poderosa del placer. Y cuanto mayor sea el peso de la prohibición, la transgresión será tanto más deliciosa; el Marqués de Sade, Leopold von Sacher-Masoch y Georges Bataille “no aceptaron esta limitación” y crearon una predicación que hasta hoy goza más que nunca de una audiencia considerable.

Foto: Fabian Hernández
Foto: Fabian Hernández

Tomando al más afamado en estos menesteres, el escritor y pensador francés Donatien-Alphonse-François, Marqués de Sade, es indudable que hasta el día de hoy sigue siendo uno de los autores más polémicos no sólo de la literatura erótica, sino de la literatura universal, porque inclusive va más allá de lo literario para instalarse en la filosofía, constituyendo un capítulo significativo de la Historia de las Ideas.

Producto de la siempre peligrosa confusión entre biografía y universo de ficción, es muy común que Sade nos sea presentado como un monstruo “adúltero e incestuoso” (Sainz de Robles, 1956, vol. III: 1011) derivado de las obras por las que es más conocido, por no decir encasillado: Justine, Juliette o Les Cent Vingt Journées de Sodome (Las 120 jornadas de Sodoma).

Pero eso es un peligroso reduccionismo cuando observamos que desde Aline et Valcour ou Le Roman philosophique (Aline y Valcour o la novela filosófica, 1793), Sade ocupa como pretexto el breve argumento novelesco de tipo convencional para exponer su ideología moral, religiosa y política, ratificar su declarado ateísmo, presentarse como arrogante enemigo de las instituciones clericales y francamente republicano y progresista; en la obra en cuestión los principales temas de la polémica y de la cultura filosófica aparecen refundidos, exasperados y llevados de una formulación teórica a una explicación drástica en al cual se percibe la existencia de una actualidad convertida en tragedia (Álvarez, 1972).

Sin embargo, será La Philosophie dans le boudoir (Filosofía del tocador, 1795), donde Sade, a través de una serie de siete diálogos en el transcurso de los cuales unos libertinos adultos corrompen con gran desenfado a una entusiasta adolescente, Eugénie, es un pastiche inscrito en el género de “diálogos” [1] 1 en el que, independientemente de toda la atmósfera pornográfica que se presenta explícitamente, se puede también observar un Sade como símbolo del hombre auténticamente angustiado por la crisis ideológica de su clase social —que puede también ser la nuestra—, refugiada en el escepticismo que lleva al materialismo mecanicista y un hedonismo y erotismo cada vez más insatisfactorios.

Para Sade, y más tarde para Bataille, el erotismo es el eje central de una determinada visión del mundo, en cuyos destellos se encuentra todo el sistema de un pensamiento profundamente original. Existe otro vínculo que une a Sade no ya con Bataille, sino con Sacher-Masoch: las novelas de Sade, si se las adscribe a un “género” literario, antes que novelas eróticas son, sobre todo, “novelas negras” decadentistas, con cierta anticipación en el ámbito de lo obsesivo que no han dejado de advertir en su obra los modernos adeptos del psicoanálisis (Natoli, 1988, vol. IV: 2440). En efecto, el siglo XVIII, que enterró a “la novela gótica”, conoció la eclosión de la literatura que buscaba impresionar por medio del terror, y Sade, hombre de su tiempo, hizo suya la búsqueda de la felicidad, si bien en su caso se trataba de la felicidad en el placer más desenfrenado.

Sade vivió también la “era revolucionaria”, y su obra sentó, según Blanchot, algunas premisas para el derecho del hombre a un egoísmo absoluto, para una “Declaración de los derechos del erotismo” y para una especie de “estética” del vicio. Sade celebra el tiempo sagrado de la “fiesta”, es decir, en términos tomados de la definición de Roger Caillois (1950), el de la transgresión de todos los entredichos o limitaciones. Se experimenta como una obra de soledad. Es adecuada a un tiempo que mezcla la teología y el erotismo, el olor del sexo y el olor del incienso. Es un ejemplo de la liberación de la palabra. Sade es acogido como el gran precursor que se abre paso entre los prejuicios políticos, religiosos y morales, el inventor del hombre soberano, es decir, de un “personaje de ficción cuyas posibilidades no son limitadas por obligación alguna” (Bataille, 1957: 193). Sade da origen a una nueva ética, resumida así por Blanchot (1964): “La única regla de conducta consiste, pues, en que yo prefiera todo lo que me afecta felizmente, y que tenga en nada todo lo preferido por mí que pueda resultar malo para el otro. El mayor dolor de los demás cuenta siempre menos que mi placer”. Es exactamente la doctrina de un Saint-Fond o de un Noirceuil en la Histoire de Juliette: “Desde que una pasión más imperiosa se deja oír, todo lo demás se calla, el egoísmo recupera entonces sus derechos sagrados, y nos reímos del dolor de los otros” (Blanchot, 1964).

Para Sade la libertad es, en efecto, la facultad de dominar, y de dominar las propias pasiones como las de los demás, lo que implica tanto entregarse a aquellos que lo deseen, como tomar a aquellos que sea tomar; así, la igualdad es el derecho de disponer por igual de todos y de todo, y la fraternidad no puede ser otra que la de los libertinos, los únicos “hombres” y los únicos “ciudadanos” de este mundo.

La virtud existe solamente en los efectos negativos que produce, el vicio, en el exacerbado deseo de negación. De ahí que Sade coloque como último acto de la negación el asesinato (crímenes y destrucciones de todo tipo son el telón de fondo de sus obras), aunque en un plano de superioridad. Por ello quiso enumerar todas las posibilidades humanas en este campo; la satisfacción esta en función de la adversidad: cuanto mayor es el obstáculo mayor será el placer. Este desprecio absoluto por la moral encuentra su fundamento (y al mismo tiempo su compromiso) en el dominio de lo real; para Sade sólo la naturaleza existe: sucesor de los grandes naturalistas y filósofos que habían iniciado el análisis de la naturaleza ciento cincuenta años antes —Buffon, Holbach, La Mettrie—, Sade defiende un materialismo para el que el individuo sólo es una molécula de una especie, y ésta una más entre el resto de las que existieron y desaparecieron o permanecen, de las que existen y de las que existirán: la vida, como Buffon dice de los animales, no tiene mayor importancia para el orden de la naturaleza: la reproducción nace de la destrucción; en todas partes no hay más que tiranos, crueldad y salvajismo, y aunque reine la muerte y la destrucción, la vida no por eso disminuye, porque la naturaleza se encarga de llenar el vacío que producen.

De ahí que en Sade el sentido del infinito, desterrado de las vidas humanas con la supresión de todo significado espiritual, se refugia en una especie de satanismo cósmico. Para Sade, que invierte las premisas de Rousseau, todo es malo, todo es obra de Satanás; Dios es bien negado o considerado la encarnación de la maldad suprema; la Naturaleza tiene como suprema ley la destrucción, la violencia, el dolor y el crimen. Así imagina que habla a los virtuosos el Ser supremo de la maldad: “Si habéis visto que todo es vicioso y delictivo sobre la tierra, ¿por qué váis a extraviaros por los senderos de la virtud?” (Sade en Praz, 1959, vol. VI: 404). Y leemos también: “La virtud no conduce más que a la inacción más estúpida y monótona; el vicio, a todo aquello que el hombre puede esperar de más delicioso sobre la tierra” (Ibídem).

Existe, pues, en Sade una apología de la “maldad” suprema —cuyo objetivo consiste en hacerla desaparecer como tal. Esta es la razón por la que las dos figuras centrales de la obra de Sade, Justine y Juliette, dos hermanas completamente distintas, experimentan las mismas aventuras. Pero mientras la virtuosa Justin no recoge más que sinsabores, porque los rechaza al aceptar considerarlos sólo desde una perspectiva axiológica, la “viciosa” Juliette participa de todo lo que le acontece y crea así la oportunidad de placeres constantemente renovados. Si el principio teórico sadista era una física de la energía, de las tensiones de fuerza, la práctica será una alquimia del placer.

Podemos concluir diciendo que la obra de Sade contiene más de lo que le han asignado lecturas superficiales; en un momento en que Sade es un mito que se ha vuelto cotidiano en que la sociedad emplea frecuentemente los conceptos de “sadismo” o “sádico” y toda una serie derivada de su nombre, para acercarse al hombre Sade es absolutamente inexcusable su lectura. Una lectura que debe ir de la superficie erótica al fondo de la visión de un mundo que confirman todos los días las primeras planas de los periódicos, aunque las aristas de los sucesos están limadas y aunque la libertad haya ampliado tanto el campo de la sexualidad que actos descritos por Sade como desviaciones sexuales resulten ahora en buena parte normales y en gran medida se hayan generalizado.

Notas:

[1] Sade ya había intentado el género de diálogos con el Dialogue entre un prêtre et un moribund (Diálogo entre un sacerdote y un moribundo).

BIBLIOGRAFÍA

ALVAREZ, Alfredo Juan (1972): Sade y el sadismo. México: Grijalbo.

____ (1969): “Prólogo: Sade, encarnación de la filosofía”. En Escritos filosóficos y políticos, Donatien Alphonse François, marqués de Sade, 7-17. México: Grijalbo.

BATAILLE, Georges (1957): L’erotisme. París: Minuit.

BLANCHOT, M. (1964): Lautréamont et Sade. París: Plon.

CAILLOIS, Roger (1950): L’homme et le sacré. París: Gallimard.

NATOLI, G. (1988): “SADE, Donatien Alphonse François, marqués de”, en González Porto-Bompiani, Diccionario Bompiani de autores literarios, vol. IV, pp. 2440. Barcelona: Planeta-Agostini.

PRAZ, Mario (1959): “Justina o Las desventuras de la virtud”, en González Porto-Bompiani, Ensayo de un diccionario de la Literatura, vol. VI, pp. 404. Barcelona: Montaner y Simón.

SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos (1956): Ensayo de un diccionario de la Literatura. Madrid: Aguilar.

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