Una foto borrosa y el deseo en la piel

Por: Claudia M. Sánchez Cadena*

Sólo ahí se abre tu deseo, ese cristal que ha de cortarme siempre, en este instante.

Jorge Esquinca, Isla de las manos reunidas

En la humedad, el hombre y la

mujer se congregan en una sombra.

Conocí a alguien que me hablaba de la importancia del sexo, más que el amor, mucho más. No entendía esa importancia, o no la entendía como me la explicaba. Hace poco descubrí en un ensayo que había hecho para una clase de Historia de la fotografía la imagen de uno de mis fotógrafos favoritos, Henri Cartier-Bresson, se llama “La araña del amor”, fue tomada en México en 1934; la profesora nos había explicado que esa fotografía fue tomada en una fiesta en la que el fotógrafo abrió la puerta de un cuarto y se encontró con estas amantes: el instante decisivo.

Al igual que con la fotografía en el sexo hay un momento decisivo, quitarnos la piel, tapujos, barreras, permitirle al otro entrar a ese espacio tan sagrado que es el cuerpo humano. En La llama doble, Paz dice: “Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo”, al igual que La araña de Cartier-Bresson, el cuerpo “se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones”, nos perdemos en un instante; para Cartier-Bresson el momento de capturar una imagen única es el instante decisivo, en el erotismo este instante decisivo es capturar un cúmulo de sensaciones irrepetibles que me hacen ser en el otro, ser con el otro, ser conmigo misma, ser de una y mil maneras, y descubrirme, descubrirnos, sabernos otros, conocernos, desconocernos y asombrarnos de las sensaciones que vivimos día a día y que con la sexualidad se eternizan, aterrizan, se hacen únicas.

Foto: Fabian Hernández
Foto: Fabian Hernández

Cada individuo manifiesta de formas distintas sus prácticas sexuales, ya por sea la presencia o ausencia de éstas: encuentros fortuitos o habituales, masturbación, mirar películas, ser mirado, ser voyeur, entre otras, con el goce propio y ajeno, con lo tangible y lo intangible. El deseo toca nuestras fibras más sensibles; en un encuentro erótico los personajes desbordan emociones, afectos, sensaciones en el momento en que los cuerpos se confunden, como una foto borrosa, y hay una fusión de piernas, brazos, piel, fluidos, alientos, anhelos.

De forma casual o formal, cedemos a la pasión contenida que algunas veces no aparece en otros ámbitos de nuestra vida cotidiana, nos convertimos en otro, algunas personas ceden, son sumisas, dominan, nos transformamos en un personaje alterno a nuestro yo habitual, dirían los filósofos en “otro para sí mismo”, cuando la otredad o el fantasma de la otredad se incluye en esta sombra que congrega a tres: la mujer, el hombre (u hombre y hombre, mujer y mujer, es lo de menos) y el deseo. Cada uno de nosotros vive la sexualidad desde su trinchera, desde su abrirse o no a las experiencias terrenales, sensoriales y espirituales, pero la vive muchas veces dejando de lado el erotismo, un invitado delicioso que, en mi opinión, debe estar si no en todos, en la mayoría de los encuentros. Qué hermoso es este entregarse totalmente y destinar nuestro tiempo a la deleitación del cuerpo, de la carne, a acariciar, ser acariciados, a tocarnos, a mirar los ojos del otro y perderse toda una tarde, una noche, un día en el placer, en palabras más prosaicas: a coger, ¿recuerdan la película de Kubrick? “Eyes wide shut” (“Ojos bien cerrados”?: lo urgente es coger.

Para mí la sensualidad se extiende a permitirse sentir, quizás la lluvia, el pasto, la tierra, el piso caliente sin zapatos, las texturas, un sorbo frío de cerveza, el calor del café, del té, los sabores de todo, de todos, el viento oscuro y la brisa fresca, regresar al perdido asombro de estar vivos (Paz dixit en “Piedra de sol”).

La tristeza de regresar a la individualidad, al yo, la separación de los amantes, ese abandonar las almas, los cuerpos, paradójicamente, dejarnos, se revive y contrasta con el recuerdo del temblor en la piel, las sensaciones causadas desde el otro, ser tocado, besado, anhelado, abrazado.

Hace ya bastante tiempo mi ex puso música muy alta, música clásica, y abrió la ventana del balcón, yo regresaba de un pequeño paseo y Bach se escuchaba a lo lejos. Me sabía mirada, estaba en la calle y caminaba pausadamente, conforme me acercaba la música era cada vez más clara y fuerte. En vez de entrar, me senté y lo miré, con la música como fondo, así estuvimos un largo rato, fue un momento hermoso, una sensación realmente distinta, ese estar, ese saberme observada, deseada, aunque fuera por un instante, el instante decisivo, aunque haya sido un espejismo.

* Claudia M. Sánchez Cadena (Morelos, 1985). Poeta y correctora de estilo. Estudió Letras Hispánicas en la UAEM. Sus poemas han sido publicados en el suplemento cultural La Jornada Semanal, en la revista digital Monolito, en el blog Liebre de Fuego y en la plaquette Reconstrucción (Ediciones Simiente, 2014). Participa también en la antología virtual de poesía Los árboles arrancan su cuerpo de la sombra (Bitácora de Vuelos, 2015).

 

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