Besos en la Despensa

Por: Isa González*

…porque no me ibas a amar de la manera en que no
me ibas a amar y ¿por qué? de la manera en que no debía yo te amé.

Le doy un golpe a la pared , dos, tres. El dolor en los nudillos hace que mantenga el puño cerrado. Siento ganas de vomitar, me tapo la boca con las dos manos. Corro al baño; me asomo al espejo de agua sucia, escupo saliva espesa. Regreso al sillón. Cierro los ojos. Las palabras de tu mujer suenan como una mosca zumbando en mi oído: Estoy embarazada. Rogelio está feliz con la noticia.

Ese día me di un baño largo de Tina, me tallé los talones con piedra pómex y me unté el cuerpo con crema y aguacate. Abrí el closet y, con una taza de café en la mano, elegí una falda corta de flecos y una blusa entallada color durazno que hacía juego con mi color de labios. Los zapatos de tacón alto, abiertos de pulsera en el tobillo, me los puse cuando tú cuñado tocó el claxon.

Foto: Fabian Hernández
Foto: Fabian Hernández

Me senté en la sala, frente a Elisa. Tu mirada estaba fija en mis pies. En casi toda la tarde apenas nos dirigimos algunas palabras. Noté que no perdías detalle de cómo cruzaba las piernas. Cuando se acabaron los cigarros, dijiste que te acompañara, tu cuñado me encargo unos delicados. A tu mujer no pareció importarle, estaba concentrada en terminar el platito de aceitunas.

En lugar de ir a la tienda, me llevaste a un motel cercano. Un joven señaló el diez. Repetía que estabas loco, que nos fuéramos de ahí. Estacionaste el coche en el pequeño garaje poco iluminado y apagaste el motor. Me mirabas divertido. Dije que no me gustaban las bromas. Reías con ganas. Me baje del coche al oír cómo se cerraba la puerta eléctrica. Te acercaste y me jalaste del brazo hacia las escaleras. Te di una cachetada; detuviste mis muñecas. Tu aliento a cerveza me hizo girar el rostro hacia un lado, me detuviste la quijada y me besaste. Arrastraste mi cuerpo hacia el cuarto, olía a desinfectante barato. Sentía la cercanía de tus labios gruesos entre mi pelo, tus manos estrujaban mis pezones. Deje de luchar. Una fuerza extraña me obligaba a ceder, estaba hipnotizada, como si me hubieras arrancado la voluntad. Me encontré de pronto, frente a ti, desnuda con los zapatos de tacón puestos, pues cuando hice el intento de quitármelos, un chasquido salió de tubo a y moviendo ligeramente la cabeza de lado a lado indicaste que me los dejara. Admirabas la escena alejándote un poco de la cama, yo me alisaba el pelo y miraba la cicatriz que atraviesa tu mejilla derecha.

¿Por qué no me hablas Rogelio? Tú empezaste. Ya sé que Elisa es mi cuñada. ¡Me vale madres! Llama. Seguro tienes ese día grabado igual que yo, eso no se me olvida. Me cuesta salir de casa a veces el señor de la tintorería se pasa la tarde tocando el timbre, soy incapaz de abrir la puerta. No me muevo del sillón, se ve que el teléfono va a sonar en cualquier momento. Haré lo que me pidas. Voy a ser tía. Que asco me das. Ni siquiera tuviste la valentía para decírmelo. Cuando se casaron, me caías mal, discutíamos los martes, entre bocados de rib eye y tragos de vino tinto. Hablabas de fútbol, decías que las chivas eran invencibles. Tus argumentos me sacaba de quicio. Me provocabas diciendo que yo era ignorante. Elisa sí que lo es. La traes como perrito faldero. Tu cuñado me lo dijo mil veces, que eras un mujeriego asqueroso capaz de todo con tal de alimentar tu vanidad. Solo te aguanta porque eres el esposo de su hermana.

Ya nos vamos entendiendo -dijiste y te acercaste un poco más. Tiraste de mi pelo y me diste el cuello. Grite llevándome la mano hacia la garganta adolorida.

¿No te gusta? ¿Entonces por qué me estuviste provocando toda la tarde?

No te estaba provocando, imbécil -respondí sobándome la herida.

Sentí el golpe en el rostro, me ardía la mejilla. Incliné el cuerpo hacia atrás y caí en la cama. Estaba fuera de mí. Mirabas mis pies como poseído, fruncías la frente, tus ojos se achicaban, te lanzaste sobre mi cuerpo; tus dedos anchos presionaron mi garganta. Trate de respirar profundo, jalaba aire que no entraba.

Puta -dijiste antes de soltarme.

Te pusiste de rodillas en la cama, secándote el sudor del cuello con el extremo de la sábana percudida, tu ropa cayó en el piso. Aún sentía tus manos encima de mí, tenía miedo de que me golpearas de nuevo. Lo hiciste, las dos cachetadas rompieron el silencio. Me penetraste con furia, la mirada fija en el espejo de enfrente.

Sé que me deseas. La casa se me venía encima. Tengo que bañarme, el pelo seboso se pega en el cráneo, llevo una semana usando los mismos pants Adidas que compré hace años. No puedo olvidar la imagen de tu cuerpo hincado frente a mí, desnudo. Un dolor desde la escala desde la garganta hasta la mandíbula; los ojos se encharcaron de lágrimas. Siento la nariz congestionada.

Mírame -repetías.

Oigo el sonido de su coche. Acaba de llegar tu cuñado, sabe que algo no está bien. Le digo que a lo mejor tengo amibas.

Es tarde. Vámonos Rogelio. Han de estar preocupados -dije. Jalaste de mi pelo mientras repetías -Eso te pasa por provocadora. Ahora te aguantas -amenazaste apretando los dientes.

Te fuiste a la regadera, el chorro de agua caía en tu espalda. Te veía desde la cama. Me decido a ir contigo. Me desabroché los zapatos y caminé de puntitas hacia la regadera pensando que ojalá no me diera pie de atleta o algún ojo de pescado.

Me enjabonaste las nalgas con las pastilla corriente Rosa Venus que luego compré por docena en el mercado.

Entre primero a la casa de Manuel y Patricia. Puse las cajetillas en la mesa de centro, junto a los platos de botana semivacíos. Apareciste unos segundos más tarde, le diste un beso a Elisa y entrelazaste tus dedos con los de ella. Sonrío distraída; estaba en la luna como siempre. Seguro no abrió el pico en todo ese tiempo. Es tan tonta la pobre. No me mirabas. Sabes actuar, cabrón. Nadie pareció darse cuenta de lo tarde que era. No sé cuántos tequilas me tomé. Sentía la necesidad del líquido pasando por mi garganta adolorida. Las palabras se enredaban en la lengua antes de salir. Tu cuñado me hacía señas, que dejará de servirme, le dije que ya estaba grandecita para saber lo que hacía. De madrugada me hiciste una seña, nos metimos en la despensa, te arrodillaste y chupaste uno a uno anda dedo de mis pies. Las latas de atún y mangos en almíbar se nos vinieron encima. Salí riendo. No me importaba que nos descubrieran. Te dije al oído que me había gustado, sin mirarme fuiste al baño. Estaba cansada, los ojos rojos y el cuerpo apenas respondía a las órdenes que le daba. Tu cuñado me abrazo de la cintura para guiarme al coche.

Elisa y Rogelio perdieron a sus bebé -me dice tu cuñado. No puedo reprimir una sonrisa.

Corro a la cocina para que él no se dé cuenta.

Por primera vez en semanas, preparo la cena. La ensalada de pollo y legumbres está servida.

Le grito a tu cuñado, bajo con el Reforma en una mano y un cigarro a medio fumar en la otra. Lo apaga en el fregadero, abre el refrigerador y se sirve un vaso de leche. Cenamos con calma, le hago reír pues me ha entrado un excelente estado de ánimo. Le da gusto que vuelva a ser la de antes.

¿Qué tal si planeamos algo en la casa este viernes para distraerlos?

Deben de estar deshechos con la noticia.

Pobre Elisa -digo sin mirarlo a los ojos mientras lavo los trastes.

Entró en la despensa, empiezo a acomodar los anaqueles. Formó una montaña con los jabones corrientes que me recuerdan ese día. Rocío un aromatizador para quitar el olor a pescado seco. Retiro la escoba, el carrito de verduras y la hielera para tener más espacio. Oculto en el fondo del bote de basura las tres cajetillas de Delicados.

Destapo unas cerveza y me siento a oscuras en el cuarto de la tele. Piensa en el par de zapatos que compraré, algún color llamativo, a lo mejor un morado obscuro, de charol y tacón alto. En la fayuca debe haber varios modelos. El ruido es caso total. Miro por la ventana, no hay luna. Cierro los ojos, tomo unos tragos, me pasó la botella helada por la cara, los brazos, deteniéndola unos segundos entre los pechos, bajando hacia el ombligo y dejándola atrapada entre mis muslos calientes.

 

* Lic. en Antropología Social por la UDLA-Puebla y maestra en letras por la Universidad Iberoamericana de Puebla. Ha asistido a varios talleres de creación literaria con los escritores Beatriz Meyer, Ignacio Betancourt, Mónica Lavín y Gabriel Wolfson, entre otros.

En el 2002 fue finalista en el concurso de cuento «Puerta Abierta» con el relato «Alas de plata» y en el 2007 ganó el concurso de cuento Mujeres en Vida con el cuento titulado «Luna Creciente». Es autora del libro de cuentos «De vez en cuando» (BUAP, 2008) y «Si te vi no me acuerdo» (Ediciones Straza, 2010) y su más reciente libro «Caídas» (Ediciones EyC, 2016)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s