Reincidente

Por: María Luisa Deles

Ser joven y bonita no es por méritos propios,

verse así a los cincuenta, sí.

Eloísa Acosta

Teodoro marca por enésima vez. El número que elige ocupa el primer lugar entre los favoritos de su magnífico IPhone 6 cuya función principal es permitirle el acceso a toda clase de juegos y aplicaciones. Entre las nueve y las cuatro es tanto el tiempo que le sobra y tan grande su necesidad de compañía, que lo suyo con ese móvil ya puede calificarse de codependencia. Se ha convertido en un experto del dedo gordo, miembro de cuanto club de viciosos le envía invitaciones y líder de puntuación en Pokémon Go, que no es cualquier cosa. Ocho llamadas sin respuesta –la mitad de ellas realizadas en los últimos tres minutos– se amontonan en la bandeja junto a dos mensajes de texto y uno de voz. Al otro lado de la línea nunca hay nadie.

Una fotografía de cuerpo entero aparece en la pantalla de su teléfono. Es una imagen de Bibiana, la esposa que ejerce de hombre del hogar mientras él efectúa labores domésticas, sentada en un lecho de coloridas alfombras extraídas de un libro de lámparas mágicas. Los labios carnosos de la mujer sonríen coquetos a la cámara. Sus ojos miran a un punto indefinido en la lejanía –pues su nuera le ha enseñado que así es como se retratan las modelos– mientras el blanco de su tersa piel sobresale en el contraste de la ropa oscura que lleva puesta a pesar del insoportable bochorno. Todos los días sube una nueva foto, es importante ostentar la felicidad. El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio. Pi pi pi…

En el jardín de la casa, iluminado apenas por un arbotante, el perro de la familia aúlla para beneplácito de una luna bien redonda. Teodoro deja a un lado el teléfono y se cuela en la habitación de la que fue exiliado por voluntad de su mujer, hace ya varios años, cuando le empezó a caer gordo por mala copa y vicioso del dedo gordo. Lo acompaña la voluptuosa Esmeralda, una bellísima hembra artificial fabricada a imagen de Bibiana por una discreta compañía europea, quien –honor a quien honor merece– contribuyó a remendar la desmejorada existencia de Teodoro en el destierro. Seis mil dólares y doce semanas después de haber sido requerida, Esmeralda había arribado al domicilio conyugal vegetando en el sarcófago de la bella durmiente, para una vez desprovista del embalaje, abrir sus ojos azules al contacto de la fuerza más poderosa del mundo: el beso de amor verdadero que Teodoro depositó en sus labios vírgenes siguiendo la recomendación del instructivo adjunto.

Una botella de ron y su correspondiente hielera descansan sobre la mesita de noche. Teodoro apura el contenido del vaso y lo vuelve a llenar, se mesa el cabello, espía por la ventana empañada y dibuja con la lengua una carita feliz en la relamida oscuridad del vidrio mientras, silenciosa y desnuda, Esmeralda aguarda sentada en el sillón mirando a un punto lejano como las modelos que se dejan retratar. El hombre se dirige al guardarropa, abre un armario largo con puertas de lamas y al instante aparecen ochenta pares de zapatos dispuestos en formación militar –una destreza imposible de adjudicar a Bibiana– de entre los que elige unas zapatillas rojas de tacones altísimos. Con ellas calza los deliciosos pies de su novia, que expulsa un gemido complaciente desde sus entrañas de silicón cuando Teodoro le oprime el dedo meñique.

Se dirige luego al cajón que alberga hermosas piezas de lencería, elegantes combinaciones en charmeuse de seda, traídas de París, y las batas de shantung que no pueden faltar cada año bajo el árbol de navidad. La corsetería no carece de virtudes, Teodoro lo ha constatado al pasear una tanguita de encaje blanco sobre sus mejillas afeitadas al ras. Los primorosos materiales que han utilizado para confeccionarla son tan suaves como una ropa de bebé, todos excepto el tul, que forma los pétalos violáceos de una orquídea diminuta por donde brota el empalagoso perfume de la esposa ausente. Un conocido aroma transita con liviandad hacia esa parte de su cerebro en la que viven las erecciones; mientras más triste le sabe la ausencia, más dulce se vuelve el olor que deja Bibiana. Teodoro se da prisa en colocar la prenda a Esmeralda –a la que para entonces llama “Chiquita”– y como parte del juego le propina una palmada sobre las duras nalgas. Esta vez no hay respuesta.

Con ella en brazos llega al otro extremo del vestidor donde dos vestidos negros, prácticamente iguales aunque de distinta talla, se yerguen en sendos maniquís. El hombre opta por el de menor tamaño para cubrir la apetitosa silueta de Esmeralda; ahora luce exquisita y por eso le invita una copa que la bella rechaza con pudor genuino. Él vuelve a llenarse el vaso y la voz sosegada de Chris Martin se deja escuchar por la habitación, entonces decide romper el hielo haciendo un recuento del día: junta en el colegio británico, parada en el supermercado, clases de piano, cuento de buenas noches… Chiquita escucha atenta, no discute; ha sido concienzudamente programada para pronunciar las frases más agradables: “Más”, “Así”, “Pégame”, “Ya no, por favor”, “Me vengo”. Teodoro acaricia una de sus manos perfectas hasta llegar a los dedos larguísimos, en cuyas huellas existe un discreto botón que acciona los comandos precisos. Hazme el amor, suplica ella cuando es presionado el anular de su mano izquierda.

Bibiana ha subido una nueva fotografía de sí misma. Envuelta en un manto translúcido, la espalda recargada en la puerta de un viejo harem, tiene en los ojos el reflejo de un caracol brillante perdido en el infinito. El sol recala en su rostro ligeramente bronceado mientras la tarde expira en el retrato y ella permanece impávida y feliz. Eternamente sonreirá en ese recuerdo insonoro, a pesar de que el teléfono que sostiene haya estado vibrando durante toda la sesión fotográfica. Teodoro no existe ni siquiera en el limbo de sus memorias, su mayor pendiente recae de momento en la colección de marfiles que adorna la sala de estar. ¿Los habrán limpiado cuidadosamente? El número que usted marcó se encuentra ocupado, favor de intentar más tarde. Pi pi pi…

Chiquita ondea el trasero desde el borde de la cama que en otra época compartiera el matrimonio. En cuatro, con la cabeza erguida por la fuerza con que le tiran del cabello, pronuncia incontenibles gemidos de placer. El edredón se vapulea cuando Teodoro la embiste y sus dedos aprisionan las falanges mágicas en busca de respuesta:

––Más, más, más   ––dice una voz delgada, sin entonación.

––Así es como te gusta ¿verdad, perra?

––Pégame.

El amante rasga el elegante vestido negro, sabe que de cualquier manera Bibiana no entrará nunca más en él por más dieta y ejercicio que se imponga. Los jirones son el instrumento del que se sirve para hacer girar a Chiquita y encajarle el miembro en la estrecha abertura de los labios plásticos. Ella succiona el apéndice sin asco, su dedo pulgar de la mano derecha ha sido programado para tal efecto. De la boca pasa a la vagina, una cavidad finamente diseñada a la que han añadido un clítoris puntiagudo y tieso, fácil de localizar. Pellizca los pezones tachonados de puntitos, lame el ombligo, restriega su vientre peludo en la suavidad de los abdominales inmóviles.

––Me voy a venir ––anuncia él.

A una señal dirigida a su dedo medio izquierdo, Chiquita expulsa una lluvia de líquidos perfumados sobre el pene de Teodoro. El chorro recorre los muslos de los amantes que unen sus bocas en un beso ficticio.

––Te quiero  ––suspira el hombre.

La cama en desorden se pierde en la penumbra. Teodoro llena el vaso de nueva cuenta y bebe con sorbos lánguidos sin prestar atención al teléfono que no para de vibrar. Abre la cortina por el sitio donde dos horas atrás dibujara una carita feliz, solo para descubrir que la noche en el bosque se ha embellecido con el silencio mientras el perro de la familia caga sobre el empedrado que escolta al riachuelo. Sin mucho ánimo conecta la aspiradora, absorbe su propio semen de entre las piernas de Esmeralda y la prepara para ir a su cama de soltera. La bella durmiente vuelve a su sarcófago de viruta y bolitas de aire, y el azul de sus ojos se mete a dormir en las persianas herméticas de los párpados articulados.

Tiene un nuevo mensaje de voz. Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii El rostro de Bibiana aparece en la pantalla del teléfono. Teodoro se lo piensa, no está seguro de querer atender. Lentamente estira un brazo y oprime la tecla, acerca el auricular, cierra los ojos, aprieta los labios, aguanta el aire…

––Me carga la chingada, Teodoro. ¿Qué esperas para venir por mí?, llevo más de una hora esperándote en el aeropuerto.

La voz de su mujer es exactamente igual a como la recuerda, su rostro no. Siempre le ha gustado mucho más el que aparece en Instagram.

2 Comentarios

  1. María Luisa Deles gracias por escribir, gracias por compartir, me estoy haciendo fanatico de tus letras. Y claro no puede faltar la felicitación a la hermosa Angélica De Los Santos, que de no ser por ella, ni podría leer este proyecto 217.

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