La necesidad del viaje: la imposibilidad de la búsqueda

Por:  Claudia Sánchez Cadena

“Mi madre es la risa, la libertad, el verano”.

Héctor Viel Temperley, Hospital Británico

Ruega que tu camino sea largo,

que sean muchas las mañanas de verano,

cuando por placer llegues a puertos

que descubras por primera vez.

Constantino Cavafis, “Ítaca”

Un camino es una enramada que surca distintos trazos: pueden ser vertientes, vericuetos y encrucijadas. Cuando viajo huellas profundas se han quedado en mi ser, una persona, lugar o situación; sobre todo el anhelo de conocer más, intercambiar palabras o miradas, tomar decisiones, el anhelo de perderme y encontrarme, o viceversa. Yo veo el viaje como una necesidad de cambio, ya sea un viaje geográfico o interior. En ocasiones dejamos también otras marcas, por ejemplo, las fotografías.

Cuando viajamos nuestra percepción crece. Lo anterior casi no ocurre en la vida cotidiana, lo que vemos todos los días se ha acostumbrado a nuestros ojos (o nuestra mirada se ha acostumbrado a la vida cotidiana). El resplandor de la alborada, las líneas del crepúsculo suceden todos los días; algunas veces vemos estas maravillas y las apreciamos, otras no. Cada viaje nos da una oportunidad para valorar con detalle los paisajes nuevos ante nuestros ojos; ya no somos esclavos de la rutina cotidiana y estamos más relajados, más dispuestos.

Lo hermoso del viaje es su trascender en el tiempo, en nuestra memoria, las miradas, los fuegos fatuos. Cada viaje es una ilusión distinta; recuerdo cuando realicé un viaje relámpago a San Luis Potosí, al Cerro de San Pedro, evoco sus calles llenas de polvo, sus órganos y cactáceas, el silencio interrumpido por el canto de la cigarra, el frío estremecedor de sus noches y el silencio; del valle de Oaxaca llevo los colores intactos en la mirada, sus iglesias talladas y labradas con gran detalle, los aromas de los mercaditos de comida, el arte en sus calles, galerías y museos, lo ojos de los niños en las plazas, de nuevo, el color; de Chiapas, el olor a verde, la historia de su neblina, su humedad, los pies descalzos de las mujeres en las calles, una temperatura que calaba los huesos, llegaba hasta el fondo y desaparecía con una bebida tibia, con la calidez de sus habitantes.

Quizás lo anterior no pueda ser capturado en una fotografía, puede ser un guiño que se acerca y nos recuerde cada sensación, cada historia, porque tomar fotografías al viajar es eternizar el momento exacto, es revivir un instante que corre el peligro de caer al olvido. Intercambiar nuestra mirada con el otro, compartir todo lo que podemos atesorar en una instantánea muestra esperanzas, sorpresas, extrañezas, quizás el viaje fue pequeño, pero siempre estará inmersa la otredad, la maravilla de diversos gestos de un paisaje, de la arquitectura, las anécdotas de nuestro mundo alterno.

A veces planear el viaje sólo es un pretexto para conocer determinado río, una montaña, un lugar simbólico, visitar amigos o familiares; el aprendizaje, el autodescubrimiento, las charlas con los demonios internos son el viaje en sí, como dice el poema de Cavafis: “Con la sabiduría ganada, con tanta experiencia, habrás comprendido lo que las ítacas significan”, aunque siempre permanecerá en nuestro ser la necesidad de conocer otras tierras, otra cultura, otros paisajes y otras vidas.

Con los viajes, cortos o largos, lejanos o cercanos, he aprendido a valorar pequeñas cosas a las que anteriormente no había puesto atención, gestos que a primera vista no había captado, más allá de una puesta de sol o una postal paradisiaca, la figura de un anciano en una banca, flores en el camino, paisajes, todo es una novedad ante mi pupila. Tomar fotografías ha significado capturar el alma de cada uno de mis viajes, la memoria fotográfica funciona de manera distinta a la humana, es exacta, una foto puede transmitir mil historias distintas a cada espectador, fotografiamos para capturar la esencia de lo que consideramos hermoso, exótico, inolvidable, digno de compartir:  fotografiar nuestro viaje es conectar con la gente, romper el hielo y encontrarnos con nuestro yo más espontáneo y salvaje;  el camino tomará vida propia mientras lo recorramos.

Tal vez la experiencia que buscamos en el viaje sea un cambio por el otro, los otros, beber lo que el otro bebe, vestir la piel del otro, respirar un aire más o menos enrarecido, desvestirnos de nuestro yo cotidiano, quitarnos la máscara alegre por la triste, o viceversa, tal vez el viaje no sea un viaje de descubrimiento, sino de encubrimiento de nuestro yo real, de algo de lo que nos es imposible desasirnos, y las fotos las guardamos para, por un breve instante, poder ser otros, para poder, de nuevo, escondernos en el otro.

 

Imágen: Señor Click
Imágen: Señor Click

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