Olor a muerte

Por Claudia Sánchez

Cuando era pequeña y tenía 7 u 8 años veía la muerte como algo lejano, aunque constantemente tenía sueños muy extraños en donde me preguntaba qué pasaría conmigo, con mi cuerpo, en caso de morir; en mis sueños flotaba en una especie de oscuridad, un ensueño bajo el agua en el cual flotaba sin saber en dónde me encontraba; cuando tenía estas dudas jamás pasaba por mi cabeza ser víctima de un asesinato, cuando mucho jugaba con mis compañeritos de escuela a “¿cómo te gustaría morir?” Lo más terrible en nuestras mentes era morir calcinado, ahogado o en un accidente de auto, cualquiera de estos accidentes lo veíamos como lo  más terrible, pero como eso, accidentes. Hoy, vivo con el miedo a una muerte “no natural”, a que mis seres queridos o yo podamos perecer por una bala perdida, por la guerra contra el narco, atados, secuestrados, es decir, de forma violenta.

De niña un aroma inconfundible me indicaba que se acercaba el Día de Muertos; la mezcla del olor del cempasúchil con el del característico pan con huesitos de azúcar, los tejocotes en dulce, la calabaza en tacha y el incienso quemado me anunciaban que estábamos en noviembre, mi época favorita del año. Los muertos merecían una ofrenda que ponía, junto con mi madre, con gran alegría. La semana pasada mi sobrina, que estudia la preparatoria, me contó que en la escuela, en su grupo, dedicarían la ofrenda a las mujeres asesinadas, desaparecidas y violentadas: sentí orgullo y tristeza, más tristeza que nada por tanta muerte que nos envuelve; no sólo por los feminicidios que van a la alza, también por los homicidios, por las víctimas de levantones o asaltos; ya no veo la muerte con la inocencia de la infancia, la del culto folclórico, una muerte alegre, festiva, el convivir con ella de forma triste y a la vez alegre. En estos momentos veo la muerte con otros ojos, me da tristeza, rabia e indignación la facilidad con la que ciertas personas pueden quitarle la vida a otra, ya sea por dinero, por placer, por venganza o por poder.

Procesión Tamalista 2014 Foto: Leo Herrera
Procesión Tamalista 2014 Foto: Leo Herrera

Cuando iba a la primaria nos pedían cooperar para colocar una mega ofrenda en la jardinera central de la escuela; visitaba a mis abuelas y me llegaba ese aroma a cera, flores amarillas, comida, todo entre papelitos de colores; a los panes les pellizcaba un cachito, a sabiendas de que algún muertito podía “jalarme las patas”.

Ahora es octubre, se acerca mi mes favorito, tengo la muerte bien presente, no es necesario que nombre los estados donde hay mayor peligro de vivir, o más bien de morir, donde han encontrado cuerpos mutilados, violados, amarrados y/o cercenados, esa nunca será una muerte “digna”; México huele a muerte, no al dulce olor de una ofrenda; México es un país, entre otros, que se está pudriendo entre tantos muertos.

Morir no es algo que se sienta lejano, morir es algo que está a la vuelta de la esquina en un país surrealista como éste en el que nos “tocó vivir”; en el que se debe “sortear” la muerte.

Me aterra vivir en un país en el que la muerte y la indiferencia son temas cotidianos, en el que la pregunta ¿qué estamos haciendo mal y cómo podemos remediarlo? ya no atormenta a casi nadie, donde el olor a muerte, lo podrido, es imposible de borrar, a pesar de ser lavado con agua y jabón repetidas veces. En donde las muertes violentas son un poco ajenas, intrascendentes y lejanas.

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