Pasión y muerte de Atenógenes Rueda

Por: María Luisa Deles

 Atenógenes Rueda escondió el arma homicida en el cajón oculto del tocador de su mujer. Era evidente que desde hacía años ya no se trataba de un compartimiento secreto, pues desde tiempos inmemoriales, casi todos los habitantes de la hacienda –incluidos los que formaban parte de la servidumbre– habían utilizado alguna vez la guarida con muy disparejos propósitos.

            Rosaura, el ama de llaves, solía introducir en el cajoncillo de su patrona las cartas de amor recibidas durante sus enredos con Fausto, el lechero, hasta el día en que el hombre la decepcionó y extrajo el fardo de sobres azules para incinerarlo en el hogar de la sala. Connie, la benjamina de los señores, guardaba en él los mechones rubios que le arrancaba a las trenzas de sus muñecas cuando sentía ganas de desquitar sus raptos de mal humor, mientras Ulises, el primogénito, hallaba aquel escondrijo de una comodidad alentadora, utilizándolo para esconder los minúsculos paquetes de yerba mala que conseguía a las puertas del colegio.

Procesión Tamalista 2014 Foto: Leo Herrera
Procesión Tamalista 2014 Foto: Leo Herrera

            En aquél cajón habían entrado y salido, salido y entrado, cualquier cantidad de evidencias sin que persona alguna se detuviera a hurgar en el sembradío de intimidades que allí dormía el sueño de los justos. La discreción que privó en la casa grande durante los muchos años que el viejo mueble sirvió de tapadera, formó parte de un código de etiqueta estructurado por la fuerza de la costumbre. Quien haya llegado a enterarse de los perturbadores secretos de la familia tuvo la decencia de callárselo por siempre, ya que ninguno estaba para lanzar la primera piedra.

            Doña Emperatriz, dueña y señora del mueble, fue la única que no se sirvió jamás de la mentada caja de Pandora, y esto no por falta de inspiración o de algún pecadillo, sino porque la conciencia le alcanzó para recelar de los demás aun cuando no fuera necesario. Para ocultar sus cuestiones privadas ella prefirió acudir a casa de la encantadora Constanza, su cómplice y confidente desde los tiempos del jardín de niños, a quien podía confiarle sin pudor sus travesuras de mujer casada por la fuerza con un perfecto desconocido.

            La tarde en que Atenógenes Rueda se metió a hurtadillas en el dormitorio de su esposa, la familia se encontraba en un festejo conmemorativo por el estreno de la luz artificial, fechado un siglo atrás. En el pueblo se había suspendido el suministro de energía eléctrica para que ricos y pobres vivieran la falta de tan elemental servicio, de tal suerte que todo era negrura. Las sombras se perdían entre esquinas y baldosas, y en sus recovecos, amantes disolutos, atroces criminales, y algún borracho de por ahí, ocultaban indecentes intenciones al amparo de la oscuridad.

Aquella era una silenciosa pausa disfrazada de larga noche y la penumbra alcanzó a resbalar sobre el dormitorio de doña Emperatriz. Atenógenes Rueda aprovechó la soledad reinante, y en ausencia de sus facultades mentales por el crimen que acababa de cometer, envolvió en un pañuelo blanco la pistola todavía caliente que le escaldaba la diestra. No se le ocurrió escondite mejor, abrió el cajón de los misterios y la depositó sobre el reseco jardín formado con los restos de la yerba que Ulises no alcanzó a consumir. Venía de matar a su mejor amigo, a quien había dejado tirado en mitad de la calle y en calzoncillos “como correspondía a un perro de su calaña”, según refirió minutos antes al párroco en secreto de confesión.

Fue una simple casualidad que el entonces futuro asesino encontrara la bolsa de terciopelo rojo bajo la cama de la encantadora Constanza, su amante de toda la vida, mientras dedicado a los arrebatos del amor una de sus muelas postizas iba a estrellarse contra los mosaicos del piso. Presa del pánico, el hombre maniobró en intrépida acrobacia para que la dama no se diera cuenta de su defecto, pero al agacharse, sus ojos toparon directamente con el extraño envoltorio. Cómo iba a imaginarse Atenógenes Rueda, que el más grande de los infortunios se le desvelaría en el mojoncito escarlata que sin dilación y por puro morbo, abrió sin pedir permiso.

El saco contenía evidencia suficiente de la pasión existida entre su mejor amigo, síndico municipal y prócer del pueblo, y doña Emperatriz, hasta ese momento su amantísima y fiel esposa. En él se encontraban no sólo las epístolas de amor que desde la infancia habían intercambiado, sino también el libro de citas en que ella fue señalando con minucia la fecha de sus encuentros y la descripción detallada de sus atropellos horizontales. Una descarada confesión de puño y letra no dejaba lugar a interrogatorio alguno.

            Atenógenes Rueda aguardó en la negrura. Las horas fueron transcurriendo despacio hasta las diez de la noche, hora en que la familia regresó a la hacienda procedente del festín. Doña Emperatriz había entrado en la alcoba con intención de hacer sus oraciones y prepararse para dormir cuando lacio de culpa y oprobio por las crueles imágenes que paseaban por su mente, el hombre fue a sacar la pistola del escondite. Corrió a agazaparse detrás de la puerta y esperó a que le llegara una oportunidad, como lo habría hecho cualquier ladrón de poca monta para robarse unos cuantos pesos.

No le alcanzó el ánimo para confesar el modo en que se había enterado de aquel desliz, ni halló palabras coherentes con que reclamar a su esposa por una falta que él mismo cometía –con regular agrado– desde antes de casarse. Sólo atinó a respirar profundo y sin mirarla, disparó sobre ella cuatro balazos llenos de angustia. Se sacó los pantalones y la camisa para morir en calzoncillos, como correspondía a un perro de su calaña, y se metió el último plomo en la boca al tiempo en que la luz se encendió como por arte magia para bañar la hacienda con un resplandor espeluznante.

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