Tres Poemas en Temporada de Muertos

Por: Fabiola Morales Gasca

 

Uno debe aprender a morir

como aprende  uno a caminar,

a amar o a besar,

son cosas básicas de la vida.

 

Uno debe de aprender a soltar suspiros

a aceptar los procesos naturales,

a saltar los abismos,

a renegar los consuelos,

a dejar las señales luminosas de la juventud

para conocer las flamas ocultas

que hay pasando el río.

 

Uno debe de aprender

que en la muerte como el amor,

debe uno a detenerse, a mirarla profunda

tranquila y delicadamente,

compartir con ella en soledad y amarla lenta

solo hay una oportunidad

para saborearla

una posibilidad de enabolar su ansia.

 

Para aprender

nunca es tarde,

nunca es pronto,

se puede empezar con mirarse al espejo

saber, sentir

que cada latido de la vida

nos acerca más a muerte

por eso uno debe de aprender a morir

como cosa básica de la vida.

 

Foto: Leo Herrera
Foto: Leo Herrera

 

El Baúl

 

Cuando murió mi padre guarde todas las lágrimas,

las encerré en un baúl pequeño

para que no escaparan.

 

Cuando murió mi padre no lloré,

no quise perder la llave del baúl

aún la conservo aquí,

aquí en mi corazón.

 

Cuando cayó la última pala de tierra

sobre la tumba de mi padre,

el baúl pequeño había desbordado

todas las lágrimas haciendo un océano,

pero yo no lloré,

no,

no lloré

no quise perder la llave del baúl.

 

Todos, todos en el panteón nadaron

con las lágrimas encerradas,

las cruces flotaron,

las flores se hundieron

y el recuerdo navegó.

 

Yo, sobre una enorme piedra

contemplé como todo se hundía,

pero yo no lloré

pues me aferre a las llaves del baúl.

Luego, luego todo se inundo.

 

Yo no sé si aún la llave sirva.

No sé donde quedo el pequeño baúl.

Solo sé que ante una fría o tibia tumba

yo aprieto muy fuerte

mi corazón.

 

 

 En el Panteón

 

La gente llora.

la gente eleva plegarias,

bucea en  mares de tristezas,

se rasga la ropa,

se llena de cenizas incoloras de dolor;

quiere penetrar hasta el último hueso de vida,

quiere llenar la epidermis de luciérnagas

y absorber hasta el última gota de savia

cual hoja presintiendo su ocaso.

 

En el panteón ocurre todo

mientras la  nada se consagra.

 

El silencio devora las horas

como los gusanos el pasado cuerpo,

el cielo se sitúa color azul intacto

refugio de prófugos mortales

y la luna es sedante de luz

al ruidoso cuchicheo de la tumbas;

mientras el agua de las fuentes

refleja mágicos secretos

y las aves taciturnas beben de ellos.

 

Así el panteón se vuelve una partícula más

de millones de cosas,

de lugares de paso,

de sitios que se evaporan

cuando el corazón no se acuerda

y el olvido al fin lo alcanza.

 

En el panteón más que ocurrir la muerte

ocurre la vida,

las aves la recuerdan,

los insectos la polinizan,

las raíces de árboles viejos toman

de sus entrañas la pureza,

el cielo testifica.

Aunque la gente  en falso reza y llora

en el panteón ocurre todo

y a la nada se regresa.

 II

 

Los instantes  aguijonean cada rebanada de vida.

No hay marcha atrás,

algunos recuerdos duelen

mientras otros parecen marchitarse

bajo la última corola solar.

 

En el panteón el ruido de los rehiletes

ventila los silencios,

arrulla los olvidos

y encojen el alma de los ya muertos.

De su voz surgen las más selectas notas

de entumecidas ausencias.

Aunque algunos no las soportan

hacen del viento el cómplice perfecto,

Aquí  el rehilete es un tañido de tiempo extraviado.

 

 

III

 

En el panteón

ocurre la nada,

ocurre todo.

Se detienen los  latidos,

cuando el corazón no se acuerda

y cuando el olvido devora

la muerte llega.

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