Las voces sabias y los conjuradores del agua

Por: María Victoria Torres Morales

Entre el calor que ofrece el fogón y el sonido que provoca la caída de las gotas, como una melodía que sólo es interrumpida por los truenos y rayos se espera con ansia que la madre termine de cocer las tortillas que va echando al comal de barro y que al inflarse despiden un poco de vapor y ese aroma se mezcla con el humo de la leña. El resto de la familia se encuentra sentado alrededor de la mesa, ésta tiene por centro un molcajete con salsa verde, donde aún se observan pellejos de aquel tomate duro de moler.

Mientras todos los integrantes de la familia esperan, la abuela es cuestionada por los nietos que son temerosos de aquellos rayos que hacen estremecer el suelo -no toques tu cabello, no te acerques a la puerta, no toques los cuchillos-, son las advertencias que dice la madre a los hijos y que a la abuela se le cuestionan. Ella, la mujer sabia, por sus años, su experiencia y por ser la abuela, empieza a relatar:

La lluvia es una bendición, es lo que Dios nos regala para la milpa, para que haya comida, para no padecer hambre y no enfermemos. Hace tiempo había personas encargadas de pedir la lluvia o cortarla, les decíamos “los conjuradores”. Ellos se encargaban de ir a la Malinche y pedirle agua, llevarle ofrendas como listones o peines para su largo cabello, pues se dice que ella es mujer, una joven que le llaman la Malinche chipocatl [muchaha]. Los señores conjuradores eran los conocedores del tiempo, sabían cuando se avecinaba una fuerte tormenta y eran quienes podían luchar contra ella, hasta con las víboras de agua o el chahuistle. Había ocasiones que se peleaban los conjuradores de los pueblos y ganaba el que conocía más sobre conjuros, se veía como con su machete cortaban el agua, los cohetes y las campanas también les funcionaban. Al final del año, estos señores que eran respetados en el pueblo, pasaban casa por casa a recoger un poco de la cosecha que cada familia tenía, les dábamos un costalito pequeño de maíz o lo que se tuviese. Después, ya fue cambiando, ya no se daba maíz sino dinero, algunas gentes dejaron de creer en ellos y ahora ya casi no hay, eso ya se fue olvidando. Además, había fiestas en la montaña, cuando era el cumpleaños de la Malinche, pues acá la conocemos como Clarita y en su santo se le hacía fiesta y el conjurador le llevaba sus listones de regalo. Tiene su novio el cerro que se llama Cuatlapanga ese también tiene su santo que es san Lorenzo y también le hacían su fiesta.

Los niños observan con cara de asombro a la abuela y le hacen preguntas sobre ese brujo que era capaz de controlar la lluvia. La madre de familia que hace bolitas de masa de maíz y voltea la tortilla, agrega lo siguiente:

No se trata de un brujo, sino de un conocedor del tiempo, antes los abuelitos conocían mucho sobre el tiempo, de cómo y cuándo sembrar y participaban en las fiestas para la montaña, pues es la que trae y nos da el agua. Ahora, hay pueblos que se organizan para subir y allá hacer fiestas, como al Señor del Monte o la Virgen del Monte, imágenes que han sido aparecidas en la montaña. Allá celebran misa y después todos comen, se hacen convivencias muy bonitas para pedir la lluvia y agradecer por ella.

Tras un agarrar de tortilla y embarrada de salsa verde, la lluvia va disminuyendo, el sonido de las gotas se vuelve más lento y agudo, ya que son las gotas que desprenden del agua almacenada en la lámina que se tiene por techo. La abuela se asoma por la puerta y observa a lo lejos una nube blanca a baja altura, advierte que se trata de granizo. Busca en la cocina el cirio que llevo a bendecir el sábado de gloria y la palma del domingo de ramos. Enciende el cirio sobre la mesa donde todos comen y al pie de la puerta, menea la palma a veces en señal de cruz, como si bendijera para todos lados. Se escucha que en la iglesia del pueblo echan unos cohetes y repican las campanas.

Foto: Flicker.com/GABRIEL TORALES

Este acto se había realizado otros días, otros años, pero ahora los infantes habían conocido algo sorprendente, quizá un secreto que debía ser contado a sus compañeros de la escuela y a toda persona. Primero, lo que les había contado la abuela acerca del conjurador, de la Malinche y sus regalos; pero el más importante, era haber descubierto que la abuelita era conjuradora, pues con su palma espanto al granizo.

Este texto es una breve descripción de la cotidianidad de las comunidades rurales de Tlaxcala, momentos que viven las familias y donde se pueden contar este tipo de saberes tradicionales. Aquí la oralidad se manifiesta como un tesoro, una herencia que persiste ante el tiempo y la modernidad.

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