La Estación

Por: Irani Estephany Santamaría Castro

 

El frío de Noviembre invitaba a apaciguar la muchedumbre y relucir la nostalgia. La monotonía de la estación Courdier se respiraba por cada rincón, y cada vagón era testigo de los malos días.

Sentada, escuchando melodías de piano, estaba Paulette, taciturna imaginando cómo batallar contra el mundo. Enamorada de Violeta, la amaba cada segundo y la recordaba en cada suspiro. El principal obstáculo contra ese amor febril, eran los padres de Paulette, un hombre y una mujer cegados por sus tradicionalismos vacíos, incapaces de explicar una felicidad que no existía ni habían vivido y que sin embargo querían imponer en su primogénita. Cada beso era un prejuicio roto, cada caricia era un orden inventado, su amor era un acto de rebeldía contra un mar de restricciones.

Leyendo un libro, estaba Dionisia,  quería aparentar estar concentrada como una gran intelectual de biblioteca. Sus ojos veían letras, mientras su mente dibujaba sueños, sueños que ella etiquetaba de imposibles. Porque a los sueños los adoptamos, los nombramos y los alimentamos. Él suyo era escuchar un llanto. El llanto de la vida que todos emanamos al respirar fuera del vientre. Venía meses intentando ser protagonista de este ciclo, pero cada libro terminado, era un intento fallido. Ya tenía una biblioteca.

Talina no alcanzó asiento. Creía que era el día más feliz de la historia de su vida, y la sonrisa en su rostro era la más fiel prueba. Los reencuentros son instantes hostiles, te aferras más que nunca a la vida,  el corazón ya no es un simple órgano porque sientes como bombea y brilla a través de ti. Talina, sentía miles de emociones reunidas, y al ver a su madre seguramente estallarían. Su madre vivía en Tegucigalpa, y después de 7 años, iba a contemplar su rostro y piel morena.

Coret apretaba fuerte el tubo que servía para sostenerse, el tren estaba lleno. Su sonrisa contagiaba a cualquiera que cruzará, no podía esconderla. Coret era libre como su sonrisa. Descubría su libertad en cada orgasmo, rompía ataduras morales con su compañero de oficina. Eran cómplices de placer. Tenían que esconder ante los demás sus encuentros apasionados, algo que a ellos los llenaba más de ganas de verse y degustar. Y ese día había sido un encuentro mágico, una tarde en la que el clímax fue su aliado.

Todas estaban ocupadas en sus roles de vida, y quien acompañaba esas historias era la noche estrellada de la estación, la noche que unía a la vez sus espíritus, la noche que cobijaba sus desdichas y alegrías. La noche de aquel noviembre en la estación unía sus sensaciones, sus pensamientos viajaban a través de la luz de las estrellas, y ellas eran ciegas de ello. Desconocían que la noche las abrazó, que hizo suyas sus vivencias.

Foto: Leo Herrera

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