De héroes y problemas cotidianos

Por: Sergio Martín Tapia Argüello.

Twitter: parin75

La obra épica más antigua de la que tenemos registro es el llamado “Poema de Gilgamesh”. En él, o quizá sea mejor decir, en lo que podemos entender de los fragmentos que tenemos de él, se nos narra una aventura maravillosa. Los habitantes de Uruk (una región que se encuentra en lo que hoy es Irak) imploran a los dioses ser liberados de su rey, a quien consideran un tirano. Gilgamesh, ya conocido a través de sus múltiples proezas, es más fuerte que cualquiera, sabe pelear mejor que cualquiera, es más rápido, más ágil y más astuto. Todos aquellos que han intentado derrotarlo han fracasado y tanto su poder, como su renombre van creciendo cada vez más.

Estas características no resultan extrañas. Después de todo, se trata del hijo de una diosa, por lo que comparte algunas de las características divinas de su estirpe. Unión de humano y ser inmortal, tiene incluso una perspectiva mejor para el futuro que el resto de los mortales. Porque su vida, extremadamente larga por efecto de su sangre, tendrá, porque así debe ser con todos aquellos que no son dioses por si mismos, un final en algún momento. A pesar de ello, quienes piden su caída no pueden esperar tanto. Por ello, urden un plan; haciendo uso de algunas artimañas, le acusan de ser demasiado licencioso, de forzar a las mujeres del pueblo a yacer con él, incluso a la fuerza.

Debido a ello, los dioses, en concejo, deciden ponerle un alto. Para ello, crean a Enkidú, un ser de fortaleza incomparable para que mate al rey. A diferencia de las formas cultas y ceremoniosas del civilizado Gilgamesh, su némesis es un ser salvaje. Contrario a lo que para nosotros significaría esto, eso no significa que se trata de un hombre cruel, pues ese mismo salvajismo le hace tener un buen corazón. Tras un combate de proporciones épicas y en un empate casi total, ambos personajes descubren no sólo que son más parecidos de lo que originalmente pensaban, sino también que las acusaciones en contra de Gilgamesh son infundadas. Debido a ello, los dos se vuelven entrañables amigos y juntos inician una serie de aventuras en contra de seres mitológicos, bandidos e incluso sirvientes de los dioses mismos.

Durante la ausencia tanto del rey como del nuevo héroe de la ciudad, Uruk es protegida por la diosa Inanna, quien enamorada de Gilgamesh, le declara su amor cuando este vuelve de una de sus aventuras. Ante el rechazo del rey, la diosa provoca, de forma indirecta, la muerte de Enkidú, al forzar un encuentro entre los héroes y un enorme toro blanco, el ser vivo más preciado de uno de los dioses más poderosos, al que envía, sin permiso, a destruir la ciudad. Si bien ambos triunfan en el combate, los dioses deciden, nuevamente de forma colegiada, que Enkidú debe morir por su acción.

Este suceso marca una ruptura importante en la vida de Gilgamesh. Sabedor de su estirpe y de las ventajas que esta le proporciona, poderoso, rico, famoso, con todos los privilegios que cualquiera puede desear, la vida se le presentaba como eterna. Pero la muerte de quien era visto, por encima de todos los demás hombres, como su igual cuando era incluso mucho más joven que él, le hace temer por primera vez al final de su propia vida. Por ello, después de hacer los honores rituales de Enkidú, en su nombre y con su memoria como único compañero de viaje, Gilgamesh se decide a buscar a los únicos sobrevivientes del diluvio universal, quienes, según se dice, han recibido por parte de los dioses la inmortalidad.

Foto: Flickr.com/ Lucas

De esta forma, Gilgamesh encuentra, tras una serie de aventuras al sabio Utnapishtim y su esposa (estos personajes después serían convertidos en Noé y Naama por la tradición cristiana). Es a través de él que el apesadumbrado rey se entera de que las condiciones que permitieron la inmortalidad de ambos fueron extraordinarias, por lo que es imposible que otro humano reciba este don divino. Convencido de abandonar esa búsqueda, recibe un último consuelo: la pareja le dice que en el fondo del mar que se encuentra en los confines del mundo, existe una planta que permite a quien la consume, rejuvenecer. Gilgamesh ha pasado muchos años lejos de su tierra. Su cabello se ha vuelto gris y los músculos comienzan a endurecerse. Su valor y coraje siguen intactos, pero él puede observar que la búsqueda de la inmortalidad ha consumido ya demasiado tiempo de su vida. Por ello, se dirige con renovadas esperanzas a esta nueva aventura, de la que sale, como es posible imaginar, victorioso. El ritual para consumir la planta es largo y duro, incluso para alguien como Gilgamesh. En el último momento, dejando la planta a un lado para tomar un baño, una serpiente aparece para robársela y consumirla para ella. El gran héroe ha sido derrotado, no por la fuerza, no por la astucia siquiera, sino por un descuido. Convencido de que su tiempo está por terminar, un meditabundo y triste rey recorre en su memoria el camino de su vida, mientras lentamente se dirige de vuelta, a la tierra que ahora añora con nostalgia…

La primera vez que leí esta historia, fue en la vieja y pequeña biblioteca de la colonia en que fui criado por mis abuelos. Aún recuerdo las tardes en que me dirigía hacia ella sin importar el clima para escuchar, mientras leía, la lenta y cansada respiración acompasada de ese viejo bibliotecario del que no recuerdo el nombre. El local pertenecía al Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (ISSSTE) justo como el fraccionamiento. Debido a ello, la modesta biblioteca consistía en su mayoría, en material del gobierno; libros de las colecciones de la Secretaría de Educación Pública, algunos ejemplares de los Institutos y Universidades y documentos de trabajo de instituciones públicas. Ello no significaba en absoluto que se tratara de material de baja calidad, aunque debo reconocerlo, a medida que el tiempo fue pasando los ejemplares se hacían más viejos, menos numerosos y más maltratados. Quizá como un doble reflejo, imitaban tanto del estado desarrollista que le había visto nacer, como a los usuarios del cada vez más anacrónico sistema bibliotecario.

Como cualquiera que me conoce sabe, siempre he tenido un gusto muy grande por las historias de superhéroes. No se trata sólo de mi amor por los comics y las películas derivadas de ellos, sino que de la misma forma, tengo un acercamiento sistemático a ellas a través de otros medios: tanto novelas, como películas y en algunas ocasiones narraciones de audio me han acompañado, llenándome de emoción y alimentando mi curiosidad y fantasía. Esta característica se ha encontrado siempre con una recepción paradojal entre mis amigos; por un lado, un curioso escepticismo, mezclado muchas veces con un dejo de burla por lo que se considera un gusto de niños (especialmente en cuanto se hace referencia a “los monitos”), por otro, la certeza de un placer compartido entre una enorme mayoría de personas, incluso a veces de manera silenciosa.

Mi abuela, esa mujer que fue mi súper heroína personal y que me dio, a través de su esfuerzo y su trabajo, el poder de interpretar el mundo a través de palabras escritas y pronunciadas, tenía de la misma forma, sus propios héroes particulares. Aún recuerdo aquella magnífica historia que le encantaba, en donde uno de ellos separa con un simple movimiento de manos, un inmenso mar para dejar pasar a su pueblo, oprimido y vejado por quienes persiguiéndolos, eran devorados por las aguas un instante después. De forma sistemática, hablaba sobre un hombre que era capaz de comunicarse con los animales y quien a través de su amor y compasión logra entender a un enorme lobo que asola una región entera y salvar de esa forma, a la comunidad misma.

Recuerdo que el primer libro que leí por completo, narraba la historia de muchos héroes, de cientos de villanos que a través de mil noches y una más, hacen que el sultán se enamore de la verdadera heroína de la historia. También ese regalo de cumpleaños, uno de los mejores que he recibido, en donde mi abuelo me entregó la historia de un pequeño ser que tiene que destruir un anillo, el más poderoso objeto de la creación. En la casa de mis abuelos conocí los sueños de un hombre llamado Julio por llegar a la luna y descender a las profundidades del mar, las pesadillas de un futuro terrible y los esfuerzos de valientes hombres y mujeres por evitarlo.

Por todo ello, recuerdo que cuando llegó a mis manos por primera vez un libro de dibujos animados, reconocí de inmediato las posibilidades de este medio. Uniendo las ventajas de los medios modernos y la literatura, presentaban de una forma vívida y emocionante, aquellas aventuras que en muchas ocasiones yo imaginaba (lo sé ahora y lo sabía entonces) incluso de una mejor forma. Me convertí, de inmediato, en un seguidor de la gran mayoría de ellos y me han acompañado, desde entonces, en todo mi camino.

Contrario a lo que algunos consideran, y aquí recuerdo muy bien una plática nocturna entre vino alentejano y tostas de queso que se dio en el bar de nuestra particular Comuna en Coimbra, mi encanto por las historias de superhéroes no se desprende de un abandono de la esperanza de que existan otros medios de transformar la realidad cotidiana (en ese momento, la disertación se centraba en la figura de V, el protagonista de la novela gráfica y posterior película V de Vendetta).

Como sucede con muchos de quienes seguimos este género, el uso del recurso deus ex machina (es decir, la solución de la trama a través de un recurso externo que no se deriva de la lógica de la propia narración) convierte a cualquier historia en algo simplemente prescindible. De ahí mi desagrado por la mayoría de las historias de los seres súper humanos virtualmente invencibles (Superman y Deadpool son dos ejemplos muy claros) y mi especial afecto por los llamados “anti-héroes” y seres que sin poder alguno, se entremezclan en situaciones fantásticas, no sin miedo, sino a pesar de tenerlo.

Las historias de superhéroes me gustan porque en más de un sentido, me sirven para observar aquello que queremos cambiar en nuestra sociedad; lo que pensamos está mal y muy importante, que podría estar mejor. Porque incluso aquello que resulta originalmente demasiado poderoso para ser vencido, seres que se ven como omnipotentes, fenómenos naturales e incluso más allá de la naturaleza misma, encuentran aquí y allá, resistencias contra ellos.

Pensemos, por ejemplo, en nuestro país. Para nadie es un secreto que estamos pasando por una serie de situaciones realmente terribles. ¿Quién no ha deseado la aparición repentina de un hombre millonario vestido de murciélago en medio de Ciudad Juárez? ¿Quién no estaría feliz de que a mitad de un enfrentamiento militarizado en Tamaulipas llegase desde los cielos un ser invulnerable a detener a quienes atacan? ¿Cómo podríamos no desear que un ser de fuerza incomparable levantara el edificio colapsado por el terremoto que hemos vivido ahora, que sacara a las personas atrapadas en los socavones a tiempo, que evitara el fuego de las guarderías y encontrara cuarenta y tres personas desaparecidas? ¿Cómo podríamos no desear la aparición, en fin, de alguien que tuviera el poder de castigar a los responsables inmediatos y directos de estos hechos?

Si las historias de superhéroes me gustan, no se trata de que me den un refugio de esta realidad tan nuestra como dolorosa. Lo hacen porque me ayudan a observar lo que quiero que cambie alrededor mío. Porque me recuerdan, como lo hace la historia de Enkidú y Gilgamesh, que la búsqueda de soluciones implica ya el reconocimiento de que estas existen dentro de nosotros mismos. Al preocuparse por su vida, el Rey pudo haber transformado toda la realidad del pueblo. Disfrutar de aquello que le quedaba enfrente, volverse inmortal a través de su recuerdo. Pero en lugar de ello, decidió emprender otra aventura, una búsqueda externa que reflejaba, a cada paso, lo que quería cambiar de él mismo.

Ningún superhéroe vendrá a resolver los problemas de nuestro mundo. Nadie ajeno nos salvará del Fiscal Carnal y de un segundo intento del Calderonato. Pero nuestro deseo de que esto suceda nos ayuda a observar no sólo la existencia de los problemas de nuestra sociedad, sino también, de que en nuestra mente existen ya las condiciones para transformarlas.

Cuando era niño, entre las páginas de novelas de misterio y comics, con los ojos puestos en caricaturas y películas, aprendí algo que aún ahora, sigue siendo igualmente cierto: no existe una persona en este mundo, que no pueda ser, al menos para sí mismo, ese héroe que tan desesperadamente estamos buscando. Por ello, es que me gustan las historias de superhéroes; porque sé, como lo sabían esas personas que escribieron hace milenios las primeras historias épicas, que podemos vivir mejor de lo que lo hacemos ahora.

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