Sócrates: Héroe más allá de la Muerte

Por: Juan Carlos Pérez Castro

“Si os conviene, pues, honrarme según lo justo

debéis mantenerme en el Pritaneo” (Platón, 1983: 53).

 

Cada vez que pensamos en las cualidades que debería tener un “héroe”, lo imaginamos como un ser cuyos atributos sobrepasan por mucho las cualidades del común denominador de los humanos, también, podemos exacerbar el sentido, así, accedemos a la condición más elevada, o, porque no decirlo, más exagerada, la cual nos resulta en el superhéroe.

Quisiera abordar ambos términos, a saber: los de héroe y superhéroe, para mostrar que, en la realidad, los actos que consideramos como más mundanos, más simples, vaya, que se nos presentan en la cotidianidad, resultan tener un significado más amplio, una profundidad y una mayor intención y sentido que la forma en que se nos presenta, y me estoy refiriendo esencialmente al acto de pensar.

Comencemos por observar las características que pueden derivarse del héroe, para este efecto, tomare en consideración algunos héroes míticos, lo cual nos permitirá observar ciertas características, que si bien no todas, pero que son, en suma, las más representativas. Pensemos en personajes como Aquiles, Perseo y Heracles, o, si se quiere, podemos remontarnos aún más, hasta llegar a la figura de Gilgamesh. Todos estos personajes nos muestran cualidades muy por encima de sus congéneres, cualidades por demás físicas (una tremenda fuerza, agilidad sorprendente, velocidad extraordinaria, resistencia imponente), y que normalmente se atribuyen a un origen divino o semidivino. Ahora bien, esto es fácilmente comprensible, ya que es la determinación de una realidad en estrecha relación con el mundo natural, salvaje, cuyas relaciones de poder se encuentran aún en una fase primitiva, la cual se da en la aplicación de la fuerza corporal ejercida hacia el otro. De esta manera, comprendemos la relación que guarda la figura del héroe para perpetuar la idea de que, solo los más fuertes son los que pueden gobernar, pues han demostrado ser superiores a los demás, y, por lo tanto, es su derecho divino el de ser seguidos y obedecidos.

Por supuesto, queda claro que esto nos muestra un escenario netamente político, donde la condición del ejercicio del poder se encuentra firmemente enraizada a un mundo sobrenatural que es quien erige, luego, el orden cósmico y terrenal, pero ¿es esto entonces un verdadero héroe? ¿Solo los más fuertes, valientes, o aquellos cuyo origen se menciona como divino pueden ser considerados como dignos de guiar a los otros? ¿Qué ocurre entonces con aquellos que, por sus cualidades éticas, morales y de conocimiento, no son tomados en cuenta o incluso son alienados de la sociedad, como si fueran personas peligrosas? Claro está que existe una clara diferencia entre el ejercicio físico y el gnoseológico, el problema radica en el exceso que otorgamos a las cualidades físicas, ya sea por temor o por admiración. Podríamos mencionar, siguiendo lo anterior, que en el individuo promedio (si acaso este término puede sernos útil) hallamos un intrínseco miedo hacia la condición de ser sufriente, y que prefiere evadir dicha condición, aunque esto le resulte en la pérdida de su libertad y en la denigración de su condición humana. Tal vez, sea en esta circunstancia donde encontramos una diferencia entre el héroe y la persona común: que el héroe piensa, cree y existe en una condición que ha superado el temor primordial por el dolor corporal, que, en él, se da la formación de un individuo humanizado, de un individuo que se sabe escindido del individuo-masa, pero que lucha por dignificar a todos los seres humanos.

Por otro lado, tenemos la figura del superhéroe, tan en boga en nuestros tiempos, y que ha permitido una nueva mitificación sobre aquel personaje que se ha separado de los mortales y se ha vuelto en su protector. Es, en este sentido, en el cual podemos identificar plenamente la situación extrema de un ego desbordante, pues aspira a elevarse a tal condición, que el “otro” termina aceptando su situación de inferioridad y sumisión ante aquel que considera como más fuerte, entonces, este ser “superior” logra confirmar su vida al ser reconocida su existencia, lo que sería un equivalente a la voluntad de vida schopenhaueriana, ya que nos indicaría un deseo implacable de mostrar al “otro” en su faceta más débil para volverse en piedra angular y salvaguarda del sentido de conservación que se deriva de las conclusiones del oriundo de Danzig. Así, la idea de un superhéroe nos colocaría ante una condición que deshumaniza a través del deseo de poder, pues, ¿no es acaso el deseo de poder el móvil de nuestra actual realidad? ¿Quién no quisiera, en nuestros tiempos, obligar a los demás a cumplir nuestros caprichos? ¿Acaso no es una de nuestras aspiraciones ser lo más valioso para las personas que nos rodean? Por supuesto, estas preguntan encubren, de suyo, un sentido egoísta sumamente amplio, tan característico de nuestra época.

Foto: Flickr.com/ Toni Almodóvar Escuder

Claro está, lo anterior aun no agota la idea de heroicidad, más bien, muestra una de tantas concepciones que damos al termino. El problema que resulta de la idea del “héroe”, es que aun guardamos una concepción romántica del término, lo que nos dificulta poder observar otras posibilidades escondidas en el concepto que damos de “héroe” o de lo “heroico”. Entonces, ¿Qué nos significa todo esto? Bien, en primer lugar, que aun en las mejores condiciones de lo humano, puede esconderse un instinto perverso de egoísmo, lo que nos lleva a pensar y reflexionar cabalmente sobre nuestras acciones, ya que estas pueden ser solamente la representación que encubre una acción distinta, a saber: que nuestros actos pueden ser dirigidos únicamente por la búsqueda de aceptación en el medio social, lo que vuelve en una inutilidad todo acto “heroico”, ya que este no se da desde la originalidad de la acción, más bien, se da premeditadamente para obtener de ello una ganancia que nos implicaría a cosificar a los demás seres humanos, pues los veríamos a estos como medios, y no como fines en si mismos, como nos exige el imperativo categórico kantiano. En segundo lugar, nos implica a pensar en el acto “heroico” como un acto libre, y por tanto original. Un acto original siempre es un acto espontaneo, ya que no se encuentra derivado de un acto anterior de egoísmo, es decir, no se trata de un acto que busque el bien mayor para uno mismo, pues, lo que busca realmente es un desapego para tenderse al otro, como se expresaría Levinas. Es un abandonarse a si mismo donándose al otro, es, en suma, la manifestación más bellamente humana que le sea posible a un individuo, pues es el sentido de su libertad, y, por ende, de su responsabilidad para consigo mismo.

Lo anterior, nos hace recordar aquel extraordinario pasaje que nos narra Platón en la “Apología de Sócrates”, donde nos muestra como una persona que es cabal con lo que dice, ergo, consigo mismo, no duda en defender la verdad aun a costa de su propia vida. Así, observamos en el texto referido lo siguiente:

 

Pero ni antes pensé en hacer algo innoble por temor al peligro, ni ahora me arrepiento de haberme defendido, sino que prefiero morir según mis actos antes que vivir con otro comportamiento. Pues ni en la justicia ni en la guerra conviene engañar para rehuir a la muerte. Es evidente que, a menudo en las batallas, alguien podría evitar la muerte arrojando las armas y pidiendo clemencia a los enemigos. En todo peligro existen muchos caminos para escapar, si uno se atreve a hacerlo. Pero lo difícil, atenienses, no es rehuir la muerte, sino evitar la maldad, porque es más rápida que ella. Y ahora cuando, ya vencido y anciano, he sido capturado por la muerte lenta, mis acusadores lo han sido por la rápida malevolencia (Ibíd: 57).

 

De todo esto, podemos observar que, Sócrates, nos insta a pensar en los verdaderos males, y no solo en los ilusorios, como la muerte. El verdadero mal se esconde en el hombre que no se conoce a si mismo, pues es ignorante de los deseos que le fueron implantados por lo “otro” (la cultura), de ahí que sea incapaz de dominar su hybris, sus pasiones egoístas que le conducen comúnmente a servirse de su semejante como de un objeto. Además, debemos considerar que no todos los deseos nos han sido instaurados por lo “otro”, más bien, debemos tomar consciencia plena de aquellos que en efecto nos pertenecen, de todos estos aspectos negativos que forman parte de nosotros mismos, con el fin de dominarlos y aspirar a las mejores condiciones de nuestra persona, pues, si observamos con atención, nuestras acciones casi siempre se encaminan a lo más placentero, aunque de ello no se encuentre lo mejor para nosotros mismos, así lo comenta Sócrates:

Amigos míos, cuan extraño me parece lo que los hombres llaman placer, y cuan maravillosamente se asemeja al dolor, al parecer su contrario. Rehúsan encontrarse los dos juntos en el hombre, pero cuando alguien experimenta uno de los dos, casi siempre parece experimentar a la vez el otro, como si se dieran unidos en uno solo, aun siendo dos (Ibíd: 131)

Así, observamos lo sencillo que puede resultarnos el dejarnos engañar por la apariencia del bien, es decir, aquello que se nos presenta como algo que tal vez no sea, ya que no nos preocupamos por examinar las circunstancias a fondo. Ahora, lo que nos pide Sócrates es todo lo contrario, que pensemos y obremos de acuerdo con lo que es mejor, pero no solo para mí, ya que esto sería egoísmo, más bien, nos exige plantearnos de cara a la realidad buscando el máximo beneficio para todos, aunque esto no nos agrade de momento. Es este el verdadero significado del sentido héroe. No se trata de realizar actos de bien por deber o responsabilidad, más bien, se hace el bien porque somos responsables, y solo somos responsables cuando somos libres. No se trata de un asunto de poder, mucho menos de dominación, se trata de un ejercicio pleno de las facultades mentales para ejercer lo mejor para todos. Se trata de romper con las cadenas del egoísmo para entender que no solo somos para nosotros, que el bien significa algo que está mas allá de mi persona, que es romper con la idea impuesta de que solo debemos velar por nuestros intereses sin importar los otros. Esto lo sabía perfectamente Sócrates, por eso, defendió su doctrina hasta el punto final, pues, como el mismo diría: “una vida no examinada, es una vida que no vale la pena de ser vivida”.

Sócrates es, muy probablemente, el mejor ejemplo de héroe que pueda recordar la historia de la filosofía. No solo fue un personaje que encaro a los tiranos y a la muerte, también fue un ejemplo de virtud, nobleza y humildad. Dio catedra de reconocimiento del otro a partir del dialogo, así como de una enseñanza que debe partir del reconocimiento de nuestra propia ignorancia.

Con todo, la figura de Sócrates rompió esquemas de su época, y, más allá de las elucubraciones que se realizaron en su contra (basta citar la sátira escrita por Aristófanes), siempre antepuso el mejoramiento de sus conciudadanos a la suya propia. Por esta razón, es que la idea de héroe debe pensarse como un ejemplo que nos permite ascender a nuestra mejor condición, y no a la absurda idea de una dominación que, por demás, puede calificarse de un producto sobreexplotado por el sistema que nos controla.

Fedon: Mientras estuve a su lado, quedé sorprendido, porque no me compadecí como quien asiste a la muerte de un amigo. Me parecía un hombre feliz, Ehécrates, en su aspecto y sus palabras, pues moría con serenidad y nobleza (Ibíd: 129).

 

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BIBLIOGRAFÍA:

PLATÓN (1983): Diálogos. Madrid: Sarpe.

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