Entre héroes y decepciones. La falacia de la vida ejemplar.

Por: Leo Herrera

revista217@gmail.com

Todos los superhéroes y villanos me han desilusionado, Birdman me mostró que podía volar, y lo intenté, con una toalla amarrada de mi cuello me lancé al vacío y solo logré una cara raspada y una tunda por andar de inquieto.

Al amparo ideológico de mi gran superheroína, mi madre, aprendí a mirar el mundo con el corazón en la mano, pensar siempre en la igualdad de todos y la libertad general, crecí mirando la injusticia y anhelando un mejor mundo, no uno donde quepan otros mundos, uno en el que convivan todos los mundos.

Mi primer súper héroe fue mi gran decepción. Siempre pensé: no hay nadie más grande que papá, pero crecí, el siguió siendo el superhombre que siempre fue, pero dejé de verlo como tal. Pasaron los años y lo rebasé en muchas cosas, pasaron los años y partió, en poco tiempo descubrí que nunca podré alcanzar el ser que él es, en casi nada. No quedaba más que imitarlo, seguir sus pasos. Sin embargo, un buen amigo me mostró algo más real, él era justamente él y yo, pues simplemente yo, me decepcionó no poder llegar a ser quien fue mi padre y comprendí que cada quien es diferente y tiene su propio camino.

Llegó la prepa, nuevas ideas abrían mi mundo, leí sobre un guerrillero que llevó la lucha de la utopía hasta la muerte, nacido en Argentina conquistó la revolución en Cuba y partió al Congo y Sudamérica, incluso vivió en México, lo leí y cambio mi visión del mundo, los álgidos meses de la huelga de la UNAM nos llevó a muchos a creer en la acción como medio directo de cambiar el mundo, colectivos, ONG´s, diferentes tipos de acciones y apoyo solidario a todos en cualquier parte del mundo, pasó el tiempo y, la distancia nos hace mirar desde un ángulo diferente, nada cambió, la irracionalidad e ignorancia triunfaron frente a la esperanza y la razón, presos, muertos y desaparecidos, los mismos en el poder y con las mismas políticas, decepción transgeneracional, la estupidez es transgeneracional.

Foto tomada de: Flickr.com/ Stefan Leijon

Llegó otra etapa de mi vida, me vi envuelto hasta la náusea por Sartre, Nietzsche, Kierkegaard, Dostoievski y Unamuno, metáfora de la posguerra que nunca llegó a nuestros suelos más que en la falacia de las peñas sesenteras. Dedique años a conocer la filosofía del mexicano, la psicología del mexicano, el perfil del mexicano para concluir que todo era (es) una falacia, la mentira de la homogeneidad nacional. Estudie sociología, me emocioné con muchos autores, teorías y utopías de cambio, la realidad desenmascaró la ilusión, poca ciencia, poco seso y mucha parafernalia, salvo honorables y escasos personajes honestos. Sin embargo, quizá lo más doloroso fue la pérdida que sufrió la humanidad con la muerte de Albert Camus, quien me decepcionó por morir tan joven y privarnos de esa maravillosa mente que aún tenía mucho por ofrecer, académico honesto, hombre valiente y de gran lucidez.

Tal vez, la legitimidad de los antihéroes me sea más atractiva: ebrios, torpes y ocasionales, no te decepcionan porque no esperas nada de ellos, y realmente no tienen nada que ofrecer ni que admirarles, son solamente, simples humanos. Quizá el cinismo de los villanos nos muestra el grave error de la ilusión, o probablemente tenía razón Monsiváis, para que no haya desilusiones, nunca te ilusiones.

 

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