Cadáver exquisito

Por: Enrique Taboada

-No te marches, quédate, quédate otro raro, otra vida, otros 5 minutos, no me dejes, no te marches, no te desaparezca, mírame, solo vuelve a mirarme, te amo, amor, te amo mírame, vuelve a mirarme, respira, eso, respira de nuevo, vuelve a respirar, hazlo de nuevo, no es tarde para vivir, no es tan difícil solo es agarrar el aire y no dejarlo salir hasta transformarlo, despierta, hey, hey, dame tu sonrisa una vez más.

Ya no pudo hacer nada, había muerto, tenían mas de 1 mes sin verse y ahora que la fortuna los unía, el había muerto, el cuerpo se empezaba a enfriar de el despedía un perfume que ella podía reconocer a kilómetros de recuerdos de el, lo abrazó.

Ella tenía 30 años, lloraba desconsolada, le lloraba a el, al muerto, era ya muy noche, no se quería despegar del cuerpo, abrió las piernas y se coloco encima desnuda como estaba, eran distintas pieles, no lo quería perder después de haberlo perdido un par de ocasiones, se resistía a perderlo, se empeñaba en no soltarlo, lo abrazo con las piernas como si le estuviera haciendo el amor, el cuerpo estaba rígido, frío, sin vida ni metas ni nada, ella siempre olía a primavera, desde la mañana hasta la noche, sus senos tocaban su pecho sus lágrimas caían en el queriendo provocar un milagro, es lo que dicen del amor, ella lo tenia claro, el amor hace milagros.

Tomó las doce rosas que le había regalado el, las deshojó una por una, comenzó a colocarlas en todo el cuerpo, pétalos rosa cubrían al recién difunto, los coloco en los ojos, en la boca, bajando en todo el pecho, en su pene, en sus piernas, en sus manos, lo adorno como si fuera el altar donde solía rezar de pequeña, se dio cuenta de lo hermoso y sin vida que era, se volvió a enamorar mas y a pesar de que ya no le quedaban lágrimas por llorar, lo volvió hacer.

Con su piel blanca de luna se volvió a recordar a su lado, al oído del muerto comenzó a cantarle un bolero de moda de Agustín Larga que habían escuchado en la XEW, pronto amanecería, el cansancio y las lágrimas le hicieron ceder y no le importo el cuerpo frío de el, antes de cerrar los ojos, sintió el perfume de él  así como los brazos sujetándole y agarrándole las nalgas, el amor existe

A la mañana siguiente al abrir el dueño del hotel percibido un olor a primavera que venia de la habitación 205, toco y no respondieron, abrió muerto de curiosidad, ahí yacían los dos amantes  en una cama de rosas sin vida.

Foto: Flickr.com/Lucie Provencher

 

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