Con dos hielos

Por: Hugo I. López Coronel

¡Hola! ¿Tienes un cerillo que me regales?

      Mi nombre es Luis ¿y el tuyo?

      Raquel.

      La música danza con los cuerpos. Luis, no deja de mirarla. Ella se siente intimidada por el joven que insiste en hacerle sentir comezón en el cuerpo, esa sensación por la que había tenido que esperar y por la que había jurado renunciar hace ya mucho tiempo.

      ¿Vienes sola?

      Sí… Bueno, vengo con mi amiga y su novio… Ahora ellos están bailando… ¿Y tú?

      Raquel jamás imaginó que desde aquella noche vibraría en la piel de Luis, en sus palabras, en las promesas que todas las veces le recetó al oído. Luis, mirando su reloj -Quedé de verme con un amigo pero creo que ya no llegó-. La plática entre ellos se prolongó por toda la noche. Él se ofreció llevarla a casa, ella aceptó.

      ¡Hola!, ¿cómo estás? Quiero agradecerte por acompañarme a casa. ¡Oye! El próximo sábado tengo una fiesta, ¿puedes acompañarme? Me gustaría mucho que fueras conmigo. Te quiero presentar algunos amigos, ya les he platicado de ti y tienen interés en conocerte. Hoy iré al café y platicamos…

      La cama se encuentra justo entre ellos. Los separa con la invitación inagotable de ceder a las caricias sin tiempo, de enterrase en ella y compartir los besos en una eternidad perpetua. Pero, las lágrimas ya habían caído y el mar se convirtió en cenizas a los ojos del nuevo Dios de la Verdad. Desde entonces, el único Dios.

      Raquel regresó a casa más temprano que de costumbre, abrió los labios, apenas musitó dos palabras. Dejó el corazón doblado en la bolsa de mano y caminó hasta la orilla de la cama. Fingía dormir con la sonrisa tranquila, sus cabellos flotan al filo de la aurora, su rostro sabe interpretar bien la ternura de niña mientras se agazapa en los rayos de oscuridad. Se envolvió en la habitación, esperando el momento para verlo pasar por la puerta.

      Miró hacia atrás y buscó entre sus recuerdos. Intenta estirar las arrugas del alma con un sueño abrasador. A pesar de todo vive, siente el amanecer y el anochecer, el tiempo no transcurre ante ella cuando está con él y sabe que miente también cuando dice no o cuando sólo dice sí. Cree vencer a los demás, dejando, de ser así, la misma vida por él, por el sueño morboso de poseerlo, de tomarlo. Era demasiado tarde cuando intentó acariciar su velo, la luz atravesaba las cortinas del ventanal jugando con el sueño más lindo. Con su figura extendida entre las sábanas cerró los ojos. Nunca más lo volvió a tener. Ha tejido la bufanda blanca, cumplió la promesa.

      …¿Te parece bien a las siete? Ahí te espero.

      ¡Con dos hielos, por favor!

      El mesero se retiró dejándolos solos, el bullicio de la gente inició la plática. Su cabello teñido de rubio parece flotar en el viento. El aire tibio de la tarde cauteriza las últimas huellas del viejo dolor, desactivó el mecanismo de defensa para no dejar ahogar al corazón.

      Sé que son apenas unos días, que no es bueno soñar con los ojos abiertos pero me muero por conocerte, abrirme para probar cada parte de ti, con tu existencia como la fuente de miel en donde me quede a vivir. Tú eres el hombre de mi vida. Después de decir esto calló. Dio un sorbo de saliva y levantó la mirada a los ojos de él. El verano pasó. Él empezó a faltar con mayor frecuencia. Se empezó a olvidar de ella. Los días se hacían cada vez más cortos y la ausencia más larga, ella volvía a sentir por segunda vez la traición, el devenir del engaño, de la mentira piadosa, del castigo de la carcajada al rostro en un ridículo perpetuo.

      En verdad Raquel, te agradezco mucho que seas sincera conmigo y me tengas al tanto de tus sentimientos. Lo siento mucho, pero no está en mis planes por el momento enamorarme, no puedo dejar los sueños pendientes y escapar contigo en la madrugada. En verdad no puedo. Perdóname, no puedo corresponder a lo que sientes por mí.

      La velada transcurrió en los sonidos de la gente. Terminaron de cenar y partieron rumbo a la casa de Raquel. El camino fue en silencio, cada uno sumido en sus sentimientos, en su propia noche. Ella lo invitó a pasar abriendo por completo la puerta. Él se despidió dando un beso en la mejilla y dejó las caricias intactas de Raquel, ahogada en el silencio, en el olvido del adiós.

      ¡Hola! ¿Tienes un cerillo que me regales?

      Mi nombre es Raquel. ¿Y el tuyo?

      Desde entonces cumplió sus promesas y tejió las bufandas blancas para guardar el frío del alma. Llamó al mesero sin dejar de sonreír.

      ¡Con dos hielos por favor!

Foto: Leo Herrera

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