El 90%

Por: José Luis Davila

Para Fanny

Desde adolescente he repudiado un poco la idea común de las coincidencias, y es que ya empezaba a tener esta suspicacia de que las palabras que usamos a veces no están adecuadas al contexto en que las enunciamos. Me daba esa sensación de tener puesto un suéter de lana cada que escuchaba a alguien decir que algo había ocurrido por coincidencia, una picazón quizá exagerada pero, vamos, me quedaba callado para no provocar discusiones con las personas, pues entendía al noventa por ciento el uso que le daban a la coincidencia, mientras, internamente, el otro diez debatía si en verdad podría existir esa capacidad del mundo para que los acontecimientos se ocurrieran de forma aislada pero coincidente, puesto que pensaba en esa última palabra de otra manera, más bien como una co-incidencia, es decir, esta pequeña cualidad de las cosas y las personas para establecer relaciones de implicación en dos vías, para generar un espacio común de subjetividades en el que éstas se puedan mover libremente. Una esfera que posibilita que esa relación se presente ante el mundo como un desarrollo intersubjetivo; dicho de otro modo, para mí las coincidencias no están en el concurrir de dos pinceladas dentro del transcurso de una línea, sino en la ocurrencia de aquello que resulta, en la imagen que ambas producen y la sensación que podemos experimentar desde tal.

Entonces, ¿dónde quedan las frases cualquiera como “qué coincidencia encontrarnos aquí” y demás que todos dicen? Creo que esas cuestiones son más de azar y decisión, términos contrarios que no están en pugna, pese a lo que se piense. Como decía, si existe un hecho aislado, ese hecho es producto de decisiones previas tomadas conscientemente así como de eventos fortuitos que conducen a decisiones menos pensadas (siendo esto lo que constituye el azar), de manera que las coincidencias (co-incidencias) no están en, digamos, encontrar al otro en un café, sino en que el otro y uno sean capaces de establecer un vínculo dentro del cual proponerse (¡¿decir mejor pro-ponerse sería una exageración?!) en una situación que permita la creación de esa nueva imagen. Un tableau vivant en que las líneas convergentes crean los detalles dónde la pintura sostiene su belleza.

Sin embargo, si el encuentro mismo de las personas o las cosas no es lo que genera las co-incidencias, pero sí lo que la posibilita, el factor que las concreta o desecha se mueve en la creación del vínculo primario del encuentro, en la consonancia de las subjetividades dispuestas a ser parte de la interacción que la produzca; es precisamente esa consonancia lo que constituía el diez por ciento restante que me causaba cuestionar a las coincidencias y ahora sé por qué: no puede haberlas sin esa concatenación de elementos, ya que sin tal se reducen a meras casualidades, encuentros vacíos que devienen en situaciones estériles o forzadas, situaciones que nada aportan a las personas y se reproducen como ilusiones de tener esa intersubjetividad escapista que pocas veces somos capaces de alcanzar.

Encontré esa respuesta, por supuesto, como se encuentran mejor las respuestas: escuchando una canción de Damien Rice sobre las posibilidades del otro en cuanto a uno, pensando en todas las co-incidencias que me llevaron a ese momento.

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