LA ESTACIÓN DEL AGUA

Por: América Alejandra Femat Viveros

Hay espinas en los tréboles este año

y el ganado no tiene que comer

y las piedras del río

han secado los ojos de los hombres

de una estación a la otra

y es el tiempo,

no la moralidad ni la ley,

quien ha cancelado todos los lechos.

Anne Sexton

Yo soñé con la estación del agua.

Atenta desde mi interior,

desde mi pronunciada fuente,

bebí de su rostro,

sorbo a sorbo

una grieta hizo crecer el río.

 

En la calle,

golpeaba la lluvia que apaga

una voz de incendio.

 

–Su tallo sembrado entre mis muslos,

la tierra y el agua en que nacimos,

d e l i r i o (s) que se ahogaron–.

 

No sé de donde,

de qué fisura surgió el frió,

brotó la duda.

 

Mis manos de incendio,

dictaron los escombros

de domesticada presa

su nombre de ventanas cerradas.

 

La mirada se hizo herida,

bestia saliendo de los ojos

sacudida

con hambre de ausencia.

 

–Por última vez–

 

Entre las esquinas de la memoria,

hendidura de indiferencia,

me hallé ciudad en ruinas,

asediada por cuervos que picoteaban la locura.

 

Yo soñé con el cómplice que me perseguía.

 

Entre el caudal de días

un sendero de pasos detenidos.

 

La prisión fue un mar habitado

abierto en medio de la idea de un naufragio,

o concebida isla de los años en abandono.

 

–Ésa que no concede si no la turbada consciencia

para morir frente a una lámpara apagada–.

 

Yo quería ser del agua la estación amada,

un sol colmenado de tanta claridad.

 

Ese oro devuelto,

al grito de una luz silenciosa

se fue agotando, herido dejó escapar

un falso ruido de puerta entreabierta.

 

La ciudad fue mi leve aullido,

mi nombre sin rostro,

mi sueño que no se contenta con soñar;

la temible estampa en su mirada.

 

Él mismo,

en el amanecer ciego de sus ojos,

oscuro en su rumor,

despertó mudo de brazos,

cobijado de muslos entre dudas.

 

Conforme la tarde sofoca

al calor del atardecer difuso,

el filo de su mano derribó de tajo al árbol

que daba sombra al cauce de su pasos.

 

Vi desprenderse

la noche de una cabellera,

vereda de un tren

con sus días de rieles nublados.

 

–La lumbre que no se mira se apaga–.

 

Yo inclinada hacia su promesa,

hacia sus dudas derribadas en las mías

cargando un viento absurdo,

un espejo apagado,

silencioso e inmóvil

hasta la terquedad,

como un augurio en tinieblas,

 

memorias de mi propia agua sin estación–.

 

Absorta de mi domesticada humillación,

sin el goce de la calma que me dejara proseguir.

 

En la floración de mi fracaso,

en la sitiada soledad iluminada,

confundida, con otra sonrisa

que dictara un nombre que le fuera posible.

 

No sólo duele la tierra,

duele el agua lejana,

la luz que no enciende,

los hijos que no aprendieron nuestros nombres,

el renunciado temblor a una imagen.

 

Para morir ahogada tuve que olvidar

su espejo herido,

 

para atravesar la ciudad

 

espejo, igual que el mío,

se sostiene de ruinas.

 

 

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