Todo o nada

Por: Enrique Chávez*

Hace poco leí la Pequeña sinfonía del nuevo mundo del poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. Dentro de sus múltiples temáticas (una serie de imágenes donde la prosa poética nos remite a la entidad histórica del ser humano como un principio generador de la modernidad y la prehistoria), Cardoza logra tocar un punto importante para la creación literaria: el origen. La mezcla de la masa mitológica, el maíz, con el cuerpo del ser humano dan como resultado la procuración de la vida mediante su propia negación.

Creación y muerte convergen como puntos paralelos. Cardoza lo refleja de gran forma mediante el sacrificio prehispánico: “El corazón del hombre fuese transformado en estrella”. La punta del cuchillo de obsidiana, como verdugo del acto mítico, es quien lleva las riendas del relato poético. La muerte como la apertura a un nuevo plano psíquico logra concluir con alabanza de los dioses; sacerdote, daga y mortal se unen para dar paso al ritual del renacimiento, donde el dolor no se convierte en dicha, sino en prosperidad.

Esto me llevó a pensar en dioses antiguos. Así como Ometéotl o el propio Caos griego lograron crear sus mundos a partir de la masa deforme de sus cuerpos, en medio de una desesperación total regida por el impulso de sus instintos primitivos, la nada también logra formar una serie de entidades como principios dinamizadores del mundo, similares al fuego heracliteano.

¿Antes de la nada ya existía un todo? La historia cultural de nuestros pueblos nos dice que sí. El propio Dios cristiano o los ya referidos, cada uno con su propia concepción estática en el tiempo: únicas entidades capaces de elevarse sobre la propia creación en busca de la materia luminosa que les permita ser partícipes del nacimiento del cosmos. Si Cardoza estaba en lo cierto, el sacrificio anuncia la nueva fórmula para entregar el espíritu: nos posiciona a nosotros, los seres humanos, como entes partícipes de la historia cultural y simbólica de los pueblos; en otro punto, nos hace dioses, pero a la vez siervos. Ometéotl jamás estuvo ligado a la entidad pasada, pero sí a su propio conocimiento; así el hombre se corresponde a sí mismo en medio del mar de confusiones.

El ejemplo más común que tenemos de la nada es el espacio, hábitat común de las deidades: la materia en armonía, en eterno fluir y devenir de átomos y cuerpos celestes. La nada funge como la matriz de lo conocido, aguardando el parto. El nacimiento se permite mientras se combata la soledad que impone la nada; toda vida, todo elemento origina una luminosidad que juega frente a las sombras, camino en círculos, donde la tradición impone una superación frente a las condiciones paralizadas de la realidad.

En este sentido, todo es la nada: antítesis generativa. No hay un todo sin la parte primigenia de los elementos más básicos de cualquier historia o situación. Si Ometéotl o Caos lograron ser padres de todos aquellos inmortales que posteriormente dieron vida a la existencia humana y mitológica, la nada es madre de todo conocimiento y toda circunstancia. La espontaneidad de la creación misma da pauta a todo tipo de posibilidades, algunas más creativas que otras, pero emergentes de un mismo punto: el deseo de iluminación. La nada es la chispa primera que otorga ese acercamiento con lo nuevo y lo desconocido.

Esta entidad asemeja a los primeros pasos de la curiosidad. Como si fuera un niño, la nada atiende a las intrigas que el corazón plantea. No busca el razonamiento estrictamente lógico sino un desplazamiento de sí misma, en donde la realidad pueda verse bifurcada en gran cantidad de sistemas donde la imaginación sea partícipe del proyecto creador. Similar a la imagen de Ometéotl, quien crea las distintas parejas que han de regir el mundo prehispánico, la nada comienza su historia mediante la concepción temporal y simbólica de su imagen, y así como Cardoza refiere en aquel apartado de la Sinfonía, se nutre a partir del nacimiento de nuevas imágenes, que a la vez son derivaciones de hechos pasados.

Es evidente que la nada no puede desprenderse del nacimiento, de la creación. El elemento se vuelve parte del proceso histórico e imaginativo de los pueblos debido a su condición de superioridad frente a la vacuidad del pasado. Las propiedades creativas de la nada otorgan la posibilidad de ser un vehículo hacia el futuro, manifestado en el presente y derivado del pasado.

Somos el producto inexorable de fuerzas anteriores: culturales, familiares, cosmológicas, etc.; la finalidad de la creación es eso: manifestar qué tipo de condición tenemos frente a nuestro origen. Parte de nuestra naturaleza es descifrar y proponer nuevos misterios, cada uno a través de su estado temporal. Siguiendo los pasos de una nada primigenia tenemos el ejemplo de Cardoza, quien nos enseña cómo lograr una concepción histórica, retórica y universal del origen de un sentimiento común entre los habitantes latinoamericanos: nuestro pasado prehispánico-indígena y su importancia como parte de una liberación del alma. Sin tener esta base, esta nada, seríamos un Caos sin conciencia propia: una deidad sin capacidad de establecer un conocimiento y un diálogo para los otros.

Pasado y futuro se alinean, como los astros en tal punto del cosmos, para otorgarle valor a una trascendencia indescriptible e indescifrable como lo es la nada.

*Enrique Chávez. (Tlaxcala, 1998). Estudiante de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Ha participado en tertulias literarias, talleres, ponencias y presentaciones de libros. Ha publicado poemas en las revistas La Rabia del Axolotl y Molino de Letras.

Foto de Portada: Flickr.com/iasa

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