Mirar al horizonte de los espacios feéricos y la realidad daimónica

Por: Isabel Muñiz Montero

Psicóloga neo junguiana[1]

Hace más de seis años me he sentido muy interesada en conocer de un tema tabú desde el punto de vista de la ciencia, se trata del análisis del mundo feérico. Por mundo feérico se entiende aquel espacio en donde habitan los seres del imaginario popular, llámense estos seres del folclore o las leyendas. Este interés nació para mí a partir de los relatos que mi madre me contaba que se conformaban por las historias de duendes que habían habitado en el México anterior al avance tecnológico. También nació mi interés por estos temas al investigar sobre el folclore y la mitología, asturiana debido a que mi padre tiene sus raíces en aquella cultura del norte de España. Si bien mi infancia, como la de muchos niños, estuvo acompañada con hermosos cuentos de hadas que mis padres siempre me proporcionaban, como adulta el fenómeno feérico me comenzó a interesar por otras razones. Para comenzar el hecho de la gran disparidad entre el mundo de los seres mitológicos y mágicos presentados por el cine y la televisión en comparación a lo que el folclore relataba. Las haditas que adornan los utensilios escolares no tienen nada que ver con las hadas de las historias tradicionales. Además, estas hadas casi siempre aterradoras, ni son pequeñas, ni son inofensivas. Interesada por el tema no encontraba la manera de abordarlo. Quería tratarlo desde un punto de vista profesional y adulto, por lo que opté por utilizar las herramientas de mi profesión. Fue así como descubrí en Carl Gustav Jung al psicólogo cuya teoría mejor guiaba mi interés por el tema. Nacido en Suiza en 1875, vivió hasta 1961 una vida prolifera en el desarrollo de una teoría extraordinaria que escapaba de la psicología convencional para adentrarse a los campos del misticismo. Psiquiatra y psicólogo fue fundador de la psicología analítica –también llamada psicología profunda-, que desde mi punto de vista conformó los cimientos de la moderna psicología transpersonal. Como psicólogo no solo se interesó por la psicología clínica, también por la psicología social y utilizando muchas de las herramientas de la antropología viajó por el mundo y aquellos viajes le permitieron desarrollar la teoría sobre el inconsciente colectivo.

Foto: Isabel Muñiz

Es justo en el contexto del inconsciente colectivo y de los arquetipos que mi interés por el mundo feérico empataban con la postura de la psicología. Los arquetipos son todos aquellos símbolos cuyo significado es universal, por ejemplo la figura de la madre representará y significará lo mismo en casi todas las culturas; lo mismo sucede con los roles del médico, el guerrero, el héroe, el padre, el sol, la luna, las estrellas. Todos estos símbolos y sus significados se encuentran interiorizados en las mentes de todos los seres humanos en todas las épocas y en todos los lugares, y conforman el inconsciente colectivo.

Cuando nos referimos a los seres del imaginario popular, desde el punto de vista de Jung estamos hablando de un aspecto simbólico del inconsciente colectivo, la realidad psíquica de una sociedad. Así, los espectros que deambularon el México colonial eran la representación simbólica de aquel momento histórico con sus sufrimientos, sus injusticias, sus terrores y sus miedos. La llorona, uno de mis espectros favoritos, es uno de los monstruos más significativos del imaginario popular mexicano, contraria a la imagen de la Sagrada Virgen de Guadalupe, la buena madre. El doble matiz de la llorona ha llevado a considerarla como dos lloronas, la primera es la madre sufriente que clama a sus hijos caídos en los enfrentamientos entre la conquista y la revolución, la segunda es la mujer que luego de enamorarse y ser rechazada por un hombre, ahoga a sus hijos en un ataque de locura. Pobre llorona enloquecida por el despecho amoroso es capaz de culpar a sus pequeños y luego, profundamente arrepentida clamar por todo México y gran parte de Latino América junto a los ríos, los lagos o los pozos. Este último tema es muy interesante, nos lleva a tratar el asunto del agua como elemento siempre presente cuando de seres feéricos se trata. El agua es el elemento esencial puente entre este y otros mundos. Los lagos, las lagunas y en general las superficies donde hay agua representan simbólicamente al alma. El folclore dicta que a través de las aguas los seres humanos podemos atestiguar la eternidad. Así duendes y sirenas habitan los lugares donde el agua fluye. Las sirenas mexicanas tan famosas antiguamente, hoy casi están olvidadas, mencionaré algunas muy famosas como la Tlanchana sirena de Metepec, la sirena de la laguna de Zumpango, la Huamuxtla de Guerrero. Las sirenas mexicanas a diferencia de las europeas no cuentan con la tradicional cola de pez, más bien suelen ser mujeres con una enorme cola de serpiente de agua. Antiguamente a las sirenas mexicanas se les describía como mujeres morenas de gran belleza, adornadas con cinturones y corpiños conformados por peces, pequeños moluscos y conchitas marinas, poco a poco la descripción cambió para dar paso a la presencia de sirenas rubias. Muchas de estas sirenas tenían una interesante dualidad entre la belleza, el amor apasionado y la fiereza que les llevaba o bien a enamorarse y a amar a algún hombre, o a atraer a pescadores y viajeros para luego ahogarlos.

Foto: Isabel Muñiz

Existen muchísimas y muy variadas historias de sirenas, pero tal vez mi favorita sea la de la pequeña sirena del cráter de Aljojuca, en el estado de Puebla; el folclore hace referencia a una pequeñita que pastoreando a sus ovejas encontró un nacimiento de agua, al escarbarlo este creció hasta convertirse en un enorme cráter en el que la niña se ahogó, pero su espíritu se convirtió en una sirena. Se dice que ella cuida de las mujeres que caen al cráter inundado y no permite que se ahoguen, pero no es tan benévola con los hombres a quienes les deja ahogarse. Cuando hablo de esta niña sirena siempre hago referencia a sus actos mágicos de sororidad. En la misma región, muy cerca de la laguna de Aljojuca se dice que un gato negro asusta a los visitantes, se trata de un gato mágico, un gato feérico que es capaz de hablar como un humano. Cuando la gente trata de atrapar al gato, se encuentra con que este se escapa y es imposible capturarlo.

En México las leyendas de duendes están muy extendidas, en la región de Cholula como en diversas partes del Centro de México existen duendes llamados ateteos quienes habitan los lugares con agua. Un historiador me contó que su tío que trabajó como albañil arreglando los espacios que más tarde serían las aulas de la Universidad de las Américas en Puebla le comentó que en el ojo de agua que a manera de lago pequeño se encuentra dentro de la universidad, solían salir por las noches los ateteos cargando sus instrumentos musicales –tambores prehispánicos- y que los tocaban a la luz de la luna con tremendo estruendo, ignoro si posteriormente se volvieron a observar. Los ateteos también habitaban el rio Rabanillo y detrás del Colegio de Postgraduados en el rio las lavanderas los solían ver jugar aun a principios del siglo XX. Se dice que los atateos se llevan las almas de los niños, pues gustan de jugar con ellos, y para proteger a los pequeños es necesario colocar unas tijeras en forma de cruz bajo el colchón de su cuna o en la puerta de su habitación.

Foto: Isabel Muñiz

Si las historias de duendes abundan las de hadas son más escasas. Imposible de diferenciar entre un hada o un espectro, las damas blancas se aparecen en las carreteras que llevan a los parajes de las sierras poblanas. Un conductor de ADO me contó que si bien a él no le había sucedido, a algunos compañeros choferes de la CAPU les había ocurrido que en medio de la noche una joven hermosa vestida de blanco les hacía la parada en los lugares más desolados de las sierras poblanas. Luego de parar y permitir que la joven subiera al autobús comenzaban a sufrir un frio que les helaba. Al llegar al destino y observar que bajaba el pasaje, la hermosa de las ropas blancas no descendía, había desaparecido en el trayecto. Misteriosas criaturas habitan los horizontes mexicanos. Conocidos como encantos, los lugares y seres mágicos mexicanos habitan el inconsciente colectivo y tal como explica Jung son representaciones fieles de lo que ocurre en el contexto social. El inconsciente colectivo es más que la suma de los inconscientes individuales, toma sus propias formas y aspectos.

Para Jung entender el significado de estas presencias siempre estará relacionado con los sentires de un pueblo. En un México afectado por la violencia, la pobreza y el peligro, los seres feéricos se transforman en monstruos. Año 2016, muy cerca de la comunidad de Chipilo, un hombre de mediana edad viaja en bicicleta rumbo a su trabajo. Es de madrugada, el horizonte aún está oscuro, entra a su trabajo a las seis de la mañana, por lo que supongo eran como las cinco y treinta. A punto de atravesar la carretera Federal a Atlixco, mira para un lado, mira para el otro; no hay automóviles a la vista. Atraviesa entonces la carretera, cuando de pronto dos ojos rojos enormes le sorprenden de frente, un olor a azufre invade el lugar y dos alas enormes, una presencia más negra que la misma noche choca con él de frente. Tres metros aproximadamente mide la presencia espantosa, el hombre cae y la bicicleta azota contra el piso. Costillas rotas, una pierna fracturada ante la fuerza y velocidad de lo que aquel hombre llamó “chocar con el diablo”.

Foto: Isabel Muñiz

Me cuenta la historia; meses en cama y un testimonio del terror de haber visto a los ojos a aquel ser que en la cultura norteamericana es conocido no como el diablo, si no como el Mothman. El Mothman u hombre polilla tiene su propia serie de televisión en Chihuahua y ha sido visto en los estados donde la violencia en torno al crimen organizado y el narcotráfico azotan. En el año 1966 en el condado de Point Pleasant Virginia Occidental una serie de avistamientos de la población son totalmente semejantes en la descripción al ser que fue visto en Chipilo. Aquellos avistamientos culminaron cuando en diciembre de 1967 el puente sobre el rio se desplomara en Point Pleasant con la muerte de unas cuarenta personas en las aguas negras y congeladas de la región. Totalmente escéptico el periodista John Keel se encargaría de investigar este caso hasta concluir que se trataba de seres “demoniacos” que han cohabitado con el ser humano y cuya naturaleza maligna él había confirmado. Keel murió el 3 de julio de 2009 en Nueva York, solo, paranoico y muy afectado por sus descubrimientos en el terreno de la existencia del mundo feérico.

Ganado encontrado muerto, desangrado, aparece en diversas regiones de México, especialmente al norte y en los estados donde hay mayor presencia de violencia. Los granjeros no tienen una explicación plausible para estos casos; a veces el Mothman (hombre polilla), otras el chupacabras, para otros se trata solo de tonterías, palabrería, paranoia, pero como diría Keel “no son físicos, pero dejan huellas”.

Foto: Isabel Muñiz

Descubro cada cierto tiempo estos casos, estas presencias, un ovni en Atlixco en los años noventa, fantasmas, espectros, y estas presencias se intensifican poco antes, en o luego de las desgracias. La explicación científica podría llevarnos a conclusiones fáciles: alucinaciones, estrés, miedo y afectaciones neurológicas, como patologías; pero Jung siempre fue más prudente. La gente que suele ser testigo de estas presencias suele ser también perfectamente funcional y vivir la experiencia una sola vez en su vida (a veces dos). No se trata de gente loca, ni enferma, de tal forma que el fenómeno debe tener otra explicación.

Carl Gustav Jung, al igual que años después Patrick Harpur en su extraordinario libro “Realidad Daimónica” explican este fenómeno como parte de los procesos mentales del ser humano. Son el resultado de las condiciones generales que penetran en la mente, pero además son el resultado de estas percepciones mezcladas con percepciones anteriores. Son a la mente colectiva lo que los sueños a la mente individual. Son la respuesta del inconsciente colectivo a la realidad. Podrían entonces preguntarse cómo se relacionan estos fenómenos con los resultados físicos “que dejan huella” como los terribles golpes que sufrió el señor de chipilo. La respuesta se encuentra en el poder de la mente. Es la mente y sus procesos la que nos permite sentir, oler, captar la realidad. La realidad feérica (daimónica según P. Harpur) es percibida como real por la mente humana. El testigo de la presencia de un fantasma puede decir que fue real, pero al mismo tiempo se sentía como en un sueño. Explicar más de la esencia de la realidad daimónica nos llevará a otro artículo, a otro trabajo, a incursionar en la mente arquetípica humana, en el atavismo y en los misterios de antaño, para descubrir que aun hoy en un horizonte inundado de tecnología lo mágico se niega a morir.

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[1] Es Psicóloga por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, maestra en sociología por la misma institución, cuenta con un doctorado en ciencias por el Colegio de Postgraduados. Actualmente se desempeña como profesora investigadora de tiempo completo y psicoterapeuta en la escuela neo junguiana.

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