Míralo aquí con su dolor

Por: América Alejandra Femat Viveros

 

Míralo aquí con su dolor

masajeando sus sienes,

enternecido momento, –¡se acabó!–.

Me apoyé sobre la bolsa,

quise avisarle que me iba,

quería sujetarme el corazón

pero los pájaros de mi cuerpo se sacudieron.

De entre mis ojos,

de entre mi boca,

de entre mis oídos, de entre mi nariz,

de entre mi sexo

huyeron,

–todos huyeron–

(marejada de aleteos ruidosos).

¡Mírame aquí!, gaznando el dolor. 

Ahuyentando los pájaros

para que no sepa que me voy.

 

 

FUGA

I

Ayer le conté de esa niña nublada.

Era tarde y la hora arreciaba fuerte

como una lluvia que grita por la ventana.

 

II

–¡Nos vamos!– qué buena farsa, pensé.

–¿Dijiste, nos vamos?– Ya sabía que te referías sólo a ti.

Déjame avisarle a tus cosas que se van.

 

III

Ahora que sé

que una casa es un puñado de tierra

cuando se convierte en raíz arracada.

 

Salgo descalza para sentir los latidos de ese cuerpo.

 

Por ahora mi casa es una entraña vacía,

una fila de reflejos que siempre miran un mismo lado;

una sombra como un hueco en la pared.

 

Por mas que llueva no se limpian los muros,

pero se destiñen las voces en los patios;

ahora sé, como respira su sombra,

como los cuerpos desnudos se agonizan,

y se van secando,

son un puñado de tierra, son la raíz arrancada.

 

 


Foto de portada: Flickr.com/ MBarrieras

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