Der anspruchsvoller Leser

Por: Por: Erasmo W. Neumann

La curiosidad no es un crimen, detective, y, puesto que fui el ama de llaves del señor Weber durante casi treinta años, mi interés por su última novela era más que natural. A decir verdad, todos sus libros anteriores los leí mucho antes de que salieran a la venta. Por eso, para serle franca, tuve mis reservas cuando me enteré de que trabajaba en uno nuevo: nada había publicado en siete años y, si me perdona la indiscreción, era para entonces mejor amigo de la bebida que de la literatura. De cierto, detecté en los capítulos iniciales cuantiosas deficiencias, más propias de un principiante que de un autor con su pericia. Era evidente que, luego de tanto tiempo inactivo, necesitaba redescubrir su voz, así que fui paciente. Fue conforme acumuló páginas que brotaron atisbos de la genialidad que lo hiciera célebre, ¿y sabe? Entonces sí que me emocioné: ¡con ese libro reviviría su carrera! ¿Mas por qué será, detective, que la creatividad del hombre a menudo va de la mano con su autodestrucción? Justo en su momento de mayor constancia decidió acompañar sus sesiones con una o dos botellas de whisky, y eso lo desmoronó todo. En el mejor de los casos lo encontraba inconsciente en su silla con apenas unos renglones nuevos en el papel, pues podían irse días enteros sin que plasmara una sola palabra. Asumí que aquello significaba el fin del proyecto, pero él, de alguna manera, halló en el sopor las fuerzas para obligarse a escribir. ¡Ay, detective! Ojalá hubiese desistido, pues lo que hallé una tarde en su cuaderno me rompió el corazón: la pulcritud de las tempranas deseaban hacerse de nuestros servicios. Tropas y armas terrestres volaron al centro de la galaxia y, páginas cedió por entero a una narrativa desinteresada y tediosa. ¡Qué desarrollo más torpe! Y los personajes… Una vergüenza. Créame que por más que quise mantener la cabeza fría no pude: si bien era su empleada, también era una lectora que creyó en su obra sólo para verse defraudada. Y me pesó. Por eso no me compadecí cuando su salud se deterioró las semanas siguientes. Claro que le brindé las atenciones obligadas, pero no negaré que el fracaso de los medicamentos me traía cierta satisfacción. Cuando por fin advino lo inevitable, el remordimiento me duró poco. Lo que es más: me sentí aliviada, pues con esa última novela inconclusa su nombre pasaría inmaculado a la posteridad… Por favor no me mire así, detective; de haberla leído, usted también lo habría envenenado.

Foto de portada: Fliker.com/Fondo Antiguo de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla

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