Celebrar sin creer. Recuerdos de la navidad de un niño ateo

Por: Sergio Martín Tapia Argüello.

Twitter: @parin75

A pesar de no ser nunca el tema central de mi conversación, resulta normal que en el trato diario la gente se entere, en algún momento u otro, que soy ateo, miembro de una familia no creyente (aunque mi madre sienta socialmente el peso de mostrarse en algunas ocasiones como si de verdad creyera algo) y que mi formación ética y sistema de creencias se ha formado con ese marco desde niño. Me alegra darme cuenta que cada vez más, esta declaración pasa como desapercibida por mis interlocutores, aunque de vez en cuando (cada vez de forma menos invasiva) suelen realizarme algunas preguntas como para comprobar la fortaleza de mi ateísmo o bien, para intentar “demostrarme” lo irracional de sus postulados.

Una de las preguntas que de forma más común me es realizada, tiene que ver con las vacaciones y las celebraciones, que en el ideario mexicano se relacionan de manera inmediata, con la religión dominante: el catolicismo. Así, me preguntan por qué tomo las vacaciones de verano y de invierno (es decir, de semana santa y navidad, en sus dichos) o bien si celebramos la noche buena o las fiestas de todos santos.  La pregunta no me hace nunca mucho sentido, especialmente porque quienes me preguntan, estoy seguro, tomarían los días de descanso sin cuestionarse ni problematizarse nada si el gobierno instaurara los de otras religiones, como el ramadán o el yom kippur.

De la misma forma, la celebración familiar de año nuevo tiene varias fechas, que se deriva más de las posibilidades de cada uno que de la navidad cristiana. Festejo en cada oportunidad la posibilidad de estar con los míos, en posadas, en cenas de navidad, en cenas de año nuevo e incluso, ahora que estoy lejos y hay otras celebraciones, en pascua, en consoada y cualquier festejo que se me invite, sin diferencias muy notorias del resto, como lo hago, igualmente, en el día de la república portuguesa, en el día de Portugal o en la celebración de la revolución de los claveles; como disfruto los cumpleaños de otras personas y las tardes al sol en que me encuentro con amigos.

Si bien durante mi vida no he asistido de manera voluntaria y sistemática a la iglesia, eso tampoco significa que me moleste en absoluto ir. Cuando mi abuelo, ya viejo, necesitó compañía para asistir a sus ritos, yo fui con él de manera sistemática, como iría también con mi prima a ver a un concierto de Mercurio o con mi mejor amigo a dar una serenata en una noche fría: por afecto a quien te lo pide y no por la actividad en sí. De la misma forma, la primera navidad que pasé fuera de casa, asistí a la misa de navidad en Notre Dame, por una combinación de curiosidad y recuerdo. La iglesia, enorme, imponente, me pareció especialmente bonita en una celebración comunal a diversas voces, que a pesar de ello, me pareció un poco hipócrita. El mismo sentimiento combinado y para mí, paradójico, incluso contradictorio, me ha despertado en celebraciones de otras iglesias, a las que, igualmente, he asistido.

Viendo hacia atrás, considero que tan sólo existió una diferencia notable entre el resto de los niños y yo en estas épocas. Como miembro de una familia no creyente, a mí nunca me dijeron nada sobre «Santa» o «los reyes». Yo me vine a enterar que había niños que creían en eso cuando entré a la escuela y comencé a escuchar a los otros. Ni siquiera tuve que preguntar a mis papás que pasaba, porque el esquema me parecía claro, pero aun así, cuando una maestra nos obligó a hacer una carta, alguno de ellos (creo que padre reptil) se sentó conmigo y me dijo que había familias a las que les gustaba que sus hijos creyeran en esas cosas y que yo debía respetar eso, aunque nuestra forma de vida nunca fuera respetada (como lo mostraba el que fuera obligado a hacer una carta).

En estas fechas, yo iba con mis papás a comprar algún juguete, nada especial realmente, porque siempre nos andaban comprando cosas y me acuerdo que me decían que tenía una cantidad X de dinero para comprar algo. Podía aprovecharlo ahora o bien esperar a después y comprar algo mejor (por las ofertas). Yo era un niño, claro, y no tenía muy bien asimilado el concepto de «futuro», sino un ansia de lo inmediato que aun ahora me acompaña un poco (pero que refreno). Casi siempre elegía comprar algo en el momento y en realidad no me arrepiento mucho de ello.

Algo que me causaba incomodidad, sin embargo, era que el resto de los niños sabían bien que yo no recibía regalos de la misma forma que ellos. Me acosaban con preguntas y formas un tanto violentas de superioridad, hablaban de mi como si yo fuera «malo» y por eso no me trajeran nada, incluso, recuerdo, alguien comenzó el rumor de que mi familia era judía y nosotros no recibíamos nada porque habíamos matado a Cristo. Cosas de niño pues, que les llaman (aunque como dice mi amiga Claudia, no sean de niño en verdad, si no reflejos en los niños de las formas de adultos de rechazar al diferente) que en realidad tampoco me molestaron mucho nunca (no porque no lo intentaran, aclaro).

Cuando me fui a vivir con mis abuelos, los regalos cambiaron de juguetes a libros. El primero fue, lo recuerdo, El Señor de los Anillos, con una nota de mi abuelo que decía algo como que «me daba de las las letras el tesoro, para que aprendiera a vivir mi vida con alegría y decoro». El libro por cierto, se lo quedó un amigo mío cuando salió la película y se emocionó con ella (desconozco si lo habrá leído, pero al menos el esfuerzo se hizo). Después, fueron La guerra y la paz, un libro de poemas hermoso que mi abuelita me pidió años después y no he vuelto a ver desde entonces, un libro de Julio Verne, otro de Emilio Salgari (de la saga del Corsario negro, porque la de Sandokan la teníamos en casa ya), alguna novela negra…

A medida que íbamos creciendo, mis compañeros iban, ya por error, por deducción o confesión, sabiendo la verdad sobre los regalos que recibían. Al principio, quienes pasaban por ese paso se tornaban violentos, intentando por todos los medios echarles a perder la fiesta al resto, diciéndolo casi a gritos, burlándose de quienes todavía creían. Después, con superioridad, como si fuera algo natural saberlo y los que no lo hicieran fueran tontos. Finalmente, con aceptación natural y comprensión cariñosa. Más o menos como es el camino de todo aquel que se vuelve ateo (porque esto es, sépanlo, volverse ateo sobre una figura mítica particular).

Yo estoy totalmente convencido de que si alguna vez tengo hijos, me gustaría educarlos en mi fe. La creencia de que no se necesitan entes superiores al ser humano para ser bueno, para ver los demás, para dar un poco de cariño a un niño. Que no necesitamos la promesa del cielo ni la amenaza del infierno para ser humanos, como tampoco la promesa del regalo o de se ausencia para acabarnos la sopa de la mesa. La idea de que mi confianza total y absoluta está en mis hermanas y hermanos, que somos los únicos que podemos mejorar este mundo y que al final de la vida, no existe nada más que el silente vacío que nos existía antes de haber nacido. Que la vida es maravillosamente hermosa porque es una, única, efímera e irrepetible y que toda la felicidad que tendrá nuestro ser, es sólo aquella que procuremos nosotros mismos. El reconocimiento, finalmente, de que mi fe es como la del resto, ni mejor ni peor, y que por lo tanto, no debo explicación alguna de ella a nadie, como nadie me la debe a mí. Que su defensa será siempre total y absoluta, pero que la defensa sólo se hace al recibir un ataque. Que todos, al fin, tenemos el derecho de creer en lo que queramos y nos haga mejores personas.

Pueden estar seguros, que las vacaciones de primavera y de invierno, los días de los muertos, los solsticios y en cualquier fiesta, ellos se divertirán agradecidos, de tener la posibilidad de estar con los suyos, sin importar verdaderamente, la razón de ese regalo. Así como lo he hecho yo en esta vida; así como estoy seguro, lo hicieron mis viejos y los que les antecedieron.

Un comentario

  1. ¿Has dudado de tus creencias? ¿En algún momento tuviste curiosidad, y/o necesidad de creer en alguna deidad? Por ejemplo, en situaciones complicadas o etapas difíciles, ¿cómo era tu pensamiento en la infancia y la asolescencia?

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