Amor de madre

Por: Andrea Luna

Estaba totalmente perdida. No había marcha atrás, era todo o nada. La singularidad de dichas palabras adquirían un matiz lejano en su mente, desdibujado, opaco. La visión de una tristeza lejana emergía con la constancia de tiempos agonizantes. El revólver que había encargado hace unos cuantos días por fin llegó a su destino. Con temor fue colocado entre sus faldas y la huída no permitió si quiera un débil agradecimiento.

Unas manos temblorosas comenzaron a destapar el paquete, como si desde lo más recóndito pudiera manifestarse la criatura más siniestra. Los temblores aumentaron en movimientos sin sentido. Los finos dedos palparon con lentitud el metal obscurecido hasta llegar al gatillo. Nunca había tomado un arma, pero tenía la vaga idea de cómo disparar. Recurrentes series policíacas en plataformas de streaming abrieron en su mente algún tipo de instructivo, como si se tratara del reverso en una caja para preparar panecillos. Por un tiempo investigó con gran determinación qué parte era la más rápida y eficaz para lograr una muerte efectiva (las largas horas en el hospital al fin cobraban importancia), sin riesgos de que la vida fuera tan inoportuna al brindar el tan aclamado “milagro divino”

La hora quedó pactada desde un inicio. Todo encajaba en una noche perfecta, donde el sonido del impacto pudiera fundirse en la entrañas de la melancolía eterna, que suscitan las tres de la madrugada. No tenía vecinos, así que las cuatro paredes de la habitación amortiguarían los sollozos en caso de que la pequeña, dormida en el cuarto contiguo, despertara y con sus cristalinos ojitos observara la fatal escena.

Tal vez debieron tener una plática madre e hija, como cualquier persona madura, para esclarecer el por qué de su decisión. Mostrar los pros y los contras de acabar con la vida con un buen tiro en la cabeza. Argumentar que hay más beneficios en cuanto a rapidez y que con el tiempo, todo quedaría olvidado. Ya no sería una carga. Tal vez, le hubiera dicho que la amaba, la habría arropado y besaría sus coloradas mejillas antes de que respondiera con un ¡Te amo mami!

Pero su boca ya no se movía. Ayer, aún podía fingir una leve sonrisa levantando la comisura de los labios, hoy nada. Desde el primer momento, el tronco se volvió rígido como el metal. La semana pasada el avance se convirtió en retroceso. Fueron las piernas, ni un ligero movimiento en el dedo chiquito del pie. No mejoró. Y así, desde el accidente, el pasar de los días significaba una perdida más a su humanidad. Podía escuchar, podía ver, podía aún mover (con esfuerzo máximo) los brazos, sujetar débilmente, pero ¿cuánto duraría hasta quedar como un vegetal? Tenía el tiempo encima.

Tomó el arma entre jadeos de cansancio, subió poco a poco al punto deseado.

 

Más esfuerzo.

 

 

Más esfuerzo.

Más esfuerzo.

 

Quitó el seguro. Un dedo en el gatillo.

 

 

Esfuerzo.

Esfuerzo.

Esfuerzo.

Jadeo.

D   i   s    p    a…

 

Los brazos cayeron exangües en cada costado.

Las tres de la madrugada.

Un sonido metálico al contacto con el piso.

Una lágrima de impotencia recorriendo su mejilla.

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