El origen de los lamentos

Por: María DoHego

Te has pasado toda una vida recorriendo el mundo, has caminado por los lugares más bellos y por los lugares más temibles. Te has pasado toda la existencia buscando tu propósito, buscando aquello que te guie a la gloria. Te has rendido en ocasiones, te has arrastrado de cansancio, caminando a lado de personas que no han hecho más que enseñarte a costa de dolor, por creer que encuentras a quien será tu compañera de búsqueda hacia la inmortalidad y no hace más que cavar tu tumba.

Te preguntas una y mil veces, ¿Cuál es tu propósito?, ¿Por qué has caminado tanto, y no has encontrado nada? Te detienes en pequeñas montañas y vez el mundo con mayor claridad, tratas de entenderlo y jamás logras hacerlo.

Comienzas a sentir que ya no puedes seguir, que ya no debes caminar más, solo parar y disfrutar de una persona que aparentemente logre completar tu alma. La buscas, rápido la encuentras y rápido te decepciona. Pierdes la esperanza, vuelves a preguntarte si realmente hay una persona que sea la correcta para llegar a aquel lugar por el que tanto has caminado. Sigues buscando y encontrando, pero al mismo tiempo cavando. Sigues aprendiendo, pero muriendo.

Pierdes la fe en ti mismo, te sientes solo por creer tenerlo todo y terminar teniendo nada.

Paras de caminar un tiempo y vuelves a hacerlo. Te detienes en un bosque presuntamente prohibido, del que nadie sale con vida, el lugar más peligroso de todos.  Tienes un propósito al entrar ahí, entras e intentas perderte, ahora ese es tu único propósito. No tienes idea de lo que haces, pero sabes que debes hacerlo. Pues te has cansado de caminar, de correr y de gritar.

Entras en el bosque y todo parece normal, hay pinos, robles y todo tipo de aves. Te asustas al ver tanta oscuridad pero llevas contigo una linterna para alumbrar, caminas y exploras durante meses buscando el misterio, o la salida.

Intentas rendirte una vez más, piensas en dejar de caminar y lanzarte del pino más alto para así parar, pero no lo haces, dentro de ti algo te pide seguir.  Después de meses en ese oscuro y solitario bosque, encuentras el misterio que tanto estabas buscando. Una pequeñísima cueva, que apenas y se ve entre las piedras. Haces lo posible para quitarlas y entrar, pero son tan pesadas que ni tu cuerpo mismo se compara con ellas. Ves a través de un orificio oscuridad y más oscuridad, te quedas noches en vela tratando de entrar, pero no lo logras.

En ocasiones ves humo saliendo de aquel orificio, escuchas lamentos, el miedo se apodera de tu cuerpo e intentas salir corriendo, pero muy en el fondo sabes que no puedes hacerlo. Haber caminado durante tanto tiempo, te hace intentarlo una vez más.

Te vuelves a cansar, pero no retrocedes. Intentas encontrar la manera de quitar aquellas piedras poco a poco. Piensas y piensas, y sin embargo no logras descifrar nada. Pasan unas semanas más, y la perseverancia comienza a dar resultados.

Los gritos que se escuchan dentro de aquella cueva, son tan altos, tan fuertes que comienzan a deshacer las piedras, hasta terminar haciéndolas polvo.  Ahora vez con mayor claridad, ahora puedes elegir entrar y buscar el origen de los lamentos. Dudas al principio, temes por no saber que encontraras allí dentro, pero lo haces, no esperaste tanto tiempo para solo ver e irte. Tomas valor, caminas despacio, poco a poco y entras. Te deja en completo silencio la oscuridad, el frio que se siente ahí dentro, retrocedes y avanzas de nuevo. Después de días ahí, solo, en peligro, escuchas los gritos más cercanos. Corres  de ansiedad, con miedo, y lo que encuentras te deja anonadado.

Hay una niña de apenas seis años, con fuego en las manos, llorando por haber estado sola durante tantos años. Por haber tenido que sobrevivir en un hueco lleno de frio y soledad. La vez ahí, sentada en una orilla, con las manos ardiendo y la cara pálida. La has encontrado sepultada entre la niebla, con un pequeño abrigo que apenas y la cubre. Te acercas a ella e intentas acariciar su cabeza, aquella que porta la melena más grande y bella, como si fuese una reina. La miras ahí, con los zapatos rotos, las calcetas rasgadas y el vestido lleno de manchas. La observas, la intentas tocar y no puedes hacerlo, ella no puede ver tu cuerpo, solo ve un pequeñísimo destello de luz.

  • Oye, me escuchas, puedes oírme.

Le repites una y otra vez, le gritas y ella solo te mira como si fueses una luciérnaga en lo que al parecer se encuentra atrapada, dentro de un laberinto sin salida.

Tu luz, para ella es  algo inmenso. La miras con los ojos llorosos, la cara triste y su mirada en tan baja que apenas y puede verte. Sale corriendo del miedo, tú la persigues y ella más corre. Te tiene miedo, jamás había estado frente a tanta luz después de toda una vida allí dentro.

Durante varios días te alejas de ella, tratando de entenderla, te sientas, te esperas. Solo la observas, pero no te acercas. Pasas tiempo mirándola, observando cada detalle de ella y descubres que esa pequeña niña ya es parte de esa fría cueva. La oscuridad ya fluye por sus venas, el viento helado ya corre al ritmo que su corazón late. Ahora le temes, la has visto jugar sola como si hablase con las sombras, llorar y arrastrarse. Observas que todos los días camina acompañada de una cajita de cristal. La cual contiene algo que solamente ella sabe que es. Camina y saca algo de esa caja, que coloca posteriormente en un hueco negro en el suelo. Le llora y cuida como si fuese algo importante. Y ella, solo te ve allí, brillando sin saber que eres, o porque estás ahí, hasta que se acerca a ti y te toma en sus manos.

Al tocarte, te quema, te lastima de tanto fuego que sale de ella, brincas como puedes y te liberas. Llora, se siente sola, las sombras con las que habla ya no la hacen sentir en compañía.  Ahora está buscando a alguien más. Le vuelves a temer, pero te arriesgas y te dejas tomar.

Al principio vuelve a quemarte, pero minutos después ella misma te cura y cuida hasta repararte. Ahora es tu amiga, no tienes idea de cómo paso, pero ya comienzas a quererla.

La miras dormida e intentas averiguar que hay dentro del cristal, te cuesta tiempo hacerlo, pues un escudo de hielo la protege. Un escudo que al tocarlo te congela hasta la raíz. Sin embargo, con el paso de los días y de las horas, ella misma te lo muestra.

Es lo que al parecer se ve como su corazón, solo que este tiene muchas heridas, sangra y se encuentra en agonía. Ahora entiendes porque lo mantiene tan protegido, pero no sabes que le ha sucedido. Te sientes mal por no poder hablarle, sin embargo solo te quedas ahí, haciéndole compañía.

Pasan los meses, y ella quien estaba enamorada del fuego y del frio, te deja entrar a la caja. Deshace con sus propias manos la capa de hielo que la cubre, la abre con cuidado y te mete en ella. Cuando tu estas ahí dentro, buscas más en el fondo de la sangre y las heridas, y encuentras lo que ella había buscado toda su vida. La entrada a ese hueco negro que ella cuidaba todos los días, su herida.

Tú, sin preguntar cruzas el camino del hueco hasta llegar al final, este que se encontraba abierto en el suelo, solo que al salir, ella ya estaba enamorada de ti y tú de su inmensa oscuridad; pues lo que cruzaste y alumbraste con tu bella luz, fue su alma. Quien al salir de ella, ya se encontraba una chica afuera, dispuesta a llevarte a su hogar, la inmortalidad. Ese propósito por el cual caminaste toda tu existencia, y es que esa niña que encontraste hace un tiempo atrapada en una cueva oscura, desde el principio había sido tu compañera de viaje y de muerte. Era yo, una chica que encontró al ser que había esperado tantas vidas. Una chica que atrapo a un joven que había pasado toda su existencia corriendo, buscándola.

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