Xaash’kuuk, el origen de un huésped (relato a partir del cuento “El huésped” de Amparo Dávila)

Por: Poncho Campa

I

De ahí de donde en el valle una montaña quisiera con hervor del infierno profanar el sagrado firmamento es que se dice que viene y vive esta singular creatura que en otro lado ningún que sepamos documentada hubiese estado. A un cannis lupus bien que se parece mas es distinto de aquel en que éste anda erecto, como cristiano, sobre dos patas en las que seis bifurcaciones en cada una se cuentan, que no sabríamos decir con justeza si es que dedos son o cual su precisa naturaleza y nombre fuere; y cada brazo desemboca en unas como manos que donde apenas cuatro dedos se miran y si es que así se nominan. Y la masa, muy masa, que conforma la suya musculatura es gruesa y peluda, en suma peluda y gruesa puesto que apenas unas cinco pulgadas sobrepasa los cuatro pies, en estado total de erección; pero bien que las más de 300 libras pueden pesar. Su rostro ligeramente humano, pero muy que es repugnante, de tal repugnancia que nadie cuenta que los haiga podido haber visto por más que unos pocos segundos, si es que alguien más que estos escribanos que los suscriben es que los hubiesen mirado. Era, pues, bien sumamente desagradable a la vista y no se diga al olfato, cuyo hedor se adivina a varias leguas de allí donde en sí merodea. Era lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo, que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas. Deshonesto que parecía y era, no valió ese carácter pérfido en nada la valuación que a mí, canónigo Marcos Jesús Alfonso Fregoso y Goytortúa me parece y advierte, puesto que al cabo de unos días, el eminentísimo Fray Pedro Pablo Govea Urrutia bien decidido que tenía explorar de cerca más los hábitos del que un natural de estas tierras nos dijo a gritos descontrolados que Xaash´kuuk se denominaba y llamaba tal bestia. Como antes decía, Fray Pedro Pablo Govea y Urrutia llévose a la creatura Xaash´kuuk a su celda propia de oración que es de él en el palacio conventual a donde, a decir de los otros hermanos del monasterio, y pese a su natural horror al ahí verlo, el padre Govea solo decía: Vosotros os acostumbraréis a sus compañía, y no lo conseguís

En una vez que el padre Govea hubo de abandonar el monasterio para ir a prestar auxilio a otra capilla que de la hermandad pedía colaboración en otra villa a varias leguas de camino, al retornarse encontrose con que recibido que fue con la noticia de su muerte repentina y desconcertante. El padre Govea rompió por igual en llanto que en ira [y las siguientes páginas del manuscrito han sido arrancadas]

(Govea y Goytortúa, Bestiario apócrifo y catálogo completo de subhumanos y endemoniados seres hallados en las mazmorras de la Santa Inquisición en la Nueva España durante la visitación canónica que estos realizaron, ¿1693? ¿1702?)

 

II

Cuentan las abuelas de nuestros abuelos que antes, muy antes, los Xaash’kuuk merodeaban las sagradas pirámides mayas, y luego emprendieron una milenaria peregrinación hasta la región central de Mesoamérica en busca de un águila, una serpiente y un nopal. Cuando los aztecas, que venían en sentido contrario del mismo mapa buscando lo mismo, encontraron tal señal, formaron un imperio poderosísimo. Su único fin era amedrentar a los Xaash´kuuk, seres deformes a golpe de privaciones y extravíos, de rituales obscuros y pactos indecibles con seres de inframundo. Por eso, en su naturaleza ya apenas era posible adivinar algún rasgo humano debajo de la bestial fachada de estos engendros. Esto no lo sabemos por antiguos códices -estas lóbregas historias, de tan terribles, apenas y eran farfulladas entre los antiguos mexicanos-, mas la tradición oral se encargó de que llegaran hasta mí, curandero náhuatl de Zongolica, que te la cuento para que pendiente estés de la irrupción infausta de alguno de estos malditos seres.

Fieros guerreros que eran, los aztecas pudieron contener a los Xaash’kuuk. Dicen que primero los embriagaban con pulque, y por eso los Xaash’kuuk eran bien panzones. Dicen también que los obligaban a tirarse al fondo de barrancas inmensas y desoladas, aunque cayeron de pie y por eso se achaparraron tanto. Dicen también que con sus ojos amarillos, a modo de amuletos, maldecían las tierras de los tlaxcaltecas. La verdad es que los Xaash’kuuk no fueron nunca erradicados. Ellos sobrevivieron incluso a la viruela. Acechan de vez en cuando. Invernan, pero no como los osos sino por muchos y muchos tzolkin, y debajo de los volcanes (cuando un volcán hace erupción, es que un nuevo Xaash’kuuk ha nacido). Hasta que sucede que alguno de ellos despierta y siente la necesidad de contactar con algún ser tan pérfido y ruin como lo fueron ellos. ¿Y con que otro ser habría de entenderse sino con el mestizo que nuestra tierras ha profanado y sobre nuestros templos ha construido sus templos y nos ha esclavizado aunque nosotros luchamos dizque por la independencia nacional?

Todo eso lo contaban los viejos más viejos y no los códices ni los libros.

III

Julián regresa a casa después de otro viaje a la ciudad. Él justifica a su familia sus cada vez más frecuentes ausencias diciendo que va a hacer negocios, a cerrar tratos, a aplaudir a importantes políticos del partido. Lo cierto es que se larga a encontrarse con Teresa, una antigua sirvienta en su finca que fue a parar a la capital en cuanto supo que estaba preñada del patrón. El niño nació y murió pronto; mas Teresa ya no es sólo la amante sino la prestanombres y cómplice de Julián en numerosos negocios turbios y fechorías que van desde el despojo de propiedades, fraude y asesinato.

Teresa también ha oído de ellos, de los Xaash´kuuk. Por eso, en cuanto Julián le propuso una nueva vida en la ciudad aceptó sin pensarlo. La opulencia no la motivó tanto como la posibilidad de abandonar para siempre el pueblo, la hacienda donde su madre le advertía, desde niña, que en cualquier momento un Xaash’kuuk podría asomar sus narices a reclamar la paz, la calma de seres inocentes. De eso se alimentan: del terror que provocan en el espíritu de aquellos desdichados que guardan proximidad con el ser tormentoso, terrible, tirano, envilecido que el Xaash’kuuk elige como hermano precisamente en razón de todos estos defectos que tanto le regocijan a estos demoniacos emisarios del pasado precolombino.

Y Teresa le ha advertido ya varias veces a Julián que es un hombre malo. Muy guapo, pero muy malo. Tan malo como los que les gustan a los Xaash´kuuk para aparecérseles a ver si se los llevan a sus casas a vivir.

-Somos un asco de personas. Dios nos abomina, por eso se llevó a nuestro hijo: para que no fuera tan malo como tú o como yo. Extraño a mi bebé, pero mejor que no vea los monstruos que lo engendraron. O peor: que el Xaash´kuuk se imponga como nuestro huésped. A ellos sí que les gustan los monstruos, eso decían las nanas.

-¡Bah! Tonterías de indios. Por eso no te hago la patrona de la casa grande: tanto tiempo en la ciudad y no dejas de creen en esas estúpidas supersticiones, contestaba descreído Julián.

-Es así como ellos se apoderan del espacio de la gente, dice Teresa. Precisamente así: convenciendo a su anfitrión de que el Xaash´kuuk no existe. Así se mete en tu vida, y tú lo hospedas en tu casa. Y sin que te des cuenta, eres su siervo pero sigues diciendo que no existe, y no te das cuenta, pero estás perdido. Así como yo, o nuestro hijo, o Dios, nomás que en demonio, y el más feo de todos. Y yo tengo miedo, Julián, mucho. Y tú deberías, porque las nanas, allá en la hacienda, decían que se sentía el vaho de desdicha que antecede a la aparición de Xaash´kuuk. Y tú sabes y yo sé que tu mujer es una santa, y que nadie hay más malo en esas tierras que tú Julián, y yo, yo que hasta un hijo te di, sabiendo que un hijo tuyo y mío no podía sino ser desdichado y…

-Y ya cállate mujer, cada día estas más histérica, es realmente doloroso y deprimente contemplarte así… te he explicado mil veces que… que me pones de malas con tus cosas. Mejor será que regrese a casa hasta que tu delirio pase y dejes de decir sandeces.

IV

Julián maneja de regreso al pueblo, presa evidente de un mal humor, cuando un bulto tirado a la orilla del camino lo hace detener el auto. Baja. Lo observa. Supone, al principio que es un perro, pero es muy grande. Con trabajos, logra girar un poco esa masa pestilente hasta reconocer un rostro casi humano pegado a esa maraña de pelos. Sabe de la repugnancia de esa cosa, de ese ente -¿cómo describir eso que ni siquiera en los más obscuros bestiarios aparece ilustrado? Pero no le importa porque en el fondo imagina que su esposa ve en él un adefesio casi tan repugnante como ese bulto que, por fin, empieza a dar señas de querer despertar.

En una fracción de segundo se compadece de ese ser y decide que no podría estar en mejor resguardo que en una de las habitaciones vacías de la finca. Julián está perdido y en su caída arrastra a su mujer y a sus hijos, quienes a unos cuantos kilómetros de aquí duermen plácidamente, sin sospechar que el huésped que Julián impondrá en sus vidas los cambiará para siempre a menos que encuentren una manera de hacer que esos tétricos ojos amarillos lleven su maldita presencia a otro lado. Xaash’kuuk clava su mirada en él y el pacto de infernal arrendamiento ha quedado prácticamente sellado.

Cualquiera correría despavorido ante una presencia así, mas Julián no puede sino sonreír casi complacido. Julián y Xaash´kuuk son espíritus proporcionalmente mezquinos y ruines. Enciende un cigarrillo y abre la puerta del copiloto, haciendo al mismo tiempo un ademán que invita a Xaash´kuuk a subir al vehículo. A diferencia de sus hermanos, perdidos en la inconciencia bajo las faldas de los volcanes, este Xaash´kuuk ha conseguido hospedaje. Sube al auto babeando, con movimientos en extremo ágiles para una mole de sus proporciones, grita fonemas que nada dicen, pero rompen la obscuridad y el silencio tal como una sierra atraviesa el tronco del árbol.

Julián dio marcha al carro y volvió a sonreír con una mueca torva, sombría. Una insospechada lluvia comenzó a precipitarse sobre el paraje, como si el cielo rompiera en llanto por la desgracia que este encuentro supone para las vidas de inocentes.

-Vamos a casa, serás mi invitado. A mi mujer y a los niños les encantará conocerte, estoy seguro. Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues… No tienes nada que temer, serás nuestro huésped todo el tiempo que sea necesario, y que sean ellos los que se acostumbren a ti, faltaba más.

V

El historiador y etnólogo Martín Dávila ha consagrado su vida a tratar de encontrar pruebas de la existencia del Haash´kuuk: una estirpe de semihumanos que habría sido sometida por el imperio azteca. Es el hazmerreír de sus colegas que siempre que lo encuentran en congresos y seminarios le preguntan por el perrote satánico de sus sueños. A él debemos el hallazgo del Bestiario apócrifo y catálogo completo de subhumanos y endemoniados seres hallados en las mazmorras de la Santa Inquisición en la Nueva España durante la visitación canónica que estos realizaron de Govea y Goytortúa. También ha logrado establecer que ambos sacerdotes riñeron entre sí, enloquecieron, y finalmente murieron uno, Goytortúa, en Alcalá; en Filipinas el otro, Govea. Ni así consigue el respeto de sus pares de la comunidad científica. Pero con lo que realmente no puede lidiar es con esa pesadilla recurrente que lo hace levantarse en las madrugadas: un bebé apaleado por un monstruo lúgubre, siniestro. Con grandes ojos amarillentos, casi redondos y sin parpadeo que parecían penetrar a través de las cosas y de las personas.

Sueño que, a decir de su psicoanalista, es completamente inofensivo.

Zanahoria busca conejo

Cuando estoy aburrido, voy al jardín, me cubro de tierra y finjo ser una zanahoria.

¿Y porqué una zanahoria?, me pregunto cuando estoy ahí abajo, vertical, con apenas la mollera, o mejor dicho, un mechón de la mollera asomado a la superficie. Y ahí, quietecito, sin poder hacer nada más que estar quieto –porque, ¿cuándo se ha visto una zanahoria móvil?-, me respondo como mejor puedo. Y esto ya es una trampa que me merecería descalificarme del juego, porque, ¿quién ha sabido nunca de una zanahoria filosófica? Y, por cierto, ¿una zanahoria haría especulación ontológica o exploración fenomenológica? El caso es que como soy la única zanahoria ahí metida, me doy chancecito de hacer trampita. Y me digo: que bueno ser zanahoria, porque ayuda a los niños a tener buena visión, y yo lo que menos quiero es que un niño se quede ciego, a menos que fuera Homero, claro, porque los ojos que no ven corazón que no siente, y no sentir esos sí que ha de ser bien feo. Pero también me gusta ser zanahoria porque las zanahorias son anaranjadas, y el anaranjado es un bonito color, aunque ahí solo y todo entierrado ni quien se de cuenta de la magnificencia de mi anaranjado semblante. ¿Y porqué se llama así ese color, si las naranjas son verdes o amarillas, y para nada anaranjadas, como sí lo son las zanahorias?

Y que aburrido juego, dirán, pero no, podría ser peor, porque si jugara, por ejemplo a ser una oruga, ¡guácala! Que asco ser una oruga. O a ser semilla, pero no, porque as semillas crecen y yo ya no quiero. Por eso juego a ser un niño que esta aburrido, que va al jardín, se cubre de tierra, y finge ser zanahoria. La zanahoria ya no crece más, si acaso la agarran para hacer ensalada, o jugo, o sopa, y a mi me encantaba la crema de zanahoria que nos daba mi mamá. Quizá podría jugar al cadáver. Pero no, ni pensarlo, un cadáver apesta bien gachísimo y se engarrota, y se lo tragan los gusanos. ¡No! No, señor, eso sí que no. Antes muerto que jugar al muerto. Mejor sigo jugando a la zanahoria.

En realidad, juego a ser zanahoria porque a las zanahorias de las roban los conejos, y a mí siempre me gustó Bugs Bunny. Pero yo al conejo que espero no es al de Pascua, ni al del cereal, sino al de Alicia, porque chance y me lleva con él rumbo al país de las maravillas y ahí, y así, yo ya no me aburriría, ni tendría que salir al jardín, ni cubrirme de tierra, ni mucho menos fingir que soy una zanahoria.

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