Bienvenida a la más sutil de las flojeras vespertinas

Por: Sergio Martín Tapia Argüello

Quienes no me conocen personalmente, quizá no sepan que tengo una enfermedad, que sin ser peligrosa, es degenerativa: soy un huevón crónico. Eso significa pararme hasta que es absoluta y totalmente necesario y meditar en las maneras en que puedo evitar realizar una actividad física cualquiera. No quiero que se confundan, no soy un flojito de esos que ustedes conocen y abundan, sino un caso mucho más profundo y quizá, en cierta medida, enraizado. He realizado proezas que se antojarían increíbles para el común de los mortales, basándome siempre y cada vez (religiosamente, sólo ahí) en la ley del menor esfuerzo. He encontrado atajos y rutas alternativas, medios de transporte y formas de realizar desde lejos, algunas actividades que a otros se les antojan cotidianas y que algunos (no sé, en realidad, bajo que parámetros) llevan a cabo incluso de manera voluntaria, como diversión, gusto o simple entretenimiento.

Este mal que me aqueja, empezó, aún lo recuerdo, en un día jueves, de canícula, para más datos, en que la abuela me pidió ir por una coca de litro y medio para que el abuelo y ella pudieran tomar su cubita previa a la comida. Asomado por el enorme cariño que aún les tengo a esos dos maravillosos seres, al infernal calor de las aceras, decidí simplemente llamar desde el teléfono más cercano a uno de mis entrañables amigos para invitarle a comer con nosotros. Conociéndolo cómo lo hacía, supe que preguntaría, como lo hizo, que podía llevar para disfrutar de la comilona (pues la abuela, ahorrativa en muchas cosas, nunca pichicateó a nadie comida) a lo que mi respuesta fue:una coca de dos litros amigo, pero vente rápido que ya vamos a comenzar.

El pasaje había permanecido en el más hermético silencio hasta ahora. Sus efectos sin embargo, fueron ahondando en mi espíritu de huevón sempiterno, como una onda en medio del agua producida por un evento cualquiera. Quizá ahora, al pronunciarla, sea capaz de romper su encanto, aunque en realidad, está tan interiorizada, que creo que la hueva me ha poseído y analizado, con una precisión estratégica asombrosa, que resulta más fácil escribir este post exculpatorio que acompañar a mis viejos compañeros a esa pinche cascarita a la que amable, pero inexplicablemente, me invitaron.

Me despido ahora. La gorda (gatita linda que comparte mis días soleados) y yo, estamos en una crisis compartida de hueva vespertina.

 

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