La vida deportista de un flojo.

Por: Nicolás Diego Granelli

Cuando era niño mis padres querían que hiciera algún deporte y se empecinaron mucho en eso . No sé de dónde sacaron que yo tenía que hacer mucha actividad física, decían que yo tenía mucha energía, pero en realidad siempre fui muy paja para todo.

Me anotaron en todo tipo de clubes.

Fútbol primero, lo primero que quiere el padre argentino promedio es tener un hijo futbolista que meta mucho goles, y si es posible, salvar a la familia con millones de dólares. Ni caso. Elegí el arco porque corría menos y además siempre tuvieron que pagar ellos para que yo juegue. De todas maneras me cansé, no era lo mío.

Después me mandaron a basquet, jugué un tiempo y me aburrí. Pero encontré mi puesto, era el base del equipo, los demás me pasaban la pelota, yo hacía un gesto con la mano, indicando la jugada y todos empezaban a correr y dar vueltas por la cancha. Yo pasaba la bola y el equipo seguía la jugada. Era genial con solo un gesto y un pase hasta llegué a capitán del equipo.

Varios años jugué.

Luego vino natación. Aprendí a nadar pero eso de competir no era lo mío. Prefería estar recostado en la piscina tomando sol con una de esas colchonetas flotantes y un trago en la mano. Así que pronto tuvieron que sacarme de la natación deportiva y del equipo de Vélez y mandarme a pileta libre, dónde podía hacer lo que quería sin tener un entrenador que me grite enfurecido.

Después fui a yoga. Contrariamente a lo que yo pensaba, de que me iba a sentar cual buda a meditar, no fue así, la profesora me mató con todo tipo de ejercicios y salí con todo el cuerpo dolorido y retorcido. Fui a dos clases, no más.

En el colegio jugábamos al softball, algo parecido al baseball. Lo hice por obligación de tener que cumplir con la escuela, no quedaba otra, pero pude también encontrar el puesto que mejor se ajustaba a mí: era el lanzador, yo me quedaba en mi cuadrado, lanzaba la pelota, uno le pegaba, los demás corrían y hacían todo el resto. Encima si algo salía bien me festejaban, era genial.

Luego, por fin terminé la primaria y ya, gracias a la vida, no tuve que lanzar más bolas.

Finalmente encontré mi deporte del cual me enamoré. Recuerdo que era muy niño. Mi mamá me había comprado los materiales y me mandó a las clases. Cuando volví le dije: «¡este es mi deporte!! ¿Ustedes no querían un hijo deportista????»

De ahí no paré de jugar al ajedrez.

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