“La Dama” o una preparación para el silencio

Por: Edilson Villa Muñoz

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”.

Cesare Pavese.

Ha sido un silencio aterrador el mío; estoicamente he podido llevarlo por años, pero me ha hecho mucho daño, me ha corroído cada día y me ha producido dolores, temores y horrorosos sentimientos de culpa, los que, no tengo dudas, han derivado en la cantidad de tumores que continúan creciendo en mi cuerpo. Tengo miedo, es cierto, y también es verdad que tarde he descubierto que la enfermedad del alma, que es la que más me atormenta, solo puede sanarse hablando, develando todo aquello que ha permanecido oculto, dejando aflorar la verdad… Y para eso te he llamado, para vaciar todo aquello que he debido contener por tantos años y que se ha transformado en un silencio devorador e insaciable. Hablaré por fin, te contaré sin misterios todo aquello que tú quieras saber, porque necesito un confidente, tal vez muchos confidentes, en la certeza que al conocer mi secreto, cada uno de ellos me ayudará a purgar mi culpa, esa que aún ahora, ante el inevitable encuentro con la muerte, y aún sabiendo que fui una mujer honesta, me impide posar con tranquilidad la cabeza sobre la almohada, haciendo terrible el espacio de tiempo de íntima reflexión que precede al sueño, y que algunas noches se prolonga interminable y fustigador”.

Fragmento de La Dama, página 16.

Así narra el autor de La Dama, el escritor chileno Jorge Orellana Lavanderos, este tremendo drama humano, real, en boca de la protagonista de su novela.

Desde el principio de esta obra el autor nos deja claro que el tiempo es relativo (cada vez los años son más cortos), y eso nos lleva a pensar en la cercanía de la muerte, en la brevedad de la vida; descubres entonces, que el amor y, en general, todas las formas de la felicidad, es algo urgente, algo absolutamente urgente.

En The two English poems, Jorge Luis Borges, ya bastante viejo, pide que lo amen porque sabe que se va a morir. Todo ser humano que sabe que se va a morir tiene derecho a pedir amor, a esperar ser amado y a brindar tanto amor como sea posible. Pero una cosa es morirse de viejo y otra, muy distinta, morirse abatido por un cáncer.

-Señora –dijo ya adentro el doctor con un acento similar al que usaría para comunicar a su secretaria que disponía de la tarde libre-, usted tiene un cáncer que se ha propagado derivando en una metástasis, que en su caso, se ha localizado al menos en el pecho y en el pulmón izquierdo -sentenció brutal, sin exteriorizar el más mínimo gesto de humanidad-; no hay nada qué hacer ni creo que valga la pena operar”.

Fragmento de La Dama, página 18.

El amor es la última barrera que le oponemos a la muerte; y esa barrera, ese amor, es lo más importante de la vida; de lejos es lo más importante de todo. La libertad que te quita el amor es a la vez lo que te da la resistencia frente al paso del tiempo; mientras la libertad que te quita el odio te acerca cada vez más a la muerte. Cuando uno se muere, se mueren todas las cosas con uno; hay tantas cosas y proyectos que se apagan, que se terminan; tantas imágenes y pensamientos que se van con uno.

La muerte es como un límite. Con un límite tú sabes que no puedes ir más allá. Chocas con tus límites, con lo que no puedes superar. Tus límites se vuelven físicos, no son algo abstracto. No puedes ir más lejos; y quién creyera, que fuera esta misma cercanía de la muerte, la que nos impulsa a hacernos cargo de nosotros mismos, a rebelarnos y cambiar nuestro propio destino, impidiendo que otros decidan por nosotros.

Ahora que la muerte está al acecho, siento que he ganado mucho en libertad, esa que ganamos cuando rompemos las cadenas opresoras. Ayer, a mi regreso del médico, cogí en Metro, y pude distinguir en las expresiones de los rostros, el reflejo de esa ausencia de libertad: caras asidas a las cadenas de sus propios secretos y debilidades”.

Fragmento de La Dama, página 70.

La idea de la muerte en esta novela es, ante todo, liberadora; nos impide querer establecer lazos duraderos y nos aleja de cualquier sentimiento de posesión material; nos muestra a nosotros mismos como lo que somos, como una sinfonía de Beethoven o como La Mona Lisa, es decir, como obras maestras en el sentido que somos la totalidad, la sumatoria de nuestras virtudes y nuestros defectos. Lo único que podemos hacer, al final, es transformar nuestras carencias en espíritu. No tenemos ninguna otra posibilidad. El santo vence las tentaciones; el iluminado sabe que todo esto es una creación suya y lo diluye, lo disuelve; pero el artista no puede ni vencer ni diluir sus tentaciones (sus propios demonios); solo puede convertir lo más oscuro de la condición humana en arte, en poesía.

Devenimos lo que somos al escribir; es por eso que nuestra protagonista le confiesa todos sus secretos a un escritor, porque escribir es devenir lo que uno es, con todas sus imperfecciones.

Listen… Do you want to know a secret? If you promise not to tell…

Closer… let me whisper in your ear…”.

Fragmento de La Dama, página 139.

Nuestro cuerpo está condenado al silencio, a lo inorgánico. ¿Qué podemos hacer mientras contemos con la vida?: literatura. Podemos dejar un pequeño eslabón en la cadena del lenguaje.

Durante casi toda la vida, quien se ha sentido ajeno, apunta siempre a la semejanza con el otro, con los otros; solo el arte nos conduce a la particularidad, a la singularidad.

Las leyes de la naturaleza no son muchas; son unas cuantas que luego se repiten infinitamente. No dejamos de ser cazadores, salvajes, asesinos. No sé si en realidad hemos salido de las cavernas. Todavía nos fascina el fuego, todavía mataríamos por alimento, por nuestro espacio vital o por una pareja. Somos una especie así; solo en el orden de la palabra podremos cambiar algo (más que cambiar algo, retratar nuestra propia condición), para alejarnos de lo que somos.

La escritura es una preparación para el silencio. Jorge Orellana Lavanderos lo sabía, por eso acompañó los últimos meses de su vida a la protagonista de esta novela; y por eso nosotros, ahora podremos develar esos secretos, los secretos que una dama solo le confiesa a un verdadero escritor.

Edilson Villa M.

(Filósofo, poeta y editor)

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