Pedro Páramo, el libro cómo otro objeto de memoria

Por: Enrique Taboada

Siempre me ha quedado claro  que nosotros no elegimos a los libros, ellos nos eligen, para comenzar me remontare a un pueblo llamado Nanacamilpa, Tlaxcala cursaba la secundaria, yo siempre tuve mi cuarto en la casa de mi abuela, pero antes de que fuera mi cuarto era el cuarto de mi tío Marco, en el había un librero muy grande para mi edad de 3 divisiones, jamás le hice caso pues en ese tiempo tenia interés cómo el de jugar en un equipo de fútbol o pertenecer a la rondalla. Después de cursar en 2 escuelas secundarias, y un Cobat inconcluso ( el 01 del sabinal, del cual recuerdo al maestro Texis mirándome de arriba abajo y diciéndome -usted será algo grande en la vida, siempre tuvo razón ahora soy XL)   regrese a Nanacamilpa con la oportunidad de terminar mis estudios, no es que fuera malo en el estudio creo que cuándo te educas en una comunidad donde si escuchas a Mana, cafetacuba o el Tri eres un rebelde, no había de donde motivarse, doctor no quería ser, menos abogado me quedaba ser cura o maestro, y bueno, seamos honestos,  eso del celibato no era lo mio.
Después de saber que ni el dibujo, ni la ciencias, ni el soccer, ni la guitarra, ni mucho menos don Juan, era bueno,  descubri 3 cosas que me gustaba, leer, escribir y la fotografía, pero ¿Cómo descubrí que me gustaba las letras? No fue difícil, ahí, solitario en el librero viejo estaba «Pedro Páramo y el llano en llamas» lo abrí recuerdo como me acosté en la cama y con el único foco encendido comencé por leer las primeras palabras «Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo….
Año 2019, camino por calles poblanas  de la mano de Andrea, miro los libros viejos, está apuntó de cerrar el local, entonces capturó  de reojo un Pedro Páramo de los años 70’s,
 -¿Cuánto?
 -40$ pesos  joven, ya sabe que usted es cliente.
 Lo tomó, lo huelo, lo hago mio, siento sus hojas amarillas y casi sueltas, hay algo en los libros viejos que me hacen acariciar de más, saco un billete de $50 pesos, lo pongo en sus manos, recibo cambio, llego a casa, me acuesto en el sillón, lo abro, comienzo a leer, y  mágicamente me transportó  a ese primer día que leí un libro, recordé de pronto a mi abuela en su maquina de coser, a la media caballería, a mis amigos de la prepa, de la secundaria, de la calle, conforme iba leyendo pensaba que Comala no era muy distinto al Pueblo donde nací, me daba miedo que terminará como Preciado, andando entre fantasmas, delirando, perdido entre el aquí o más allá.
Entonces caí en la cuenta de algo, cada página que iba leyendo aparte de recordar la historia, también recordaba una parte de mi vida, si como lo leen, la memoria es tan genial que no sólo recordamos lo que leemos si no lo que pasa mientras leemos, al principio me había vuelto un egoísta prepotente diciendo que no me gustaba releer un libro, que era una perdida de tiempo ya que había más libros por leer, pero ahora que lo reflexionó releer un libro es volverse a reencontrarse, conectar esa raíz que tenemos olvidada, ahora que lo recuerdo cuándo murió mi tío estaba leyendo «La muerte de Artemio Cruz» de Carlos Fuentes o un día antes que muriera mi abuela leía «Textos 2» de Julio Cortázar o cuando conocí a Andrea que terminaba de leer «Nostalgia de la Muerte» de Villarrutia  y después se lo regalé y nunca supo porque se lo había regalado. Siempre podremos volver al pasado, si se tiene un pretexto para volver.
Vine a Comala porqué aquí me dijeron que se llegaba más rápido al recuerdo….

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