De libros imposibles y amor

Por: Aldo Fabián Hernández Solís

Cansado en todos los sentidos decidió hacer un último esfuerzo. Colocó un mensaje en sus Face, “URGENTE: busco el libro…”. No era para menos, había perdido ya más de diez mañanas buscando ese libro en todas las librerías de la ciudad. Incluyendo aquellas de viejo en dónde hay que perderse por horas en pasillos repletos de libros. Nunca pensó que fuera tan difícil conseguirlo, pero sólo podía ser ese libro, ningún otro y tenía que ser pronto. Faltaban pocos días para verla y no quería llegar, otra vez, con las manos vacías. El mensaje en redes, un acto de desesperación, era su última jugada. Sin embargo, el mensaje no pareció importarles mucho a sus más de tres mil “amigos”. Apenas tres respondieron en forma de dedo pulgar hacia arriba. A él estos “me gusta” le parecieron de pésimo gusto, una burla a su desesperación. Se había dado por vencido. Fallaba una vez más. Nada nuevo en él.

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Vio su mensaje y le dio pesar, sabia de su amor por los libros y de sus obsesiones. Lo quería tal vez más de lo necesario, de lo indicado. Quería verlo y platicar, faltaban unos días y eso la ponía feliz. Pasó a la siguiente noticia, dio un sorbo a su café y continuó con lo de siempre.

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Se acercaba la hora, iría de nuevo con las manos vacías. Le urgía verla. Se bañó pensando en los años conociéndose. En las citas cada vez más espaciadas. En lo que ya no se contaban. Pensaba que la quería y mucho.

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Llegó y la abrazó, la apretó mejor dicho, mientras olía su cabello.

-¿Cómo estás? ¿Cómo va la vida?

Caminaron, ella lo tomó del brazo. Él se esforzaba en hacerla reír y ella reía a la primera provocación. Sentados en un café se pusieron al día y recordaron las aventuras pasadas, que sonaban cada vez más lejanas.

Apunto de despedirse sin saber cuándo volverían a verse, ella sonriendo le dijo.

–Te tengo una sorpresa, cierra los ojos y estira las manos.

Lo hizo, contrariado. Sintió un paquete, abrió los ojos y sonrió profundamente.

–Gracias, en verdad.

-Ábrelo tonto.

La obedeció y sonrojado se percató que era ese libro, el condenado libro que nunca pudo conseguir.

-Sabía que lo querías y ya lo tienes. Le espetó triunfal ella.

Sorprendido se quedó sin palabras y en su lugar sonó una risa nerviosa. Ella lo miró con extrañeza, él la abrazó. Después se miraron fijamente. Él soltó la verdad.

-El libro era para ti, lo busque por todos los lugares para dártelo y fallé. Ten por favor, sé que te encantará.

Ella no supo que contestar. Tomo de vuelta el libro y se despidió. Él quedó ahí como idiota, sonrojado, enamorado. Ella se supo querida y sonrió mientras caminaba.

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