Para no decir nada, hay que decir algo

Por: Melchisedech Daniel Angulo Torres

La literatura no sólo se despliega al nivel del lenguaje. Se encuentra esparcida en el régimen de los signos, todavía no hechos signos del verbo, en proyección hacia más signos, complicados en mayor grado que los signos del verbo. La literatura es en tanto ilimitada de superficie, única superficie en los signos del verbo. Lo que la sostiene es la densidad de los signos.

No está comprobado que la literatura necesariamente tiene que decir algo. Para decir algo y para no decir nada, tan solo basta decir o no decir. Se sabe más por lo que no decimos que por lo que decimos y más aún, decimos más haciendo que diciendo; a pesar del significado y el significante. La literatura es una suerte de reconfiguración no horizontal.

En la cultura y en la sociedad hay signos que están dados en bloques segmentarios, esto quiere decir que la literatura no es una integración derivada del sonido más fuerte que existe, o silencio, no parte de lo que no se dirá ni de lo que no se puede decir. Los niños, incluso antes de tener la capacidad de hablar se expresan con tan sólo la mirada y ahí están hablando los signos del amor.

En tanto no dejemos de hablar la literatura existirá. En esa medida, estaremos poniendo signos en marcha. Camino que ya no está relacionado a otras estructuras más que a la tempo- espacialidad. Desde la antigüedad el movimiento ha sido una cuestión relevante y no es sino hasta finales del siglo XVII que esta preocupación toma la forma del tiempo, siendo “agotado” el análisis del espacio.

Primero denotaron las semejanzas entre el lenguaje y el tiempo. Ya que un relato es posible gracias al lenguaje y simultáneamente esto permite hacer una promesa. Como lo que hoy tenemos por política, que no es más que una promesa y como la literatura menor que muchas personas hacen a diario, es todo un acontecimiento la relación lenguaje- tiempo- espacio.

El tiempo es ligado esencialmente por el lenguaje. Y en el tiempo (al escribir) mantenemos la escritura y retenemos el lenguaje. Tenemos pues, muchos amigos muertos en toda forma de biblioteca, cuyas esencias permanecen en cada una de sus obras; hay cierta duración en nuestra superficie espacial, pero el tiempo no deja de manifestarse a sí mismo en el lenguaje, haciendo posible la historia.

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