Un lenguaje fisurado que hoy da qué pensar

Por: Melchisedech Daniel Angulo Torres

La literatura es algo muy joven, que está naciendo en algo muy viejo, como lo es el lenguaje. Ella nación en el siglo XIX; en una época próxima a la actual. Y así como nosotros, se ha preguntado a sí misma qué es. En su propia profundidad, también pasa como multiplicidad de multiplicidades. Por medio de la literatura es posible un redescubrimiento de la creación.

Le antecede todo lo que el tiempo ha afectado a su paso, emerge en un lenguaje que ya es milenario, y es testigo del trayecto por parte de la Filosofía de Grecia hacia Alemania. Se remite al espacio en un análisis previo al de la temporalidad. La inquietud por la verdad no llega sin un interés por el eterno retorno de lo diferente, la materia y memoria.

Se aborda el concepto de tiempo, creyéndose agotado el tema correspondiente a la espacialización; la literatura se hace repetición en su origen, es esencia del lugar donde hay lenguaje. Probablemente con más materia que memoria. La crítica es la que recupera un monumento a la edad media en Dante y una transición a la modernidad en Sade.

Requiere un mayor esfuerzo pensar que sentir. A veces no hay un equilibrio entre los conceptos, como el tiempo que transcurre entre la creación y la literatura. La posibilidad de una crítica pierde su influencia en la medida que se desarrolla el análisis literario. Es un ejercicio que seduce a muchas personas, pero que no es suficiente.

Se podrá pretender enterrar a la metafísica (en épocas diferentes), podrán fabricarse binarismos a diestra y siniestra, se puede hablar de positivismo y consecuencias, podemos expresar todos los gestos posibles, recuperar la paciencia, con todo y la chispa que le da vida a la alteridad, y con ello a alguna alternativa posible.

Y al final, la literatura y su sentido, al analizar algo, borra otra cosa. Ya no estamos en las tinieblas, hace falta aún pasar por la niebla y su poca historia, cada vez menos sucesiva, ya que el lenguaje se ha distanciado de sí mismo, está disperso en el claro (y confuso) medio día. No es lo mismo iluminar nuestro lenguaje en lo estático que en el movimiento de la mente.

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