El ser y el acontecimiento

Por: Melchisedech Daniel Angulo Torres

La forma asegura el mundo tomado en su límite. Al acceder al principio afirmativo, el mundo encuentra una vida común en beneficio de cualquier conexión. Dios es a la significación lo que el mundo a la designación. El acontecimiento expresado como sentido emerge de la instancia desplazada eternamente, mero signo que excluye la coherencia del mundo.

La multiplicidad hace un caosmos, un contra- efecto, la segmentaridad puesta como valor teológico- político. Sobre el eterno retorno de lo diferente también hay una línea recta, mejor aún, la línea recta también atraviesa el eterno retorno de lo diferente. Ya no se trata de los mundos sino del acontecimiento como única forma de subsistencia a través de todas las segmentaridades.

Las incompatibilidades se llevan a cabo entre un acontecimiento y el mundo o un ser, que hacen otro acontecimiento diferente. De manera irónica, el individuo, definido en sus diferencias con la propia persona supone interpretar dichas incompatibilidades precisamente porque tal vez no tienen lógica. Por otro lado hay palabras que ramifican.

La cuestión es determinar cómo el ser puede no darle la vuelta, sino superar su forma y su relación con un mundo, con Dios, para lograr un entendimiento universal en los acontecimientos, esto es, la afirmación más allá de contradicciones y no solo de ello, sino de las incompatibilidades. Es preciso, pues, que el ser se capte a sí mismo como acontecimiento.

Del mismo modo, es preciso que el acontecimiento como efecto en el ser sea captado como otro ser insertado en él. Así, tal acontecimiento ni se entendería, ni se desearía, mucho menos se representaría sin comprender y aceptar a todos los otros acontecimientos como seres. Cada ser pasaría como reflejo para la configuración de las singularidades. Cada mundo sería una distancia en el reflejo. Tal es el último de los sentidos en el contra- efecto. Y aparte es el descubrimiento contemporáneo del ser como caso, de ahí los trastornos de un individuo que no busca más que su propio punto de vista, para encontrar su centro y que no se da cuenta que hay un círculo del que él mismo forma parte.

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