El café, la tertulia, la vivencia compartida

Por: Francisco Hernández Echeverría

Reunirse con las entrañables amistades, teniendo de por medio la mezcla de una aromática taza de café con la aromática charla sobre “cómo cambiar el mundo” o reincidir sobre las subidas y bajadas de la vida, es una actividad que obviamente aumenta la importancia y la madurez de los implicados. Una charla de café es una manera de llegar a conocernos unos a otros, de comunicarnos sobre una base regular que a la postre de vuelve un vicio de inaugurar ideas, de intercambiarlas, revolverlas, asimilarlas y despojarlas de toda regla.

Y es que como nos dijeran sabiamente Harguindey, Azcona y Vicent (2002: 15-16): reunirnos para comer y hablar durante la comida es una de las actividades que con más ahínco y asiduidad ha ejercido la humanidad a lo largo de su historia: el personal sólo deja de comer en caso de hambrunas y similares, y únicamente cierra la boca cuando lo amordazan. Sin embargo esa actividad no ha producido la leyenda que rodea a la tertulia de café, fenómeno de efímera existencia que duró lo que un suspiro: exactamente los años transcurrido entre la invención del café como local público y la instalación de la calefacción en los domicilios particulares […] Huir de los ventisqueros hogareños hacia los cafés se debe a que en estos locales no se comía, o se comía poco —pepitos de ternera, medias tostadas y cosas de parecida parvedad—, los contertulios dedicaban el exceso de ácidos gástricos a la mordacidad, y la mordacidad siempre ha sido buena prensa, sobre todo entre los no mordidos.

En efecto, en el libro Memorias de sobremesa los escritores Ángel Harguindey, Rafael Azcona y Manuel Vicent al referirse a la charla de café dicen que se trata de “la salvación del mundo por medio de la saliva”, el lugar idóneo para poner sobre la mesa las convicciones, los recuerdos, los enojos, los halagos, las fantasías, las cuitas de los oficios a los que nos dedicamos, la juventud, la vejez, la política, el arte, etc.; tantos asuntos que como dice Azcona, tratando de recordar si se trata de una frase de Wenceslao Fernández Flórez, nos invita a considerar que si la cosa fuera al revés: “si uno naciera viejo y con los consiguientes conocimientos y experiencias, uno podría pasarse unos años ahorrando sin que eso significara un sacrificio, pues a esa edad lo único que se necesita es un caldito de vez en cuando; luego, en la madurez, uno dilapidaría despreocupadamente esos ahorros en toda clase de placeres, ya que al desembocar en la juventud serían nuestros padres los encargados de atender nuestras necesidades; lo mejor de todo vendría con la niñez en la que después de tomar la primera comunión uno de deslizaría hacia el bautismo y moriría en gracia de Dios que no tendría ningún problema para ir al cielo” (p. 183).

Entre cada sorbo de café y cada palabra de carácter imperativo hacia el oído hiperestésico de nuestro interlocutor se entretejen historias de sensaciones, situaciones y cadencias que nos muestran cómo funciona, dicen por ahí, la maquinaria que tritura el lenguaje desde cualquier ángulo. Entonces el beber un buen café, alucinarse con su olor desde antes de llegar a la cafetería se convierte en una declaración de principios. El “coffee” es arquitectura de palabras, condición verbal e histórica, que nos hace abrir los ojos desorbitadamente cuando encontramos frases, como la siguiente de Vicent: “El amor siempre nace de una impotencia. Todos los grandes creadores que han escrito sobre el amor son gente que no lo ha conocido”.

De este modo el tema más manoseado, definitivamente, es el amor con sus desencuentros, rompimientos, sanaciones, desgarramiento. Una taza de café es un boleto de escape del abismo del desamor.

Foto: Leo Herrera
Foto: Leo Herrera

La cultura de reunirse en una cafetería también debe considerarse una entrega personal, íntima, al cultivo de la amistad. Y si a esto se le agrega el compartir cuestiones artísticas y culturales llega a encarnarse tan dentro de uno que llegamos a transfigurarnos en maniquíes con una taza de café en la mano, y en la otra el típico cigarrillo que le da un sabor complementario de ley a dicha bebida estimulante.

Antes, reunirse a tomar un café entre amigos era una actividad un tanto exclusiva, hoy se encuentra cooptada por la globalización, y los estilos, aromas, ambientes y hasta metafísica del mismo se ha ido ajustando a los nuevos tiempos, definiendo nuevas costumbres, nuevos acomodamientos, que seguramente no logrará desplazar la tertulia y la vivencia compartida de quienes se reúnen en la mesa para desparramas allí toda su carga existencial.

Un comentario

  1. La charla, la controversia y la reflexión, en este lugar de inclusión cultural y social como lo es la cafetería, sin duda tiene un significado oculto para quienes proyectan la esperanza de una uniformidad literaria. En ese discurrir en la conversacional, quisiera saber si lo que Shakespeare, nos transmite en Hamlet » Si mis palabras vuelan, mi pensamiento en cambio permanece en el suelo; palabras sin ideas nunca alcanzan el cielo» no llega muchas veces a pasar en la tertulia. ¿Donde queda la esencia imperante de todo el palabrerio, de todo ese fenómeno de idas y venidas comunicacionales, tiene algún lugar de llegada en el terreno fructífero de la acción o solo se quedan, flotando en el océano de lo idílico?

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