De la muerte: breve artificio de la inmortalidad

 

Por: Hugo López Coronel

Óclesis

«La muerte es una amenaza absoluta que se acerca a mí como un misterio; su secreto la determina; se acerca sin que pueda asumirla, de suerte que el tiempo que me separa de mi muerte, a la vez disminuye y no acaba de disminuir, implica un último intervalo que mi conciencia no puede franquear y en el que se produciría de algún modo un salto, desde la muerte hacia mí. El último tramo del camino se hará sin mí, el tiempo de la muerte transcurre contra la corriente, el yo, en su proyección hacia el porvenir, se encuentra trastornado por un movimiento de inminencia, pura amenaza y que me viene de una alteridad absoluta».

Emmanuel Lèvinas

Si bien el ser humano considera la muerte con recelo y pesadumbre, la experiencia de la misma escapa a toda comprensión, al menos, como antonomasia de fenómeno simple y evidente para el que no se requieren artificios intelectuales de gran alcance. ¿Qué significa la muerte más allá del fin natural de todo ser vivo? Esta actitud fulgura cierta orientación dirigida a la comprensión del sentido de la muerte como fenómeno, como inexistencia de la vida que directamente nos impacta en cuanto a consideración de la simple razón que representa el final de una existencia.

Procesión Tamalista 2014 Foto: Leo Herrera
Procesión Tamalista 2014 Foto: Leo Herrera

Cada cultura ha visto la muerte como un acontecer recóndito, diligente, asequible pero al mismo tiempo oculto; ha sido, y es, paradójicamente un tema vivo que se perpetúa en las manifestaciones culturales; se aboca en la música, en la fotografía, en la pintura, en la literatura. Todas las expresiones humanas conculcan una riqueza de enunciaciones para nombrarla; sin embargo, esta solemnidad que la circunscribe también es lúdica, ya que en  continuo y constante equilibrio suma existencias hasta conseguir que la muerte sea lo de menos. Al respecto, Jorge Manrique, poeta español del siglo XV, hizo la comparación de la vida con un río que nace y fluye con ímpetu dentro de angostos cauces para desbordarse, y así serenarse, desembocando en el mar que es la muerte.

Quizá el ser humano transitó hacia su humanidad en el momento en que enterró los cadáveres de sus semejantes, fantaseó los rituales funerarios y confeccionó los dogmas de la vida más allá de la muerte. Ante la inminencia de este hecho, el ser humano configura al otro ser humano para configurarse a sí mismo: la realidad íntima de la muerte es una evidencia que se nos es dada en la experiencia inmediata del otro.

Es innegable que la muerte transita nuestra realidad aunque nos parezca un hecho sin importancia cuando sucede en el otro, pero la humanidad entera está dentro de ella, “vive en ella”, y su gran mérito, el de la muerte, es que ha motivado su propia idealización desde la posibilidad de nuestra propia vida, aunque en vida no la comprendamos.

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