Mujer de Oficio

Por: América Femat Viveros

 

(…) es así como mi madre amó a mi padre

y mi abuela a mi abuelo, con llanto

y tragándose las lágrimas(…)

Lilitt Tagle, ¿Que sí te amé?

 

Tengo el ansia sabia de mi madre,

prisionera jaula en el avispero de su corazón,

trino mudo de reclamos hacia  mi padre.

 

-Mi madre,  ojos de anochecidos pájaros-.

 

Tengo el ansia sabia

de alimentar el aire

en su hacer,

decir

Foto: Daniel Osorio
Foto: Daniel Osorio

Contar

del jarrón de flores en sus marchitas manos

otoños de recrear bajo el arco cielo de la espera

un hogar suspendido y crisolado.

 

Mi madre,  en la brevedad de su risa,

volátil serpentina,

peces revueltos en la guerra de su sangre.

 

Fragmentado amor;

definitivo y largo tema que puede archivarse

llevarse de por vida.

 

Mi madre en su oficio de madre;

en su voz única con que vistió cada rincón,

cada esquina del refugio ,

fiel al tiempo que, en una casa ajena habitó.

 

Tengo el ansia de su ser, de su pensamiento,

bemoles de secretos que jamás contará a sus hijos.

De los deseos arrancados en recetarios de cocina.

 

Mi madre, metáfora del refugio

retrato sin ventanas,

mujer amada al vuelo.

 

Calzo en sus zapatos

un camino certezas,

conjuro caminos bajo el agua de su imagen,

sin vestigio, el sumergido barco y un hogar.

 

Habito su piel naufragada de llanto:

blanco pedestal donde la nombro.

 

Comprendo, mujer de oficio,

dentello en el agua su reflejo .

 

Existimos en la compartida voz de soledad;

en la congregación de los fantasmas y las plegarias de estrellas

habitamos en los espejos de la infancia

que despostillados, se quiebran;

se tiñen de incertidumbre

cuando abandona la niña de la infancia,

recreando un temor de  angustia

penetrando en el escorial del mundo.

 

Hundo el hondo espejo de mi madre,

desprendo de sus palabras toda el racimo de uvas,

al igual que en el jardín de la abuela, la flor granada que florece ,

alfabeto de mi enseñanza.

 

Miradas que en vilo del agua

nos sumergen, murmuran nostalgias,

en la cama de ausencias, sin resoluciones.

 

Tendida en  batallas,

-mujer armada-

con deliberada libertad

atada y confundida a un hombre,

delicada entrega que florece: quemadura.

Fe atada a las pestañas.

 

Tengo su alma en mi huerto:

sembradío de mí corazón,

acostumbrada voz,

oasis de colmena,

trenza de pensamiento.

 

Soy la imagen de su única voz,

de su único latir, de su único golpe,

el cuartel donde diseño la estrategia,

-amanecer de ecos en el horizonte-.

 

Voy  hacia ella como un sortilegio

como ola de imán sobre la arena,

algo en la sangre de mi devenir asida a su existencia

-como en la sangre de su madre y de la madre de su madre-,

algo que no puede existir en el silencio existe en la nada;

lo que no ignoro, lo que me desgaja de tanta claridad,

lo que me consume y unifica;

soy-somos las abuelas, las madres, las hijas

mujeres de oficio

de contradicciones, de ecos que estallan

en soles sempiternos.

 

Toda la inicial hierve desde el principio del tiempo

desde un mundo izquierdo incomprendido, disminuido,

instalado, resonando alto en nuestro pulso.

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