Viajero

Por: Fabiola Morales Gasca

 

“Nuestras vidas se alcanza, se confunden,

intercambian sollozos, besos, sueños,

pero andamos a leguas uno del otro,

tal vez en siglos diferentes,

en dos planetas errantes que se buscan cansados de no verse”.

Eugenio Montejo

 

Los ojos de Ernesto  brillan como carbones encendidos en medio de un campo húmedo. En cada charco la noche brilla; la luna, reflejo de dudas, se deshace con cada pisada que recibe con esos tenis viejos. No importa que no lleve nada a cuestas, las únicas pertenencias importantes son su alma y una mochila raída. Está decidido. Se subirá a ese maldito tren aunque le cueste una o dos costillas treparlo en movimiento. Eugenia lo está esperando al otro lado y no puede defraudarla.   Ésta es la cuarta vez que lo intenta.

Paciencia es una palabra que se aprende en los momentos de ansia. Ya no puede extenderla. Esta es la noche de la partida; después, la temporada de lluvias se irá acentuando cada día más hasta complicar el viaje. La vida es un riesgo ¿Por qué no jugarla en un volado?

Desde que salió de su tierra natal sólo piensa en ella como un puerto, cuyos ojos son un  faro para él, náufrago maldito sobre las vías de un tren. Sólo quedan tres de los veintisiete hombres que iniciaron el viaje hacia el norte. Es tan poco lo que falta para llegar a los brazos de Eugenia ¿Qué, o quién le impedirá su destino? Al menos el cansancio no.

Treparse se convierte en el principio de un mal sueño. A lo lejos, el tren brama, sus otros dos compañeros se alistan. Él sólo contempla el campo resplandeciente por la luna; parecía que ella desnudaba los secretos de todos los seres nocturnos, parecía que ella, también, desvestía sus pensamientos. ¿Eugenia vería  la luna en ese momento? ¿También la nostalgia de estar separados la invadía hasta el exterminio? Él rugir del tren fue su única repuesta. Los otros amigos corren  y le gritan:

– ¡Eh, Carnal! ¡Corre, corre!

Ernesto  se queda atrás, muy atrás, las piernas se le desvanecen entre el pasto húmedo mientras corre como desesperado, siente cómo las esperanzas se le escapan de  las manos. El último vagón se acerca, Ernesto resopla y corre aún más. No puede dejar que la felicidad se le esfume tan fácilmente.  No permitiría que la piel de Eugenia se le resbalara de las manos, que fuera tocada, besada por otro.  No permitiría que el olor que ella emana después del sexo se diluyera en la nariz de otro hombre, que el roce de su piel  electrizara a alguien más. Recordó sus tibias manos sobre la espalda y pensó en ellas como el único resorte para alcanzar el tren.

Edwin, su compañero durante los últimos veintitrés  días, a duras penas  alcanza a trepar el último vagón y le tiende la mano para ayudarlo, – ¡Salta, carnalito, salta! ¡Aquí te agarro!–  Toma la escalerilla del vagón, evita la inercia de la rueda de acero que amenaza con succionar su pierna; finalmente, siente la mano del amigo y el alma liberada.

Ahora, aquí sentado sobre el vagón, contempla la noche tachonada de estrellas, sólo una tercera parte del trayecto lo separa del resto de su vida al lado de Eugenia. Imagina la casa donde vivirán, los hijos que tendrán, imagina también las navidades de regreso, al lado de la numerosa familia y el olor de los tamales en la fiesta del pueblo al abrirse y hasta ve el vaho del calor que emanan. Por supuesto, todo junto a ella. Ve también como los hijos crecen y ellos, fortaleciendo  más su amor, envejecen, tal vez con los nietos a un lado. Los sueños literalmente lo vencen y cabecea dos veces. A lo lejos una voz lo alerta: ¡No duermas! ¡No te duermas!

Aunque el tren es un animal pesado, de momento incrementa su velocidad. Ernesto  se agarra a cualquier manivela, saliente o tuerca con tal de no caer, de no ver sus sueños cercenados bajo las ruedas del tren. La noche extiende su manto y el amanecer  del  lado opuesto, se presiente.  Siente la piel acartonada y el cabello tieso debido al hollín acarreado por el viento, el temor de caer lo mantiene alerta. La locomotora frena, casi se detiene.  Todos los que van montados en el tren se miran con temor e incertidumbre. Edwin le susurra

 –Nos van a asaltar los de la última letra. La gente ya sabe lo que tiene que hacer carnalito, lo mejor es arrojarse del tren o morir.

Suena un látigo en el aire, el terror se refleja en los ojos de todos los migrantes.

–Tranquilos, tranquilos –algunos gritan –  Sólo han desenganchado un par de vagones.

La máquina se empieza a mover y el alma vuelve a los rostros, todos suspiran en un segundo aliento que ha sido robado a la muerte. Pero kilómetros más adelante,  lo que tanto temen sucede: están en territorio zeta y hasta la bestia se sobrecoge, se empieza a detener. Lo peor ocurre como pesadilla. Violencia es una palabra que como fuego voraz consume todo. Ernesto corre entre la confusión, pero un arma en la sien lo detiene – ¡Cabrón dame todo lo que traes!–  se niega a entregar la mochila sucia con los pocos dólares que lo acercarán a Eugenia. Un flash y un sonido ensordecedor lo penetran lento. Rebanadas de segundos se dilatan en sus pupilas. Todos van corriendo hacia un destino real o ficticio en una bestia trituradora de esperanzas.  Es claro, ahora lo ve. Para Ernesto, Eugenia es esa palabra que se pierde como un horizonte que nunca se alcanza, aunque vaya montado en un tren.

Foto: Leo Herrera

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