Ella no es culpable

Por: Andrea Luna

Un laberinto mortecino guiaba los restos del líquido carmesí vaciado sin escrúpulos. Pequeños ríos doblaron la calle, tocando la tierra infértil y muda que luchaba por cubrir el rastro. La batalla librada entre polvoriento recuerdo, dejó seguir el camino a una solitaria gota, exhausta, casi extinta.

Siguió el empedrado bailoteando de un lado a otro, hasta topar con el zapato desgastado de una mujer, que la recogió sin percatarse en lo absoluto del hecho. Pasaron la tiendita de la esquina donde -recordó-, le encantaba comprar chicles bomba y caramelos efervescentes que le prometían diversión asegurada.

Bajó del zapato.

Siguió por su cuenta rememorando la soledad con que vagaba por aquellos senderos, los cuales, conocía desde que sus padres le vieron dar los primeros pasos. Siguió directo hacia la escuela, recordó aquél asqueroso momento en que un auto se le paró enfrente mientras el vidrio bajaba y dentro, un tipo se masturbaba viendo su silueta. Calles más adelante, un par de hombres silbando le hizo sentir que era su culpa.

Recordó que antes de convertirse en aquel líquido amorfo, cambió la forma en que se vestía o se maquillaba. Usaba ropa holgada, muchas veces hasta dos tallas más grandes. Los escotes pronunciados se esfumaron en cuanto le gritaron puta y tocaron sus senos en el pecero. El tinte de labios desapareció cuando un muchacho en la calle -sujetándole la cara con fuerza- le robó un beso; los jeans que tanto amaba fueron sustituidos después de aquella ocasión en el metro, donde varios tipos se le embarraron sin descaro alguno.

Tras varios tropiezos, paró en la casa de su ex-novio. Tipo bien parecido, alto, fuerte y galante -en un inicio-. Meses después de iniciada la relación, recordó el incidente que le hizo temer con frecuencia abrumadora:

Un martes, después de la Universidad, fueron juntos a su casa. Todo sucedió tan rápido, que el forcejeó en la habitación no auguraba un buen termino. Se levantó decidida a irse, pero de un tirón la sometió, arrojándola a la cama y provocando que se golpeara con la cabecera quedando inconsciente.

Despertó desnuda y llena de semen. Nunca volvió al lugar, ni a pasar por ahí. Jamás les contó a sus padres por vergüenza. Jamás recurrió a realizar una denuncia por temor al qué dirán y a los procesos ciegos que se quedarían archivados. ¿De qué servía hablar?

 No volvió a la Universidad. El acecho constante la mantuvo alejada de todo sitio donde dejó huella.

Las llamadas amenazantes no cesaron. Arrojó el celular por la ventana y lloró noches enteras en el pequeño cuarto que alquilaba, gracias al trabajo que consiguió en una tienda departamental, lejos de la zona de «peligro». Salía por las noches con extrema cautela, hasta que el tiempo hizo lo suyo. Pensó que todo sufrimiento había quedado en el pasado.

Una madrugada salió como de costumbre, bolsa en brazo y audífonos a todo volumen.

El cuarto no quedaba lejos.

Sacó las llaves y justo cuando se preparaba para abrir, un tipo encapuchado la tomó por la espalda, llevándosela al coche que tenía estacionado cerca de la acera.

Una semana más tarde, su cuerpo se encontraba tirado en un baldío, destazado, cubierto en sangre.

 Junto a él, una nota:

«Juana, eso te pasa por puta»

La gota sobreviviente llegó a las manos de una madre devastada, que la levantó para llevarla consigo, exigiendo justicia entre lágrimas y rabia.

Así, los recuerdos, hasta en una pequeña gota de sangre, duelen más que el acero caliente insertado en la piel.

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