Porque soy ama de casa

Por: Maya Alemán

Cuando lo vi estaba comiendo en la fondita de la esquina, me daba la espalda y la tentación de meterle un madrazo en la mollera era muy grande, pero me contuve, si bien quería lastimarlo tampoco quería matarlo, no fuera ser que por el golpe se atragantara con el taco de chicharrón que asquerosamente se metía a la boca. Como no encontré las palabras correctas para abordarlo y decirle cuanto le odiaba, decidí dar la media vuelta y regresar a casa, de todas formas, el infeliz tenía que llegar tarde o temprano, y ahí sí que me iba a escuchar.

Todo empezó la madrugada de hace dos noches, justo a la hora en que dios está más ausente, me desperté de sopetón agitada por un sueño en el que veía a Javier besándose con otra, otra a la que no podía verle la cara, pero que de alguna manera conocía, había algo muy familiar en la forma en la que caminaba a lado de mi marido. Recuerdo fijé fuertemente mi mirada en su rostro, esperando que el infeliz despertará e intimidado por mis ojos inquisidores confesara la verdad de su engaño, pero nunca despertó y en algún momento de la noche el sueño volvió a apoderarse de mí y dejé el asunto olvidado en la almohada.

Por la mañana, ya no me sentía tan molesta, la verdad es que me encontré ridícula por mi actitud y bastante cansada por las horas en velo, así que me levanté y le preparé a Javier el desayuno: dos huevos estrellados, un jugo de naranja y un vaso de leche fría. Cuando terminó, lo despedí en el umbral de nuestro hogar con una bendición y un beso en la frente.

Y así, como cualquier otro día, la mañana transcurrió lentamente entre quehaceres del hogar, música y un par de novelas, hasta que, llegada la tarde, decidí poner una carga de ropa blanca en la lavadora para dejarla reposar toda la noche. Ahí estaba, sacando calzones, calcetas, playeras y camisas del tambo de la ropa sucia, cuando de repente me topo con una camisa gris colada entre los blancos, entonces la cojo y aviento en el otro montón de ropa de color previamente separado, pero algo en ella llamó mi atención, y en un segundo vistazo noté la marca del labial en el cuello de la mentada camisa gris. Una oleada de ira me arremetió y cual luchador me aventé al montón de ropa y pesqué y retorcí del cuello a la infeliz. Estaba en pleno round con mi inerte enemiga, cuando noté que el labial era de color coral: mi color favorito, justo como el labial que Javier me regaló hace una semana en nuestro aniversario de bodas y con el marque su cuerpo de besos, haciendo de aquella noche fuego y pasión. Con ese recuerdo en mi mente, rápidamente mi ira se transformó en lujuria y me fui camisa en brazos a la cama, como diría una, a atenderme un rato.

Como de costumbre Javier llegó pasadas las nueve de la noche, el pobre ha tenido mucha carga de trabajo, se acercan las declaraciones anuales y todo el mundo anda desesperado entregándole sus gastos e ingresos a última hora, pero bueno, él dice disfrutar ser contador y yo amo que él sea feliz y más, que me compre cosas bonitas con lo que gana en estos meses. Por ello, cuando le saqué el abrigo y vi asomarse la nota de una florería, por primera vez en mucho tiempo, no pensé mal, y solo la empujé un poco más para que el tontillo no se sintiera decepcionado al darse cuenta que ya me había enterado de la sorpresa que me tenía para mañana. Más tarde, aun encendidas las brasas dentro de mí, decidí premiarlo por su futuro gesto. Fue una noche exquisita.

Pero hoy todo cambió. Me desperté radiante, rejuvenecida, dándole la bienvenida a un nuevo día, ilusionada porque sabía que hoy me llegarían las flores, ¿a qué hora? Qué importaba, llegarían. Así que levanté a Javier con millones de besos en su anodada cara y con el desayuno en la cama: omellete de huevos con espinacas y queso ricota, capuchino, jugo verde y unos waffles, justo lo que mi gordito chambeador se merece. Javier estaba más que sorprendido, no daba crédito a tantas atenciones y muestras de cariño, solo lanzaba preguntas al aire que él mismo contestaba: – ¿Por qué? ¿Es una trampa verdad? ¿Hay algo que no sepa? ¿A caso fue por anoche? Por supuesto que fue por anoche, ¡soy un tigre! – y yo solo sonreía pícaramente.

Rendido ante mi estoico hermetismo, se despidió de mi como todas las mañanas, y en lugar del ósculo recatado, me sentí atrevida y nuestras lenguas danzaron al son del francés, naciendo de mi boca un natural: “au revoir mon amour”. Cerré la puerta de la casa encantada. Hoy el quehacer no se me hizo largo, hasta lo hice con gusto acompañada de unas buenas cumbias, sonó más de tres veces “amor de mis amores” con Margarita la Diosa de la Cumbia y la Sonora Santanera. Estaba feliz, muy, muy feliz.

Las horas pasaron rápidamente, medio día y ya había terminado con las labores del hogar, solo me quedaba preparar la comida. Pero mis flores no llegaban. Como consuelo me dije: Lucía no seas absurda o ¿crees que eres la única mujer que recibe flores?, seguro hay más pedidos, y además Javier sabe que siempre terminas el quehacer como a eso de las dos de la tarde, relájate- y me relajé. Preparé una pasta con albóndigas y me senté a comer.

Cuando acabé seguía sin haber noticia de mis flores, volteé al reloj de la pared: las dos treinta. Comencé a desesperarme, escondí mi cara entre las manos y respiré profundo, pero al levantar la vista observé que había recogido todo menos el saco de Javier, me levanté por él para guardarlo y volví a ver la nota, esta vez la curiosidad me ganó, no pude más, la saqué y la leí toda, ¡error! Algo se me subió tan rápido a la cabeza que en menos de un segundo me encontraba de tapete a lado de la mesa. Volví en mí, eran unas flores, pero no para mí, sino para una tal “Alegría”, ¿quién chingados se llama así?, y no eran para hoy, eran para un día como hoy, pero de hace un mes, cuatro pinches docenos de rosas rojas y blancas. Ahora todo tenía sentido, el hijo de la chingada sí me estaba engañando, ya decía yo que el sexto sentido de una mujer nunca falla, tantas señales y yo ciega, pensándolo bien ese labial no era coral, era rosa palo, seguro por ser de noche no lo noté o no quise notarlo, y pensar en las barbaridades que hice bajo su influjo.

Entré encabronada y desilusionada agarre la puta nota y salí corriendo de la casa, así con pants y chanclas, sabía justo dónde encontrarlo a estas horas, el marrano debería estar tragando en la fonda enfrente de su chamba, y sí que estaba ahí. Lo demás ya lo saben, no supe qué hacer, ni que decir, y ahora estoy de vuelta en casa sentada en la cocina, con la nota en la mesa y esperando al desgraciado con cuchillo en mano. Me regodeo pensando en el susto que se llevará el cabrón al ver la nota y el arma firmemente apuntándolo, y con eso tendré para vengarme y dejarle de una buena vez por todas, pero las horas pasan y Javier no llega. Las ocho, las nueve, las nueve y cuarto, nueve veinte, nueve y media, cuarto para las diez, las diez. Justo sonando las campanas del reloj, escuché la llave girar en el picaporte y entrando por delante la panza de Javier.

-Hola mi amor, ¿cómo estás? Huele delicioso, ¿qué has preparado?

Silencio.

– ¿Amor? Lucía, ¿dónde estás?

– ¡En la cocina! – grite.

Javier entró y sin mirarme se quitó el abrigo, dejó el maletín a un lado y muy natural agarró la nota de las flores y dijo: – ¡Ay que bueno que encontraste la nota de las flores de Don Erasmo!, las andaba buscando para su contabilidad, ya ves que anda de emprendedor en el servicio de banquetes. Gracias amor. ¿Me sirves de cenar? Muero de hambre. Por cierto, ¿qué haces con ese cuchillo en la mano? Dámelo tonta no te vayas a lastimar, es más déjame te sirvo, te lo debo por lo de anoche y hoy en la mañana- y me besó en la boca.

Cómo la estúpida que soy, avergonzada de mi comportamiento, me mantuve callada, le di el cuchillo y sonreí. ¡Qué bueno es mi Javier!, y yo pensando barbaridades de él. Aquí la única loca soy yo, pero es que estar sola como ama de casa día y noche, las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y eso por trecientos sesenta y cinco días, a cualquiera vuelve loca, ¿o no?

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